La república independiente de Baba Amr

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Dos miembros del Ejército Libre de Siria (ELS) defienden una posición del barrio de Baba Amr, en Homs. / Mónica G. Prieto

HOMS (SIRIA).- Resulta una triste ironía que la revolución siria comenzase con la pintada de unos adolescentes en Daraa. Hoy en día, en el barrio de Baba Amr de Homs, tercera ciudad del país árabe, no hay un solo muro donde no haya una consigna en contra del régimen. A la clásica “el pueblo quiere la caída del régimen”, motor global de las revoluciones árabes, se han sumado infinidad de lemas, desde “Bashar, lárgate” a “queremos libertad” o “antes morir con dignidad que vivir arrodillados”.

Grupos de niños improvisan manifestaciones en las calles donde gritan “daremos la sangre por nuestros mártires” o “Que dios protega a Ejército Libre de Siria”. La primera bandera de la Siria independiente –verde, blanca y negra con tres estrellas- que son confeccionadas artesanalmente en las casas para distanciarse del régimen cuelgan ahora en las calles y en los puestos de control del Ejército Libre de Siria (ELS), la milicia de soldados desertores que organiza la resistencia contra el régimen. Ellos son los que evitan que el Ejército y los shabiha sirios controlen las calles y su presencia garantiza -por el momento- la irreal sensación de libertad que vive el barrio, que ni siquiera los tiroteos y los bombardeos del Ejército consiguen minar.

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Los soldados de la Brigada Faruk, desplegados en Baba Amr, admiten que su presencia no puede aguantar muchos asaltos. “Estamos para defender a la población civil, no podemos lanzar una ofensiva”, explica uno de sus oficiales en referencia a sus funciones. En las posiciones visitadas, incluso durante las peores agresiones del Ejército de Bashar Assad, los casquillos en el suelo apenas se contaban por decenas. El fuego de salida del barrio apenas es audible, el de entrada es continuo. La desproporción en los bandos es notable.

“No tenemos munición. El armamento del que disponemos es el mismo con el que huimos cuando abandonamos el Ejército. Y no es suficiente”, detalla el sargento Imadain, original de Rastan, de 24 años. En una esquina de la calle Shaat al Arab, un autobús y una camioneta calcinada impiden el acceso al interior del barrio. El objetivo es tener tiempo para intentar repeler una incursión del Ejército. Ocho hombres guardan el puesto, un RPG y varios fusiles de asalto kalashnikov son todo su arsenal visible.

Al preguntarles por las razones de su deserción, los militares se atropellan dando motivos. “Me uní al Ejército para proteger a mi país, a mi familia y a mis vecinos, no para atacarlos”, explica el teniente Mohamed al Res, de 24 años. Desertó el 26 de julio, cuando fue destinado a Daraa. “Nos permitían saquear las casas para sacar botín de guerra, me hablaron de violaciones de mujeres en las operaciones de arresto. Disparábamos indiscriminadamente porque esa era la orden, y no podía evitar pensar que esa gente podían ser mis hermanos”.

Según este oficial, otra de las órdenes que recibían los uniformados era abatir a cualquier soldado con la intención de abandonar filas. “A tres oficiales les dispararon delante mía: Ahmad Jalaf, Fadi al Kassam y Mohamed Lass”, enumera.

Una posición del Ejército sirio a la entrada del barrio más castigado de Homs. / Mónica G. Prieto

Es un relato que repiten todos los desertores. Como también coinciden en que, durante la represión en la que participaron, nunca vieron armas en manos de los manifestantes, una constante que cuartopoder.es ha podido constatar sobre el terreno.

El sargento Imadain escapó a finales del pasado agosto. Era oficial médico de la sección 138 del I Batallón de la IV División del Ejército sirio, dirigida por Maher al Assad, hermano del presidente. “Al principio nos dejaban ir vestidos de civil. Nos encomendaban infiltrarnos entre los manifestantes y atacarles con porras eléctricas”. Otros desertores confirmaban esta técnica a esta corresponsal hace meses en el norte del Líbano, donde se habían refugiado.

Actuó en Damasco y en Daraa. “La misión era disparar indiscriminadamente en las protestas. Disponían francotiradores en los edificios más altos y disparaban a los civiles pero también a los militares. Lo hacían para culpar luego a los manifestantes. Nunca vi un arma en manos de la gente”.

Sentado con otros dos oficiales desertores en un destartalado sofá en plena calle, mientras un cuarto hombre vigila con sus prismáticos los movimientos en el puesto de control más cercano -situado a unos 500 metros, en una dependencia de la Seguridad- Imaidin rememora lo que veía como sanitario militar. “No hubo lugar de Damasco donde no enviaran a mi unidad. Al principio sometían al barrio, luego entraban en las casas, arrestaban a los hombres y les golpeaban hasta que llegaban a las comisarías”.

Él pasó tiempo “esperando el mejor momento para huir”. “Muchos soldados tienen miedo a escapar por sus familias, porque son sus familiares los que sufren las represalias de la deserción”. El sargento Al Res interviene: “No nos dejan usar móviles, ni ver televisión, no nos dejaban hablar en grupos de más de tres personas, pero no pueden evitar que veamos con nuestros propios ojos lo que está ocurriendo”. Y eso lleva a las deserciones. “El problema es a dónde ir. Cuando intentamos huir, nos disparan”, añade Imadain, que como el sargento desertó aprovechando uno de los raros permisos que conceden tras meses de servicio.

Un grupo de desertores del Ejército limpia una calle que ha sido escenario de combates. / Mónica G. Prieto

En la estancia de esta periodista en Homs, cada día se produjo alguna deserción de dos o tres soldados, en un caso frustrada por los disparos del Ejército, según los activistas. El pasado sábado, los seis ocupantes de un carro de combate desertaron con el vehículo pesado en plena batalla con el ELS, generando cierta euforia entre la población civil, que salió de sus casas al conocer la noticia para animar a los militares recién huídos y agradecerles su gesto.

“Tenemos informantes dentro del Ejército, sabemos que hay muchos desertores potenciales deseando marcharse. Pero ¿a dónde van? ¿Cómo lo hacen? Sabemos que hay unidades de tanques deseosas de desertar, pero ¿cómo pasan los tanques a nuestro lado?”. El sargento denuncia junto a otros desertores que muchos casos de deserciones frustradas sobre el terreno con disparos. “Ayer mismo mataron en la carretera a dos soldados que trataron de escapar a nuestra posición”, explicaba días después otro miembro del Ejército Libre de Siria en Homs, en referencia al 23 de diciembre. “Si hubiera una no fly zone, las deserciones serían masivas”, añade el sargento. “Mientras eso no ocurra, estamos en manos de dios”.

Un abogado de Homs se vuelca desde hace semanas en interesarse por la suerte de los soldados arrestados por intento de deserción. Lo hace porque está comprometido con esta revolución social, pero también porque su hermano, oficial en el Ejército, fue detenido hace un mes junto a otros ocho oficiales por el mismo motivo. “Fue acusado de atentar contra la unidad del Estado, un delito que está penado con pena capital o trabajos forzados. Ahora están en la prisión de Saadnaya, en Damasco, donde según nuestras estimaciones hay unos 4.000 soldados esperando una corte marcial”.

El abogado, que sólo se identifica como Sami –un nombre ficticio- mantiene contactos mediante internet con una red de letrados de todo el país que recogen y suman cifras de detenidos. Ellos estiman que unos 8000 uniformados han sido ejecutados desde marzo. “Cuando entregan los restos a las familias les dan un informe donde se dice que fueron ejecutados por terroristas”, destaca. Lo más chocante es que la acusación y las ejecuciones en cortes marciales se basan en la Ley de Emergencia que el presidente sirio ordenó abolir el pasado 21 de abril. “No nos sorprende. No hay justicia en Siria desde los años 70”, cuando el Baaz declaró el estado de Emergencia que rige desde entonces el país.

Una posición del Ejército Libre de Siria (ELS) en el barrio de Baba Amr. / Mónica G. Prieto

Según el régimen de Damasco, unos 2000 soldados han perecido desde el inicio de la insurrección “a manos de terroristas”. Según los desertores, los autores de los disparos fueron oficiales. “Algunos soldados se disparan a sí mismos para no participar en la represión”, denuncian los desertores.

Varios civiles ayudan a la mal dotada pero muy motivada milicia del ELS. Dado que muchos de los militares no son originarios de Baba Amr, les describen la ciudad para facilitar rutas de entrada y salida. Cuentan que son muchos los que han pedido ingresar en sus filas para defender Homs, pero que no aceptan voluntarios porque carecen de armamento para dotarles. “Vi con mis propios ojos cómo un tanque del Ejército disparaba contra una familia que trataba de huir de Hama. Fue el seis de agosto. Dio el alto a su coche, arrestó a los hombres y disparó al vehículo con las mujeres y niños en su interior”, explica un hombre de ojos suplicantes que ahora consagra su vida a la defensa del barrio, como hacen los miembros del ELS. Ha decidido quedarse al lado del Ejército Libre de Siria “hasta el final”.

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