Santiago Alba: «La moderación de los islamistas es, en buena parte, el resultado de la presión popular democrática»

El ensayista y escritor Santiago Alba. / cuartopoder.es

Santiago Alba Rico, ensayista y escritor, es un gran conocedor de las sociedades musulmanas del Magreb. Desde 1988 vive en el norte de África; primero en El Cairo y desde hace varios años en Túnez. Colaborador de Rebelión, Diagonal y Público, es autor, entre otros libros, de Las reglas del caos (finalista del premio Anagrama 1995) y Túnez, la revolución, editado en marzo de 2011 con sus crónicas sobre el proceso revolucionario que desencadenó la llamada “primavera árabe”. Ahora, celebradas ya elecciones en el propio Túnez, Marruecos y Egipto, acabada la guerra de Libia y con la prudencial lejanía del tiempo transcurrido, realiza una reflexión sobre los cambios en las sociedades musulmanas respondiendo a unas preguntas de cuartopoder.es En su opinión, entramos en un periodo de gobiernos islamistas cuya moderación es el resultado de la presión popular democrática.

¿Podría explicarnos cuáles son los principios o aspiraciones políticas que han inspirado los procesos revolucionarios en los países musulmanes? ¿Se puede decir que todos ellos comparten unos mismos principios?

Publicidad

Puede decirse, en efecto, que todos ellos comparten unos mismos principios -democracia y dignidad- frente a toda una serie de regímenes que, más allá de sus diferencias formales o retóricas, compartían los mismos rasgos dictatoriales: represión, corrupción, apropiación de los recursos nacionales por parte de élites mafiosas conniventes con los intereses geo-económicos occidentales.

Tanto en Túnez como en Egipto, Marruecos e incluso en Libia fueron sectores dinámicos y modernos de la juventud quienes impulsaron los movimientos democráticos. Ahora, estos sectores parecen haber desaparecido de la escena política. ¿Aquello fue un espejismo? ¿Qué importancia real tienen estos sectores en la sociedad tunecina y en otros países musulmanes del África mediterránea?

Mejor es plantearlo así: ninguna de las fuerzas políticas que van a gobernar Túnez, Egipto o Libia desencadenaron o lideraron las revueltas populares, aunque sí las apoyaron una vez en marcha. En todo caso, los sectores protagonistas de las movilizaciones, muchos de los cuales han quedado fuera de juego o se sienten de nuevo marginados, permanecen como algo más que un referente retórico. Como demuestran las nuevas protestas de noviembre y diciembre en Tahrir, las recientes movilizaciones contra el CNT en Benghasi o las enfrentamientos regulares con la policía en Sidi Bouzid, Qassrine o Gafsa, los jóvenes excluidos norteafricanos constituyen ya un límite vivo contra cualquier tentativa de monopolio del poder, y una demanda permanente de soluciones a problemas sociales y económicos más acuciantes que nunca.

Los partidos islamistas moderados han cosechado un indudable éxito electoral. ¿No estamos asistiendo a una reislamización de todo el Magreb?

No hablaría de “reislamización”. El Magreb siempre ha estado “islamizado”. Estamos asistiendo al establecimiento de una cierta normalidad histórica impedida durante las últimas décadas mediante el apoyo a dictaduras sangrientas y “guerras antiterroristas” que alimentaron, en realidad, las corrientes islamistas más retrógradas y violentas. Lo normal es que el mundo árabe, nos guste o no, pase por un período de gobierno islamista; tratar de impedirlo ha estado a punto de conducirnos a todos al desastre (y ha condenado a miles de personas a la tortura, la prisión o la muerte). El que estos movimientos islamistas lleguen ahora al poder a través de revoluciones democráticas desactiva, de algún modo, dos peligros: uno, el de la radicalización del falso conflicto occidente-islam (pretexto para infames intervenciones coloniales); el otro, la radicalización de los propios islamistas, cuya moderación es, en buena parte, el resultado de esta presión popular democrática.

El partido Enahda declaró repetidamente durante las elecciones que su objetivo no es crear un Estado islámico y que respetaría la forma de vestir “a la europea” de muchas mujeres tunecinas. Sin embargo, una vez ganadas las elecciones, líderes de Enahda han realizado declaraciones en sentido contrario. ¿Cree usted que Enahda es sincero en este asunto o cree que tiene una “agenda oculta” para implantar un Estado islámico?

Si no es sincero, se trata de forzarle a ser ininterrumpidamente “hipócrita”. Ennahda es un partido de composición muy heterogénea en el que, tras años de lucha contra un régimen que parecía invencible, domina el ala más pragmática. Jebali o Ghanoushi saben que tienen que dirigirse al mismo tiempo a cinco o seis interlocutores distintos y contradictorios; sus mensajes tratan de tranquilizar simultaneamente a la UE y los EEUU, a la patronal tunecina, al sector más religioso de su partido, a sus aliados de izquierdas en el gobierno, a los jóvenes parados que hicieron la revolución. Es difícil hacer predicciones a partir de sus discursos y habrá que estar atentos más bien a sus medidas de gobierno y a la redacción de la nueva constitución. Pero sí creo que se puede descartar tajantemente la intención -quizás no el deseo de algunos de sus militantes- de establecer un Estado islámico del todo punto inaceptable para la gran mayoría de los tunecinos, incluidos la mayor parte de sus votantes.

Se atrevería a adelantar qué características tendrá en este sentido la nueva Constitución tunecina. ¿Será el islam la religión oficial? ¿Será la única fuente o la principal fuente del sistema jurídico? ¿Quedará claramente garantizada la diversidad religiosa y cultural? ¿Qué tratamiento tendrán los derechos de la mujer? ¿Quedarán limitados por el respeto a los principios religiosos?

Me atrevo a asegurar que habrá una referencia a la religión musulmana o a la cultura islámica, pero creo que será más descriptiva que prescriptiva (como la que ya existía en la constitución de Ben Ali). Dada la relación de fuerzas y la tradición histórica del país, es impensable que se produzca ningún retroceso en las conquistas ya adquiridas en términos de igualdad de género y es seguro que la nueva constitución será mucho más garantista en los aspectos jurídicos y laborales. La homogeneidad religiosa y cultural de Túnez descarta de entrada un conflicto que en Egipto (o incluso en Libia, donde el componente bereber es fuerte y reivindicativo) provocará sin duda polémicas y enfrentamientos.

Hay quien compara esta nueva forma del islamismo moderado con lo que supuso la Democracia Cristiana en Europa durante la Guerra Fría... ¿Está de acuerdo con esta comparación?

Hace unos días, en una entrevista a un medio francés, el propio presidente de la república, el izquierdista Moncef Marzouki, un hombre -según propia confesión- “moldeado por la Ilustración”, pedía a los políticos y medios franceses que abandonasen su islamofobia, recordando precisamente el ejemplo de la Democracia Cristiana. Vosotros tenéis vuestros conservadores, decía, y nosotros los nuestros, y tenemos que contar y pactar con ellos. Ennahda y sus partidarios son los conservadores de Túnez. A mí no me gustan los conservadores, ni en Túnez ni en Europa, pero estoy de acuerdo con Marzouki: ha llegado el momento de dejar de demonizar el islamismo moderado y pasar a combatirlo políticamente.

Santiago Alba es autor, entre otros libros, de 'Las reglas del caos' y 'Túnez, la revolución'. / cuartopoder.es

En Túnez, en Egipto, en Marruecos y también parcialmente en Libia se reivindica el “modelo turco” como referencia a seguir. ¿Realmente el modelo que está ensayando Rayip Erdogán en Turquía puede servir de referencia cuando está ejerciendo una dura represión contra una parte importante de su propio pueblo, como ocurre con el caso de la población kurda?

Como modelo, el turco es sin duda preferible al saudí o al iraní, pero no cabe la menor duda de que es tan insuficiente y tan cuestionable como el español o el estadounidense. No es mi modelo ni el de las izquierdas árabes, que no dejan de alertar sobre la creciente influencia de Turquía tanto en el Maghreb como en el Mashreq. Pero es evidente que Turquía está aprovechando el “impulso democrático” de las revueltas árabes para extender su dominio subcolonial en la zona y que muchas fuerzas locales se reconocen en su “democracia islámica”. Lo que ocurre es que una democracia no puede ser ni islámica ni cristiana ni judía (ni “española” o “estadounidense”) sin dejar de ser democracia.

Ante algunas actitudes radicales de las bases islamistas, como los gritos antijudíos al recibir al líder de Hamas en el aeropuerto, el ataque a una cadena de televisión por emitir la película “Persépolis”, las agresiones a mujeres sin velo en la calle, la polémica por el velo en la Universidad o ciertas manifestaciones de orientación salafista… ¿cree que Enahda ha respondido con suficiente firmeza? ¿Su ambigüedad no entraña cierta complicidad con estas posturas radicales?

No he oído esos gritos a los que alude; sí muchos eslóganes antisionistas. Aunque es cierto que uno de los grandes éxitos de Israel es el de haber inducido en el mundo árabe, en algunos casos, la confusión muy peligrosa entre “judaismo” y “sionismo”. En cuanto a las provocaciones salafistas, la reacción de Ennahda es cuando menos ambigua. El discurso oficial es muy claro, tal y como me decía un portavoz del partido en el barrio popular de Hay Tadamun: “No tenemos nada que ver con ellos; nosotros construimos mientras que ellos destruyen”. Lo cierto es que la policía del nuevo ministro islamista del interior (que en todo caso es la misma) reprimió a los estudiantes y profesores de la Manouba que protestaban frente al ministerio de Enseñanza Superior mientras que ha permitido la ocupación salafista de la facultad de Letras durante un mes y medio. Todos juegan con los salafistas. Los partidos del centro izquierda extremolaico y pro-occidental los utilizan como arma arrojadiza contra el gobierno; los residuos del viejo régimen quizás los manejan desde dentro para desestabilizar el país. En este contexto, todo el interés de Ennahda, piense lo que piense de sus parientes radicales, es el de desmarcarse visiblemente de ellos. El desproporcionado despliegue policial de hace unos días en la Manouba para acabar con el sit-in salafista -sin choques ni violencia alguna- fue claramente publicitario y tenía como propósito desarmar ante la opinión pública las acusaciones de complacencia o connivencia.

En todos los países del norte de África los movimientos salafistas están en ascenso. ¿Terminarán desbordando a los partidos islamistas moderados?

No lo creo. Su aparente ascenso es un espejismo, fruto del entusiasmo identitario reactivo desencadenado por la caída de dictaduras que lo combatieron con ferocidad. Pero la tendencia es más bien la contraria. El salafismo puede hacer aún mucho daño, como lo hizo la ultraderecha en España en los primeros años de la transición o en Italia en los años setenta -también porque serán instrumentalizados por las distintas fuerzas en concurso en la región-, pero los islamismos moderados, a mi juicio, están trabajando a medio plazo, lo quieran o no, a favor de la laicización y no de los salafistas. Todo dependerá, en todo caso, del grado de democracia que las potencias occidentales permitan -o estén obligadas a consentir- en esta zona del mundo. Una interrupción de los procesos democratizadores sería una catástrofe de imprevisibles consecuencias.

¿Se atrevería usted a vaticinar cómo evolucionarán a partir de ahora los procesos revolucionarios de la llamada “primavera árabe”?

Mentiría inmodestamente si dijera que sí. Lo único que puede decirse es que las movilizaciones van a continuar -con réplicas sísmicas en los países ya sacudidos por las revueltas y con metástasis en nuevos países- y que seis o siete fuerzas diferentes, y no sólo los EEUU y la UE, van a intentar desactivarlas o gestionarlas a su favor. La democracia en el mundo árabe es una amenaza para todos y se ha convertido en el campo de batalla geoestratégico de -esta vez sí- “un nuevo orden mundial”.