La candidatura de Amer Musa intentará frenar el dominio islamista en Egipto

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El candidato Abdel Abulfutuh, aclamado por tras un acto electoral en el distrito de Sharqiya. / Khaled Elfiqi (Efe)

La principal ventaja de las elecciones presidenciales egipcias, previstas para el 23 y 24 de mayo en primera vuelta, consiste en que pueden aclarar un poco más el confuso panorama político surgido de los comicios parlamentarios de diciembre y enero. Este escrutinio dio a las dos grandes coaliciones islamistas (la impulsada por el integrismo moderado de los Hermanos Musulmanes y la liderada por el partido salafista Al Nur) un dominio absoluto del Parlamento, con prácticamente las tres cuartas partes de los votos y de los escaños.

Tales resultados, sobre todo la fuerza del islamismo radical o salafista, fueron la principal sorpresa de esas elecciones, de las que depende, en última instancia, la redacción de una nueva Constitución. Algunos analistas explican esos resultados, que contrastan con el papel secundario que el islamismo ha jugado en el proceso revolucionario, por la combinación de cuatro factores.

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El primero sería que las fuerzas “revolucionarias”, por lo general progresistas y laicas, se presentaron atomizadas mientras los integristas, con una larga experiencia política, lo hacían en dos bloques compactos que les permitieron concentrar el voto.

Relacionado con esta explicación estaría el hecho de que los Hermanos Musulmanes abanderaron un proyecto político integrador, de respeto a la diversidad religiosa, social y política de Egipto, colocando incluso en sus candidaturas a personalidades cristianas, liberales y de izquierda. Muchos electores no integristas vieron en este proyecto una oportunidad para construir un nuevo sistema político para todos los egipcios.

Amer Musa. / Wikipedia

Precisamente por ello, una parte de la tradicional y poderosa base integrista de los Hermanos Musulmanes “desertó” en las urnas y prefirió dar sus papeletas a los radicales de Al Nur, al considerar excesivamente descafeinado, desde el punto de vista del fundamentalismo, el citado proyecto integrador.

Finalmente, el alto porcentaje de escaños uninominales (la tercera parte del total) elegidos por el sistema mayoritario sobrevaloró la presencia islamista en el Parlamento, ya que las dos facciones –la moderada de la Hermandad y la radical salafista- se habrían beneficiado mutuamente del voto útil. En muchos distritos, los salafistas votaron al islamista moderado si existía el peligro de que el escaño cayera en manos laicas, y lo mismo habría ocurrido en aquellas circunscripciones donde la pugna quedó acotada entre un laico y un salafista.

Durante los cuatro meses transcurridos desde las elecciones parlamentarias, han aparecido, además, serias dudas sobre las reales intenciones de la Hermandad a la hora de diseñar el nuevo modelo político para Egipto, aumentando de esta manera la confusión sobre el alcance real de su voto en las presidenciales. Muchos de quienes les votaron no ven ahora con tanta claridad que su proyecto sea verdaderamente integrador, sobre todo porque no han respondido con suficiente contundencia a las descabelladas propuestas salafistas para reordenar la vida social y cultural.

Entre estas ideas se encuentran algunas que, de llevarse a la práctica, darían de lleno en la línea de flotación del turismo, verdadero buque insignia de la economía egipcia… La prohibición del alcohol, del bikini, de la danza del vientre, la obligatoriedad del velo, el cuestionamiento de la música moderna, la censura cinematográfica, la persecución de la homosexualidad, e, incluso, cubrir los desnudos en pinturas, grabados o estatuas de la Antigüedad estarían entre las más llamativas.

Algo parecido ocurre con los obstáculos que está poniendo la mayoría parlamentaria para que la comisión encargada de redactar la Carta Magna sea realmente representativa de la pluralidad cultural y religiosa de Egipto.

Como se ha comentado al principio, las elecciones presidenciales ofrecen, por lo tanto, una oportunidad para que el electorado delimite sus preferencias teniendo presente los factores mencionados y su repercusión en la situación económica del país.

Aunque la comisión electoral ha autorizado trece candidaturas a la Presidencia, solamente cuatro tienen posibilidades de lograr un resultado significativo. La primera es la de Amer Musa, ex ministro de Exteriores y ex secretario general de la Liga Árabe. Con gran experiencia como estadista tanto a nivel nacional como internacional, podría aglutinar a todos los sectores partidarios de un cambio sin sobresaltos, manteniendo la cohesión nacional y sin ataques frontales al Ejército, recuperando en torno suyo los sectores opuestos a que el islamismo tenga un papel hegemónico en este periodo de transición, incluidos algunos segmentos del electorado que habían confiado en el discurso moderado de la Hermandad.

Tras quedar anulada la candidatura de Khairat as Shater, los Hermanos Musulmanes pretenden reagrupar en torno a Mohamed Morsi todo el voto integrista, un voto que, en esta ocasión, también le será disputado por el islamista moderado Abdel Abulfutuh, principal candidato de los sectores denominados “revolucionarios” y “anti sistema”. Los salafistas, cuyo popular líder Abu Ismail también ha sido excluido de la carrera presidencial por no cumplir los requisitos legales, tendrán que optar entre Abulfutuh y Morsi, mientras que una cuarta candidatura, la del militar Ahmed Shafiq, permitiría cuantificar el respaldo que todavía mantiene el régimen derribado por la revolución del 25 de Enero.

Sin la complejidad de las elecciones parlamentarias, con menos candidaturas a elegir, las jornadas del 23 y 24 de mayo mostrarán, sobre todo en torno a las opciones personificadas por Amer Musa y Mohamed Morsi, hasta qué punto el electorado desea que el integrismo determine el futuro de Egipto.

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