MÓNICA G. PRIETO | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 21:00

El sheikh Ahmed al Assir, en su oficina de Sidón, durante la entrevista. / Mónica G. Prieto

SIDON.- Muchos suníes libaneses (el 30% de la población) se consideran huérfanos políticos desde que el primer ministro Rafic Hariri fuera asesinado en un atentado que conmocionó la región, en 2005. Su sucesor, su hijo Saad, nunca tuvo el carisma ni la firmeza de su progenitor, ni tampoco supo desarrollar un vínculo con su comunidad religiosa –más allá de su asistencia a rezos y celebraciones- que le confirmarse como digno sucesor de su padre al frente de los suníes libaneses.

En estos tiempos de enfrentamiento sectario e incertidumbre, la tibieza expresada por los líderes del Movimiento del Futuro, partido suní y antisirio en la oposición, no es suficiente para una comunidad que se ve reflejada en el sufrimiento de sus hermanos sirios. Los suníes del Líbano quieren firmeza frente a Damasco, desean escuchar una denuncia inequívoca de los crímenes cometidos en el país vecino aunque eso les enfrente a la comunidad chií representada por Hizbulá. Y esa firmeza, inexistente entre los políticos, está siendo acaparada por los salafistas en un peligroso golpe de timón.

Si la determinación suní tiene un rostro, es el del sheikh Ahmed al Assir. Su apariencia tímida, una voz monocorde y el discurso moderado que emplea en su entrevista con cuartopoder.es contrasta con la imagen que proyectan de él los medios libaneses. Nacido hace 44 años en la ciudad de Sidón, donde oficia el rezo en su mezquita, el clérigo –un desconocido hasta hace un año- se ha convertido en el hombre del momento mediante un firme discurso anti-Hizbulá –y por extensión, muy duro contra Bashar Assad, Irán y los chiíes en general- y su posición hacia la crisis siria. Ante el silencio de los políticos suníes, Ahmed al Assir ha convocado protestas –una de ella, en plena plaza de los Mártires de Beirut, corazón de la capital- para denunciar los crímenes del régimen sirio, convirtiéndose en el primer libanés en dar semejante paso.

Según la adscripción política o religiosa de los medios que escriben sobre él, el clérigo puede llegar a ser tachado de radical o bien de héroe. Él afirma no depender de ningún partido islámico, y en eso parece radicar su popularidad. Cada viernes, la calle que alberga su mezquita –Bilal ben Rabah, fundada en 1997 en el barrio de Abra, a pocos metros de la oficina donde se celebra esta entrevista- debe ser cerrada para albergar a la cantidad de fieles –la prensa estima entre 7.000 y 8.000- que acuden en busca de “un discurso simple que no pretende captar partidarios”, según explica. Pero rechaza ahondar en la clave de su éxito. “Pregúnteles por qué a quienes vienen a escucharme”, dice.

En el Líbano, este sheikh conservador es considerado un representante de la corriente salafista moderada (proselitista, que no aboga por la lucha armada), si bien él rechaza definirse como tal porque “el término es usado para meter miedo, y aquellos a los que se quiere desacreditar son acusados de salafismo”. Lo cierto es que desde hace unos meses, el sheikh ya no se limita al proselitismo anónimo y académico: con sus convocatorias de protestas, su reparto de ayuda humanitaria y sus polémicas apariciones en los medios, en los que emplea un tono muy crítico contra Hizbulá –a quien se refiere como Resistencia, dado que la traducción literal del término es Partido de Dios- está supliendo el vacío de liderazgo en la comunididad suní. Y ganando adeptos.

“Los suníes no sólo sufren un problema de liderazgo, la mayoría de los líderes no entienden las necesidades reales de los suníes”, explica en el salón de una vivienda situada frente a la mezquita. “Nuestra dignidad ha sido insultada en numerosas ocasiones, y cada vez que surge un nuevo líder político suní, no entiende ese punto, distanciándonos del problema”.

Otro momento de la entrevista. / Mónica G. Prieto

“El sunismo nos pide que vivamos en paz con todos pero no podemos avergonzarnos de ser suníes. La mayoría de los líderes se avergüenzan de su sunismo”, prosigue el clérigo en tono relajado, en referencia a los acontecimientos de 2008, cuando suníes y chiíes se enfrentaron mediante las armas en el Líbano. Hizbulá no tardo ni una semana en imponerse.

Aquellos días de combates envenenaron unas relaciones inter-musulmanas de por sí muy deterioradas por las diferencias políticas y religiosas y también por la guerra sectaria que vivió Irak. Los ánimos entre los suníes y los chiíes libaneses nunca se apaciguaron, y la revolución siria sólo empeoró la situación, dado que Hizbulá, por boca de su secretario general Hasan Nasrallah, se ha sumado a la teoría conspirativa del régimen según la cual una mano extranjera se oculta tras el levantamiento. Al tener a su coalición política en el Gobierno, oficialmente el Líbano se intenta mantener al margen de la crisis siria y eso incluye a la oposición, demasiado temerosa de un contagio como para defender, aún verbalmente, a las víctimas de la represión. Toda una bofetada para los suníes.

“[Saad] Hariri está claramente con la revolución siria pero Mustaqbal [su partido] no hace nada aparte de salir en los medios. El presidente [Najib] Miqati se pone en evidencia a sí mismo, diciendo que su corazón está con esos sirios, pero en su actual posición no puede hacer nada porque está bajo la influencia de Hizbulá. Se traicionan a sí mismos y a la revolución”.

Las alusiones políticas en su discurso son algo nuevo. Aunque Assir -hijo de un cantante suní que se convirtió en un devoto religioso gracias a la influencia de su hijo y de una chií de Tiro- se dedica de forma exclusiva a la religión desde 1989, su notoriedad es reciente. El clérigo quita hierro a la importancia que le conceden los medios, justificándola con la obligación de apoyar en público a la revolución siria ante la falta de apoyos explícitos en el Líbano.

“Líbano y Siria somos uno. El régimen sirio es injusto para ellos y para nosotros. Además, la revolución carece de apoyos, nosotros fuimos los primeros en organizarnos. El régimen sirio intenta controlar nuestras vidas mediante sus aliados en el Líbano. Y nuestra obligación islámica es estar con quienes sufren la opresión y la injusticia”, afirma.

Según él, la comunidad suní libanesa está al límite. “No podemos aguantar la situación mucho más tiempo, la gente no acepta que el Ejército sirio lance incursiones dentro del Líbano. Al mismo tiempo, las fronteras están abiertas para que Hizbulá pueda matar gente en Siria, y el Gobierno lo sabe”, lamenta. Ahora bien, el sheikh Assir no apoya la yihad ni el envío de combatientes a Siria. “Estoy en contra de cualquier movimiento (bélico) desde el Líbano porque la composición sectaria del Líbano es muy delicada y podría afectar a la revolución siria y a la situación general”.

“La palabra yihad es muy grande. Decir que sólo implica combatir supone simplificar. Es el corazón de la religión, y la yihad más importante es hacer que los musulmanes sean conscientes de su religión y que la defiendan con todos los medios posibles. El problema sirio es un régimen asesinando a su pueblo, y aquellos que intentan derrocarlo son sólo sirios. La mayoría de la gente es suní, pero no combaten para cambiar al régimen por un estado islámico sino para terminar con la represión”.

A juicio de Assir, Siria no librará un conflicto sectario como el que desgarró Irak. “Hasta hace poco no hubo sectario conflicto en Siria, pero cuando Assad insistió en alinear a la secta alauí con los chiíes, enviando shabiha a Homs creando masacres sectarias, bombardeando mezquitas, insultando a muftis suníes, creó una tensión sectaria en Siria. Sin embargo, los rebeldes conocen el peligro que eso representa y por eso no tengo miedo de una guerra sectaria, porque conozco a los líderes de la revolución”.

Sin embargo, teme que el enfrentamiento entre el régimen alauí y los insurrectos, en su mayoría suníes, ahonde en el conflicto sectario regional. “Muchos líderes religiosos ayudan al sectarismo, que ya existía antes y cuyos principales promotores son Irán y el Partido de la Resistencia. El régimen sirio ha jugado un papel clave en implantar alianzas iraníes en la región y eso genera el odio sectario”, afirma. “Irán se traiciona a sí misma y a todo el mundo árabe. Promovió todos esos eslóganes de liberación y resistencia, y con ellos intentó aplicar el wilayat al faqih [un sistema político supeditado a los religiosos en representación del Imam] en toda la región generando tensión en la calle suní. Eso es lo que genera tensión sectaria”.

Sus diferencias con Hizbulá son bien conocidas en el Líbano, especialmente tras un rifirafe televisado con un clérigo chií. El jeque, que hace unos años hablaba con respeto de Nasrallah [sobre todo, tras las relativas victorias del Partido de Dios frente a Israel] ahora le acusa de doble rasero por denunciar la revolución en Bahréin –donde la población chií es la levantada contra un régimen suní- e ignorar las masacres sirias. “Nuestro apoyo a los oprimidos lo hacemos de forma humanitaria, no desde una perspectiva política. El Partido de la Resistencia hace una fuerte campaña sobre la revolución en Bahréin, a pesar de que no dice nada de lo que está ocurriendo en Siria, de todos los muertos, porque sus intereses políticos están con el régimen de Damasco”.

Ahora bien, Assir cae en la misma trampa sectaria rebajando la revolución del pequeño reino del Golfo Pérsico a la categoría de intifada o levantamiento. “Al principio condenamos la opresión en todos sitios, incluido en Bahréin, pero cuando los iraníes intentaron robar esta intifada, dejó de estar claro para nosotros”. Sin embargo, el sheikh distingue entre los chiíes seguidores del imam Mussa al Sadr, desaparecido en Libia hace años, y los fieles del ayatola Ruhola Jomeini, a quien considera responsable de la radicalización de la secta chií acusándoles de “haber dado un golpe de Estado” contra los principios de esta escisión del Islam al haber permitido que alguien, más allá de los 12 imanes, puedan dirigir a su comunidad.

Entonces, ¿es para el sheikh Irán un enemigo más importante que Israel? “No estamos en posición de decir a quién debemos atacar, sólo de defendernos a nosotros mismos. Cuando los israelíes y americanos implantan su proyecto en Palestina despiertan voces de dolor, y cuando el proyecto iraní es aplicado en Siria también eleva voces de dolor”.

Para el clérigo, el auge de movimientos políticos islámicos en los países donde triunfaron las revoluciones árabes es producto de las dictaduras. “Hay muchas razones [detrás del triunfo de facciones islamistas en las elecciones]. La mayoría de la gente tiene fuertes convicciones religiosas que fueron reprimidas por los regímenes caídos, y tras la desaparición de éstos, la gente quiere probar un sistema islámico. Cuando caen los Gobiernos, la gente vuelve a sus orígenes”, aduce. “Y eso me da miedo. El Islam es la dawa –la invitación a practicar la religión- y su poder depende de su éxito. Cuando los islamistas intentan que la gente vuelva a sus orígenes [religiosos] pueden provocar una reacción contraria, dando una mala imagen entre los musulmanes y también entre los no musulmanes”.

Así, el sheikh no es un defensor de mezclar religión con política. “El Islam es la solución, dicen los Hermanos Musulmanes egipcios. Es un eslógan correcto, pero siempre que el Islam no sea propagado por el poder o la autoridad. El Islam no es una ideología comparable a nada, es la dawa, y la gente que crea en ella la adoptará de forma inmediata. Hoy en día la autoridad y el poder son una fuente de conflictos. Por eso me parece muy pronto para que [grupos como los Hermanos Musulmanes] tomen el poder, y además las sociedades no están preparadas para ello. Por eso todo eso de que los islamistas tomarán el poder reemplazando a Assad es mentira”.

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