Za'atari, la miserable 'capital' del exilio sirio en Jordania

Dos hombres observan un puesto de zapatos usados en el campo de Za'atari. / Mónica G. Prieto

ZA’ATARI (JORDANIA).– Más que una suerte de peluquería masculina, la Barbería del Regreso parece un cajón semi vacío. Construida con chapa metálica clavada en delgados maderos, el local no ocupa más de cinco metros cuadrados y el suelo es pura arena. Una especie de mostrador -otra tabla de madera- mantiene ordenados varios peines y cepillos, una brocha de afeitado, varias maquinillas, un spray plástico y dos tarros con agua y jabón. Una silla de plástico situada frente a un desvencijado espejo que cuelga milagrosamente de la chapa completan el cuadro donde Mahram, de 19 años, trabaja desde que llegó al campo de refugiados de Za’atari, en Jordania, donde han encontrado refugio casi 80.000 sirios huidos de la represión.

«Escapamos hace siete días», relata mientras corta el pelo a un joven que no aparenta más de 18 años. «Vine con toda mi familia, 25 personas en total, y aquí nos han asignado dos tiendas de campaña. Sabía que en Jordania todo cuesta caro, así que me traje mis enseres», dice esgrimiendo el peine con púas rotas con el que ordena el cabello a su cliente. Mahram decidió reproducir la peluquería que tenía en Mehl al Sharqiyeh, su aldea natal, en el exilio. «Empleé mis ahorros, unos 150 dólares, en comprar la chapa y las maderas. Hace cuatro días que abrí. Sin este negocio, no podría alimentar a los míos».

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El campo de Za’atari se ha convertido en una suerte de ciudad siria en el exilio, y su enormidad crece a diario gracias a un flujo de refugiados en dramático ascenso, según han constatado las autoridades jordanas. Hace seis meses, el pasado agosto, el lugar -inicialmente pensado para un máximo de 60.000 personas- acogía a 15.000 refugiados; hoy en día, se estima que son más de 76.000 los habitantes del gigantesco campamento, situado 10 kilómetros al este de Mafraq, cerca de la frontera siria, y a 85 kilómetros de Amán.

Imagen del campo de refugiados de Za'atari. / M. G. P.

Abu Khaled, un envejecido herrero que huyó de la localidad siria de Naamer «después de que contabilizásemos 52 proyectiles en cinco minutos», mata el tiempo a las puertas de la barbería. «Salí de mi ciudad porque creí que iba a morir en el bombardeo. Me llevé conmigo a nueve miembros de mi familia, y huimos un grupo de 16 personas. En Naamer sólo se quedó el 10% de la población«. El hombre solicita explicar las condiciones de vida en el campo: «No hay calefacción, no hay electricidad. No puedo trabajar, y tengo a mi mujer y uno de mis hijos enfermos. Dormimos envueltos en mantas, y cuando despertamos están mojadas. Sólo nos dan cuatro obleas de pan por persona, una lata de atún y otra de hummus [pasta de garbanzos] cada quince días», dice. «¿Hasta cuándo nos vais a dejar así los occidentales?», espeta educadamente.

Las condiciones de vida en Za’atari son de una dureza extrema y empeoran con la llegada masiva de civiles: se estima que entran unas 3.000 personas cada día en Jordania mediante cruces ilegales de la frontera y, en algunas jornadas puntuales, se han llegado a contabilizar más de 6.000 personas en 24 horas. Una cola de unas 200 personas se forma a diario a la entrada del campo, compuesta por hombres con los documentos de identidad de sus familiares en la mano. Tratan de registrarse ante las autoridades y de recibir la tienda de lona que pasará a ser su vivienda, un colchón y tres mantas por persona, menaje para poder cocinar y una caja con productos no perecederos que debe durarles dos semanas. Para ello, tendrán que guardar otras muchas colas a menudo interminables: la sobreocupación del campo ralentiza la distribución de ayuda y el acceso a los hospitales, cuyas puertas están siempre bloqueadas por gente a la espera de ser tratada.

Abdallah, de 28 años, vive con su mujer y su hija, Hiba, de dos meses y medio, en una tienda. «Cuando llegué, esperé cuatro días en las colas de distribución de ayuda. Me desesperé y decidir comprar yo mismo lo que necesitaba». Ahora su hija tiene pañales y leche infantil, pero aún no disponen de una estufa. Empleó sus ahorros en adquirir material para construir una caseta que ahora alberga una suerte de tetería donde los clientes pueden fumar narguileh y calentarse con café o té. «Los vecinos me lo han vendido todo, y todo más caro de lo que debería ser. Para nosotros, los sirios, en Jordania todo cuesta más. Si quisiera alquilar un piso fuera del campo, me costaría el doble de lo que paga un ciudadano local».

Dos niños sonríen frente a su tienda de campaña. / M. G. P.

De los 350.000 refugiados registrados y no registrados que se estima que hay en Jordania, aquéllos que no han podido permitirse alquilar viviendas o que no han podido ser alojados con conocidos y familiares terminan en el campamento de Za’atari, una vastísima extensión de terreno cubierta por tiendas de campaña con cocinas comunes, letrinas que salpican el lugar y tanques de agua donde los niños rellenan bidones transparentes repartidos por ACNUR. La calle principal del campamento es una suerte de zona comercial donde los negocios más insospechados han encontrado lugar: los más comunes son los puestos de ropa y calzado usado, así como tanques de gas que son usados para rellenar pequeñas bombonas empleadas para cocinar por quien se las puede permitir. Puestos con mantas y pequeños calefactores eléctricos, así como menaje o improvisadas ferreterías -cada uno se construye su pequeño tenderete- son comunes, como también lo son las fruterías, los puestos con pollo congelado o incluso intentos de restaurante donde hornean manoushe -pizzas de tomillo, queso o carne- o incluso donde asan kebabs. Los negocios oscilan entre los tres y los 20 metros cuadrados, aunque hay quien vende lo que tiene simplemente en la calle. Según los refugiados, la asistencia humanitaria es insuficiente para alimentar a todos, y sólo haciendo dinero pueden permitirse completar la escasa ayuda que reciben con ropa, calzado y alimentos. La divisa jordana y la siria conviven en el campo.

Uno de los negocios aparentemente más demandados son los puestos que cargan móviles. El procedimiento es sencillo: se instala la caseta cerca de un poste de electricidad y se trampea el cableado, obteniendo así la ansiada corriente, restringida en el campo. Unos alargadores y extensores eléctricos permiten alquilar el punto de luz para cargar la batería de los teléfonos, la única forma que tienen los refugiados de seguir en contacto con sus familiares en el interior. Otros se han convertido en taxistas y sacan así provecho de la necesidad de trasladar cajas de ayuda y colchones al lugar donde se instalará la tienda.

Abierto en agosto de 2012, lo que empezó siendo un conjunto de jaimas es ahora una especie de ciudad que los propios refugiados dividen en barrios -el saudí, donde todas las tiendas provienen de ayuda del reino wahabi, el kuwaití, el libio, o el lugar más lujoso, compuesto por barracones saudíes- y que dispone de siete centros médicos: un hospital de campaña italiano, otro francés y otro marroquí, una clínica de la Media Luna Roja emiratí, otra de la Media Luna jordana, un centro médico de Handicap International y otro de la Fundación Jordana Nur al Hussein. Sin embargo, el creciente número de refugiados desborda estos centros, donde siempre existen colas a la entrada. Muchos renuncian a ser tratados tras horas de espera.

Imagen del complejo de colegios de UNICEF en el campo de refugiados de Za'atari. / M. G. P.

Los problemas médicos no sólo provienen de la represión en Siria: las bajas temperaturas, las tormentas de principios de enero y los incendios fortuitos en las tiendas son la razón, según los refugiados, de las muertes de varias personas. Las autoridades desmienten que las condiciones de vida en Za’atari sean la causa de las defunciones, pero a principios de enero, las riadas inundaron parte de las tiendas y sus habitantes tuvieron que refugiarse en las cocinas y letrinas. Era previsible que algo así ocurriera: Za’atari se levantó en medio del desierto, excavando para quitar las rocas del terreno, algo que los expertos consideraron una pésima idea. «Ahora, el viento más liviano crea una tormenta de aire», lamentaba Panos Moumtzis, coordinador regional de ACNUR para los refugiados sirios, en declaraciones a la agencia IRIN, dependiente de la ONU. «Ha sido un error», consideraba. Además de los problemas respiratorios causados por el polvo, el terreno se convierte en un peligroso barrizal cada vez que llueve. Los refugiados han aprendido a excavar, con sus manos desnudas o con conservas vacías, canales alrededor de las tiendas para evitar que éstas se inunden.

La indignación tras varios incidentes ha llevado a los refugiados a enfrentarse con los responsables del campo de forma violenta, en protestas que derivaron en lanzamiento de piedras y que terminarían siendo dispersadas por la Policía jordana, que mantiene una presencia permanente en los accesos al campo.

La Fundación Nur al Hussein también ha instalado una unidad para mujeres y niñas, las más vulnerables en este contexto de desesperación y violencia. «Damos asistencia social, psicológica, sanitaria, fisioterapia, y también información para prevenir que las mujeres sean objetivo de la violencia», explica Lina Shabib, una de las trabajadoras de la Fundación. «Se están dando casos de adicción a los medicamentos, y hay casos de violencia sexual. Algunas lo sufrieron en Siria, y otras lo están sufriendo aquí, en Za’atari, así que les damos consejos para evitarlo». El centro recibe unas 400 mujeres por semana. Cerca de allí se encuentra el complejo escolar levantado por UNICEF, un magnífico proyecto que proporciona escolarización -siguiendo el temario jordano- a más de 4.300 alumnos sirios.

Asistentes a un taller de informática de la UNICEF. / M. G. P.

El proyecto acogía a 3.000 alumnos el pasado semestre; en el actual, se registraron 5.500 estudiantes. «Algunos se registran y luego abandonan, principalmente porque comienzan a trabajar en el campo para ayudar a las familias. Hay que entender que muchos refugiados vienen de un entorno rural donde no se cree en la educación», explica Shourouq Fakhouri, una de las responsables del programa de UNICEF en Za’atari. «Otros escapan del campo con sus familias, o regresan a Siria». Un centenar de profesores jordanos, asistidos por 108 profesores sirios hoy refugiados en Za’atari, educan a los chavales en dos turnos diferentes. Al principio, el profesorado jordano lo consideró un duro desafío. «Cuando llegan, estos niños no se sienten niños. La rutina familiar ha saltado por los aires, la violencia supone mucha presión psicológica, y es común que los niños muestren comportamientos agresivos», explica Konadi Kone, responsable del proyecto del sector del campo que lleva UNICEF.

De ahí que se hayan creado 18 espacios seguros donde los niños «puedan volver a sentirse niños, puedan jugar, hablar sin presencia de adultos, aprender actividades». Los estudiantes registrados suelen acudir a estos lugares, cerrados por vallas para asegurar que entren adultos no invitados, antes de comenzar las clases para adaptarse a la nueva realidad. Los talleres de informática, pintura o fotografía ayudan a los jóvenes a estar ocupados, pero la realidad siria se cuela en las actividades. En los ordenadores, los chicos recrean la bandera revolucionaria (previa a la llegada del Baaz) y en el gran mural que ultiman las alumnas, tanques disparan contra aldeas y soldados persiguen a mujeres y niños.

UNICEF, que también lleva el programa WASH (todo lo referente al agua, sistema sanitario e higiene) construye otro complejo educativo en el otro extremo del campo, en una zona aún vacía donde las excavadoras dejan lugar a más tiendas de campaña. El responsable de comunicación, Alexis Masciarelli, recuerda que sería posible mucho más si las ayudas aprobadas en la última cumbre de donantes, celebrada en Kuwait, terminan de llegar. «Nos prometieron 57 millones de dólares y sólo han llegado cuatro», explica en referencia a esta agencia de la ONU. Lo cierto es que el dinero prometido se ha quedado en una mera promesa mientras el número de refugiados aumenta, elevando la miseria de los sirios que se vieron obligados a huir de la guerra.