Francisco I, Papa a la segunda

Lucia Magi *

El Papa Francisco I se acomoda su repaje en el balcón de la Basílica de San Pedro, en cuya plaza fue recibido ayer por miles de peregrinos. / Claudio Peri (Efe)

ROMA.- “Ahora querría dar mi bendición. Pero antes os pido un favor. Antes de que el Obispo bendiga al pueblo, os ruego que vosotros recéis para que Dios bendiga a vuestro Obispo”. Dicho esto, el nuevo Papa Francisco I agachó la cabeza en el balcón de la Basílica de San Pedro y mantuvo el silencio durante unos segundos. La multitud le siguió y por un momento la plaza llena hasta rebosar pareció una pequeña iglesia, unida alrededor de su párroco. Así es el jesuita Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa latinoamericano de la historia, que ha elegido para su nueva misión el nombre del santo amigo de los pobres. Se define Obispo y en su diócesis de Buenos Aires se mueve en metropolitana, evita las citas mundanas, vive en una pequeña ala del palacio del arzobispado.

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Tras la elección de anoche en la capilla Sixtina, el nuevo Jefe de la Iglesia católica rehusó ser acompañado en limusina hasta la cercana casa Santa Marta donde se alojan los cardenales y donde les esperaba la última cena que consumir como grupo. La mayor parte de los 115 purpurados subió a unas furgonetas para volver a la residencia. En el umbral aguardaron para esperar al que acababan de indicar como Papa. Esperaban ver aparecer la limusina que estaba aparcada bajo la Sixtina. “Pero cuando el último autobús se detuvo, ¿adivinad quien bajó? - cuenta el cardenal de Nueva York Timothy Dolan – El Papa Francisco I. Imagino que le dijo al chofer: 'No hay problema, me voy con los muchachos'".

El primer pontífice extra europeo acababa de presentarse al mundo y de impartir su primera bendición Urbi et Orbi. “El deber del Cónclave era el de dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales fueron a buscarlos hasta el final del mundo”. Con estas palabras abrió su discurso, poco después de las 20.00 horas. Llevaba una vestimenta sencilla, la túnica de lana blanca, sin estola, y una cruz de plata oscurecida le colgaba del cuello. No vistió la muceta de terciopelo rojo y bordado de pelo de conejo que los sastres Gammarelli cosieron como manda la tradición para el invierno. Bajo sus manos abiertas a saludar y a bendecir, la plaza estaba repleta de fieles: por fin amainados los paraguas pudieron aplaudir en libertad y ondear banderas de los más distintos países del mundo.

Una monja muestra la portada de L'Osservatore Romano con una foto del nuevo Papa. / Valdrin Xhemaj (Efe)

El sucesor número 266 de San Pedro fue elegido en la quinta ronda de votos entre los cardenales menores de 80 años, en el último escrutinio del segundo día del Cónclave. Obtuvo al menos los dos tercios de los consensos, según establece la Constitución apostólica redactada por Juan Pablo II y aún vigente. A las 19.06 horas, la chimenea montada encima de la Capilla Sixtina escupió humo blanco al cielo ya oscuro de Roma. Un zumbido de sorpresa y felicidad subió espontáneo de la plaza donde miles de curiosos, religiosos y fieles escrutaban el mismo teclado, a la izquierda de la cúpula blanca, símbolo del centro del Catolicismo.

El de Bergoglio no era uno de los nombres que circulaban en las quinielas de expertos y observadores. Muchos veían en él un hombre que con su influencia dentro del Colegio podía direccionar el voto, pero sin muchas opciones de ser elegido. La razón es sencilla: según las indiscreciones, Bergoglio quedó segundo en la Capilla Sixtina hace ocho años. Antes de la cuarta – y decisiva – votación rogó a sus compañeros que no le eligieran al solio de Pedro. Entonces los votos se dirigieron hacia el gran favorito, teólogo de renombre y hombre respetado por todos: Joseph Ratzinger. El jesuita ayer aceptó su segunda llamada. El portavoz del Vaticano, padre Federico Lombardi, de la misma orden religiosa, no escondió su sorpresa: “nuestra regla nos impone rehusar cargos y honores. Que uno de nosotros sea elegido como sucesor de Pedro significa que este Papado es un servicio a Dios, no un título honorífico”.

La sorpresa se motiva también con la edad bastante avanzada: el hasta ayer Arzobispo de Buenos Aires tiene ya 76 años. Tras la renuncia de Benedicto, de 85, por falta de fuerza y vigor físico, no se pensaba que los cardenales eligieran a un Pontífice que tiene prácticamente su misma edad cuando fue elegido. Algunos vaticanistas comentan que volver al que quedó segundo hace ocho años suena como una velada desautorización de Ratzinger o incluso una admisión de error del Cónclave anterior. Pero lo primero que hizo Francisco I fue agradecer a Benedicto XVI, al que llamó Obispo Emérito de Roma.

Emocionado, casi con pudor, Bergoglio se arrimó al balcón y abrió los brazos. La multitud le contestó con un zumbido caluroso, aplausos, banderas, vítores de “Viva el Papa” y “Bravo Bravo”. Algunos apretaban entre las manos un rosario, otros tuvieron que rehogarse unas lágrimas de ternura y conmoción.

Hoy, Francisco acude a la iglesia de Santa María la Mayor, en Roma, para “rezar a la Virgen”. Por la tarde, a las 17 horas, va a celebrar su primera misa como Papa, pero solo para los cardenales, bajo la bóveda de la capilla Sixtina. Se quedará alojado en la casa de Santa Marta, justo a las espaldas de San Pedro. El sábado encontrará a los periodistas, más de 5.600, que se acreditaron para cubrir el cónclave y contaron al mundo su elección. El martes, finalmente, a las 9.30 dirá Misa en San Pedro: entonces arranca su Pontificado. En el día de san José. “Porque – como nos contó una monja de Indonesia en la plaza de San Pedro - es esto lo que es él para nosotros: un Padre. Un Papa padre”.

(*) Lucia Magi es periodista