La invasión de Irak, o el día que EEUU encendió la mecha del sectarismo regional

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Dos soldados colocan la bandera de EEUU sobre la estatua de Sadam, el 9 de abril de 2003, en Bagdad. / Mónica G. Prieto

A veces pienso que el verdadero propósito de la invasión de Irak no era apropiarse de recursos naturales, vengarse de Sadam Husein por su pasado de amor/odio hacia Estados Unidos o proteger a Israel creando un régimen afín a los intereses norteamericanos en la antigua Mesopotamia. No es que nunca me creyese las mentiras que justificaron la invasión de Irak: ni la (in)existencia de Armas de Destrucción Masiva (varios expertos del programa UNSCOM, entre ellos Scott Ritter, me habían sacado de cualquier duda en Bagdad, en los meses previos a aquel desastre) ni la pretendida defensa de los Derechos Humanos que decía promover la Administración de George W. Bush. No había más que estar en Irak durante la ocupación para ver cómo los soldados norteamericanos observaban desde sus carros de combate cómo una banda de saqueadores robaba edificios públicos, escuelas  y hasta hospitales donde se seguía tratando a los heridos por los bombardeos y combates sin mover un sólo dedo. “No tenemos órdenes”, aducían cuando se les inquiría por qué no ponían fin al caos que presagiaba lo peor. Quizás ese fue el problema. No tenían órdenes ni un plan B. Invadieron un país que, harto de dictadura, no les plantó cara para luego ver cómo era devorado por las hienas. Y no me refiero sólo a los saqueos, sino a las milicias armadas que, animadas por la invasión en sí -cada una, a su manera- terminarían sumiendo el país en la guerra civil y expandiendo el odio sectario en todo Oriente Próximo.

Tras un largo año de insurgencia generalizada, que hizo perder muchas vidas a los ocupantes, entre 2004 y 2005 la invasión dio un giro radical. Los primeros coches bomba contra objetivos sectarios comenzaron a producirse. Desmanteladas las Fuerzas de Seguridad del país, la seguridad corría a cargo de los ocupantes, quienes sólo velaban por su propia integridad y de facto ponían en peligro, con su presencia, las vidas de los civiles que se encontrasen cerca. La desbaazificación criminalizó a la comunidad suní, pese a que muchos militaban en el Baaz sólo para conseguir un puesto de trabajo. La entrada de yihadistas en el país, atraídos a combatir contra el icono imperialista, reforzaba a este bando opuesto a a la administración norteamericana, quien a su vez había confirmado su apuesta por la comunidad chií -duramente castigada por la dictadura suní de Sadam Husein- promoviéndola al poder. Los atisbos de insurgencia chií quedaron rápidamente devorados por atentados contra barriadas chiíes reclamados por grupos afines a Al Qaeda. El enemigo cambió de rostro: de las tropas norteamericanas a la comunidad suní.

Ante la ausencia de líderes políticos iraquíes -masacrados por la dictadura ante el temor de que, un día, se hicieran con el poder, salvo aquellos llegados desde el exilio, vistos con desagrado en el interior- los clérigos chiíes tomaron el poder, a menudo hijos o sobrinos de respetados religiosos asesinados por el régimen. No estaban preparados para ejercer cargos de responsabilidad política, y a muchos de ellos les movía la venganza. No tardaron en crear milicias armadas que terminarían siendo integradas en los cuerpos de seguridad del Estado, incluidos escuadrones de la muerte que dependían de ministros, vice primeros ministros o incluso el jefe del Gobierno iraquí. La violencia sectaria quedó institucionalizada, definiendo el segundo bando en conflicto.

Las potenciales tensiones entre chiíes y suníes eran obvias, y detonarlas era extremadamente sencillo. Hay quien piensa que la guerra civil iraquí -tantos coches bomba de procedencia dudosa, tantas explosiones de alto nivel profesional que no fueron reclamadas por Al Qaeda- fue parte de la estrategia de Estados Unidos para poner fin a los ataques contra sus tropas. Lo fuera o no, lo cierto es que funcionó en ese sentido: el número de bajas entre los ocupantes disminuyó drásticamente mientras las calles de Irak se llenaban de cadáveres. Los salvajes niveles de violencia empleados por ambas partes -cadáveres rellenos de explosivos, torturas y violaciones generalizadas, incluso de niños, secuestros a manos de fuerzas de Seguridad, bombas contra autobuses escolares, hoteles y hospitales- inocularon una desconfianza casi paranoica entre los iraquíes. A la destrucción material del país, producto de varias guerras, una década de sanciones y la invasión en sí, se sumó algo mucho peor: la destrucción del tejido social de un país que antes se caracterizaba por la convivencia religiosa. Y la degradación moral de una población que ha visto demasiadas atrocidades para no sufrir un trauma colectivo.

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Imagen de la plaza Firdous de Bagdad, durante la invasión anglo-americana de 2003. / Mónica G. Prieto

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“La identidad de los ciudadanos con su nación ha desaparecido: ahora se identifican con su secta o su etnia, no con su país”, me explica por correo electrónico el escritor e intelectual iraquí Raed al Hamed. Es el veneno sectario que divide a chiíes y suníes y que, desde Irak, se ha exportado a todo Oriente Próximo. El hecho de que la invasión -ironías del destino- haya colocado a importantes aliados de Irán en el Gobierno iraquí ha reforzado a Teherán hasta niveles insospechados: si antes era el único país de mayoría chií con un régimen chií de Oriente Próximo, ahora ha ganado en Irak a un socio privilegiado. Y confía en que Bahréin, de mayoría chií pero gobernado por una monarquía suní y en plena revuelta social para revertir esa realidad, siga el mismo camino para ampliar así su poder regional.

Los suníes, mayoritarios en el Islam y mucho más conservadores que sus colegas chiíes, ven con muy malos ojos ese aumento de la influencia chií en la región. Eso explica que regímenes como el de Arabia Saudí, Kuwait o Qatar armen a los rebeldes sirios en lo que ellos ven como un conflicto sectario: una mayoría suní enfrentada contra una minoría alauí, escisión del chiísmo. Sus propósitos tampoco tienen nada que ver con la justicia, la democracia -se trata de regímenes totalitarios- o la libertad de los sirios: invierten en extender el poder suní por Oriente Próximo, no en velar por sus poblaciones. Y no les importaría que ese poder lo aplique una dictadura, siempre que sea suní y vele por los intereses de los suníes.

Siria es un buen ejemplo de cómo el sectarismo que incendió Irak se ha extendido por toda la región. Algunos de los sirios que, en su día, fueron a combatir en Irak con los suníes en contra de la ocupación y, posteriormente, en contra de la comunidad chií, hace tiempo que regresaron para poner en práctica sus habilidades bélicas en su propio país. A Bashar Assad se le volvió en contra su perversa estrategia de permitir el paso por sus fronteras de yihadistas con destino a Irak, pensando que debilitaba así a Estados Unidos, ya que éstos han regresado a Siria para derribar su régimen. Y si la oposición suní es ayudada por los regímenes suníes del Golfo, así como por Al Qaeda, al régimen le apoyan activamente todos sus aliados chiíes: desde Hizbulá hasta combatientes iraníes, pasando por clérigos iraquíes como Muqtada al Sadr, que respaldan verbalmente a Assad y, según la oposición, habría enviado milicianos a tierra siria. En un peligroso giro, hace unos días medio centenar de soldados sirios morían en suelo iraquí víctimas de una emboscada que ha sido reivindicada por el Estado Islámico de Irak, la rama local de Al Qaeda, en lo que confirma la regionalización del conflicto entre chiíes y suníes. “Destacamentos militares han logrado aniquilar una columna entera del Ejército safávida”, explicó el grupo en un comunicado empleando un término que alude a una de las grandes dinastías persas para referirse a las tropas sirias.

Los medios árabes describen los acontecimientos en Siria con términos sectarios, los mismos que emplean los políticos regionales ahondando en las diferencias religiosas. En Irak, la terminología sectaria también es común, como lo es desde hace pocos años en Líbano. El país del Cedro es otro ejemplo de país que corre el riesgo de ser devorado por el sectarismo regional. Con un 40% de chiíes, otro 40% de suníes y un 20% de minorías religiosas, la tensión entre ambos bandos es tan extrema que incluso el primer ministro, Najib Miqati, pronunciaba en su cuenta Twitter hace días una frase inquietante: “Que Dios proteja al Líbano”. Suníes libaneses acusan a sus hermanos chiíes de ser corresponsables de la masacre siria, y los chiíes acusan a los suníes de proteger a los “terroristas” sirios que pretenden acabar con el régimen alauí. Y el sectarismo regional no se queda ahí: en Arabia Saudí, la minoría chií de Qatif es reprimida duramente en las calles por exigir igualdad con los suníes, en Yemen los houthis (minoría chií) que aspiran a la secesión son armados por Irán y se han convertido en objeto de ataques de Al Qaeda, en Bahréin la población -minoría- suní ha radicalizado su oposición hacia las protestas de la mayoría chií…

Hablo con suníes iraquíes implicados en las protestas masivas que se están produciendo en la provincia de Anbar y llego a la conclusión de que Irak, tal como lo entendemos, está perdido. Me dicen que las manifestaciones son preparativos para una nueva fase militar que pretende independizar de facto las áreas suníes de Irak y muy en especial Anbar, que comparte fronteras con Siria, Jordania y Arabia Saudí, tres países de mayoría suní. ¿Se trata del principio de un nuevo Oriente Próximo? “No creo que Irak siga unido en el futuro, tras el derramamiento de sangre de los últimos 10 años a manos de milicias apoyadas por el Gobierno iraquí y por Irán. Por eso, los suníes piden ahora con voz firme un Estado suní independiente, y no una confederación”, incide Al Hamed.

Por eso comienzo a pensar que el verdadero objetivo de la invasión era muy distinto al petróleo o la venganza. Más bien parece que una estrategia de redistribución de Oriente Próximo, que pretende trazar nuevas fronteras según la composición sectaria aniquilando identidades nacionales. A veces parece que el principal objetivo de la invasión de Irak era promover el odio entre musulmanes, desatando guerras internas que distraigan a los extremistas y les aparten así de objetivos occidentales. Si esa era la apuesta, lo están logrando. Pero que nadie piense que no se volverá en el futuro contra Occidente.