MÓNICA G. PRIETO | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 21:00

Un dibujo realizado niños sirios. / Ricardo García Vilanova

TRÍPOLI (EL LIBANO).- Desde que un proyectil le amputase un pie mientras participaba en una manifestación en Bustan al Qasr, en la ciudad siria de Aleppo, Amir no ha vuelto a ser el mismo. Este licenciado en Artes Visuales de 30 años, antes irónico, perspicaz y luchador, parece haber perdido el talento, las ganas de vivir. Pasa los días escondido en su silencio, envuelve sus preocupaciones en humo de tabaco y, para conmoción de los amigos que le acompañan en Turquía, donde le tratan sus heridas, ha comenzado a hablar de suicidio. “Ya no es el Amir que era”, se quejan sus compañeros.

Tampoco Siria es la que era. Ni la mayor parte de sus habitantes, entre ellos la pequeña Nour, de 10 años, superviviente de un ataque de la aviación siria contra su colegio, situado en el extrarradio de Damasco. Su madre, refugiada en Líbano, cuenta cómo la pequeña pasó dos meses abrazada a ella día y noche. Sus pesadillas le llevan de vuelta a la angustia de la explosión. Izaldin, sirio de 25 años, creía estar pasando un periodo de nerviosismo hasta que le describió sus síntomas a un doctor amigo de sus padres. Insomnio, jaquecas, miedo a las pesadillas que le asaltarían por la noche, ansiedad, mal humor, falta de ilusión… El diagnóstico fue tajante y podría ser aplicado a los casos anteriores: PTSD, o Síndrome de Estrés Postraumático, un trastorno de ansiedad común en escenarios agresivos donde el individuo percibe una amenaza clara contra su integridad física.

Los niveles de violencia que está padeciendo Siria desde que, hace más de dos años, las manifestaciones pacíficas fueran reprimidas con bombas desatando una guerra civil, están provocando que la citada patología se sufra a nivel nacional. Al menos, esa es la conclusión de ONG y doctores familiarizados con los síntomas que están tratando a la comunidad refugiada: imposible recabar datos del interior del país, donde el régimen prohíbe expresamente a las organizaciones humanitarias que alivien la situación. Los síntomas más comunes, como describe el psiquiatra sirio afincado en Londres I.S. –solicita ser citado con sus iniciales por temor a represalias contra sus familiares, aún en Siria- son “recuerdos y pesadillas, evasión y embotamiento, hipervigilancia, así como síntomas de ansiedad, depresión, excesivo uso de alcohol o de drogas, incluyendo analgésicos”.

I. S. abandonó el país en 2004 para mejorar su formación en Gran Bretaña. Ejerce desde 2005. Tenía prevista su vuelta a Siria en 2012 pero, dada la situación, aplazó el viaje. Su sensibilidad y sus emociones siguen en el país árabe. “Aquí no trato pacientes sirios pero recibo muchas consultas telefónicas sobre casos del interior, algunos de ellos niños (…) Los niños están mostrando más síntomas de ansiedad pese a los esfuerzos de los padres por protegerlos: es simplemente imposible hacerlo. No he tratado con casos de traumas directos, más bien con el trauma colectivo, y es fácil ver lo aterrador que resulta. También he sido consultado sobre el aumento de casos de suicidio y el incremento de los intentos de suicidio. Tanto la ansiedad como la depresión y los casos de suicidio o parasuicidio pueden ser una manifestación de PTSD no resuelto o una consecuencia directa del trauma”.

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Tres niños juegan en la celda de un penal abandonado del Líbano donde se han refugiado con su familia. / Mónica G. Prieto

Los doctores explican que para que haya PTSD es necesario que el individuo se vea en peligro inminente, que su vida sea amenazada, o bien estar viendo a gente morir o ser herida. “Esto puede describir bien la situación en Siria”, reflexiona I.S. en un intercambio de correos electrónicos. “Los síntomas del PTSD pueden comenzar inmediatamente o en un plazo de semanas o meses, pero habitualmente lleva seis meses desde el acontecimiento traumático. Y cuando más dura sea la experiencia, más posibilidades de desarrollar PTSD. Los acontecimientos más traumáticos suelen ser los inesperados y súbitos, aquellos que se prolongan mucho tiempo, los que implican estar atrapado sin poder escapar, los creados por mano del hombre que causan muchas muertes, mutilaciones o pérdida de brazos y piernas y aquellos que afectan a los niños. Sabemos que si se continúa expuesto al PTSD, resulta más difícil o imposible mejorar”, prosigue el profesional sirio.

El doctor Gazhi Aswad, uno de los médicos del hospital creado por la ONG Bashayer en la ciudad libanesa de Tripoli para atender de forma gratuita a los refugiados, es todo un ejemplo del precario estado psicológico de la población siria. Natural de la ciudad siria de Hama, huyó a Europa cuando era un adolescente, en plena ofensiva del régimen de Hafez Assad contra su ciudad natal donde pereció, según su recuento, “el 30% de su familia”. Se refugió en Francia para regresar a Siria en 2011, cuando el hijo del dictador, Bashar, seguía los pasos de su padre. Viajó de forma clandestina hasta un hospital de campaña de Homs, donde pasó casi un año atendiendo civiles heridos. Tras la experiencia, no se siente con fuerzas para regresar pero sigue trabajando, de forma altruista, con refugiados. Cada caso le afecta emocionalmente.

“Hace unas semanas, en medio de la consulta me comunicaron que un sobrino de 12 años había muerto por disparos de francotirador. Me eché a llorar delante de mi paciente. Para mi sorpresa, ella también rompió a llorar, por sus propios muertos: terminamos consolándonos mutuamente”, cuenta conmovido. “No somos psicólogos, pero yo diría que el 90% de los pacientes que pasan por aquí padecen PTSD”, señala Aswad ante el asentimiento de tres facultativos. “Incluso los médicos estamos mentalmente agotados de ver el estado de nuestros pacientes y sus necesidades. Muchos nos estamos medicando para poder sobrellevarlo”. En el centro, sólo hay un voluntario con formación en salud ,ental: el neurólogo libanés Baser Jodr, quien pasa consulta cada sábado, de forma voluntaria, para paliar las dolencias psicológicas de los refugiados. El mismo incide en que, dada su formación profesional, no entra “en casos de traumatismos severos. Sólo trato la depresión común”. Jodr recibe a unos 20 pacientes semanales con la necesidad de relatar sus experiencias violentas. Al resto, no se siente capacitado para tratarles.

Uno de los problemas más graves de Siria es que buena parte de los profesionales de la salud mental han huido del país, en el contexto de la fuga de cerebros que existe desde el principio de la revolución. Un dato significativo: según la OMS, los nueve psiquiatras que trabajaban en Homs, así como la mitad de los doctores, han abandonado el país. Imposible saber si los datos son extrapolables a toda Siria, aunque nadie es optimista. El doctor I. S. carece de datos, pero asegura que “muchos doctores han dejado el país y el resto planea hacer lo mismo”. En el caso de médicos y enfermeros, se suma el hecho de que hayan sido criminalizados por ambas partes en conflicto, como señala el informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre Siria, parte del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU.

“Uno de los asuntos más alarmantes del conflicto es el uso del cuerpo médico como táctica de guerra. El personal médico y los hospitales han sido deliberadamente atacados y tratados por las partes en conflicto como objetivos militares. El acceso médico ha sido negado sobre bases políticas y sectarias. Han sido documentados casos en los cuales civiles suníes han sido coaccionados por las fuerzas de Seguridad mientras recibían tratamiento médico”, se lee en el informe.

Dos jóvenes sirias, refugiadas en Jordania, reflejan en un cuadro la realidad de la guerra. / Mónica G. Prieto

“El personal médico que sirve en los hospitales gubernamentales tiene miedo bien fundado a ser castigado si proporciona tratamiento a miembros de grupos armados anti-gubernamentales. Doctores y enfermeros han descrito también incidentes en los cuales se han visto obligados por las fuerzas de Seguridad a registrar los cadáveres de combatientes ejecutados como pacientes fallecidos. El equipo médico de los hospitales gubernamentales expresa su miedo a ser secuestrado por grupos armados que les consideran leales al Estado. Semejantes actos instrumentalizan la profesión médica, arrastrando a profesionales humanitarios al conflicto”.

Pese a la resistencia psicológica necesaria para sobrevivir a cualquier conflicto, la abrumadora crudeza de la guerra, donde decenas de vidas se pierden a diario entre una destrucción devastadora, convierten el trauma mental en un problema secundario. “Primero tenemos que tratar las heridas físicas”, argumenta el doctor Aswad desde la clínica de Trípoli. “Pero la necesidad de contar sus experiencias es muy grande. La gente quiere hablar. Cuando un médico se dirige a ellos con cuidado, ellos se abren”.

La falta de psicólogos es sólo uno de los problemas que encaran los doctores. “Por motivos culturales, muchos de los pacientes prefieren no hablar de las heridas psicológicas, aunque es frecuente que otros se derrumben y cuenten sus vivencias durante el tratamiento. Hace unas semanas, recibí una paciente que no había comunicado a su familia que llevaba dos meses sangrando. Había quedado embarazada tras ser violada, y no se atrevía a contarlo porque está casada”, explicaba el director del hospital Bashayer, Hisham Suleyman.

De entre todos los refugiados, las patologías más claras son las que muestran las personas que han sido sometidas a torturas en centros de detención. Casos de personas quemadas, desolladas, amputadas, violadas o sometidas a descargas eléctricas no son raros en la comunidad siria que ha encontrado refugio en el Líbano. Muchos de ellos, según los profesionales que les tratan, fueron liberados para posteriormente ser detenidos y torturados de nuevo.

Entre las pocas ONG que prestan atención psicológica a los refugiados sirios que inundan el Líbano destaca el trabajo de Restart, que ya recabó experiencia en este campo cuando atendía a refugiados iraquíes, entre 2005 y 2010. Especializada en la rehabilitación psicológica de las víctimas de la tortura, la ONG comenzó hace cuatro meses a trabajar con refugiados sirios, sean o no torturados. Dos centros, uno en Trípoli y otro en Beirut, dedican sus profesionales –entre ellos psiquiatras, psicólogos, neurólogos y fisioterapeutas- a estos pacientes, remitidos por otras ONG que carecen de equipo especializado en Salud Mental.

“En el caso de los pacientes sirios, el contexto político es tan complejo y la interacción entre Siria y Líbano influye tanto, que el miedo les abruma. A veces, ni siquiera quieren acercarse a las ONG. Les cuesta admitir haber sido víctimas de torturas y rechazan por completo el Protocolo de Estambul por miedo que las ONG les delatemos al régimen o a la oposición”, explica su directora, Suzanne Jabbour. “Piensan que la seguridad no está garantizada en el Líbano porque las partes políticas están implicadas en Siria. No entienden que somos profesionales de la Salud y que la confidencialidad es esencial”.

Dibujo realizado por niños sirios desplazados por la guerra. / Ricardo García Vilanova

Jabbour, que suele atender personalmente a pacientes, habla de un “miedo absoluto”. Asegura que los 20 pacientes que acuden a su consulta en Beirut son víctimas de “torturas y PTSD”. “Dos años después del inicio, los problemas psicológicos se han revelado entre la población. Tras cualquier acontecimiento traumático, hay un estrés agudo. Semanas después, hay gente que lo supera, o que puede vivir con ello, y hay quien desarrolla estrés crónico. Si después de seis meses no ha sido superado, podemos hablar de PTSD”.

En su oficina de Beirut, una decena de pacientes evitan mirarse a los ojos en la sala de espera. “Hay que entender que los refugiados lo pierden todo. Es dificil comprender, entender o aceptar la enormidad del acontecimiento que han padecido. Puede llevar hasta un año adaptarse y entender que necesitan ayuda para lidiar con ello”. En cuanto a los traumas físicos de refugiados torturados, la doctora Jabbour asegura que “es imposible imaginarse lo que he visto. Tengo el caso de un paciente que pasó tres meses en una prisión siria. Dormía sobre la pared porque no tenía sitio para tumbarse en la celda. Acabó con la espalda desollada a causa de las torturas. Sufre un PTSD agudo, no come, tiene pesadillas y padece continuos flashbacks. No consigue cerrar los ojos por miedo a recordar ni se atreve a andar por la calle por miedo a ser reconocido”.

Según la directora de Restart, el objetivo de estas torturas físicas y psicológicas es “destruir la personalidad, crear muertos en vida”. Lo más espeluznante es que se trata de torturas “sistemáticas, se aplican sobre cualquier tipo de detenido. Hay gente que huye porque no puede soportar lo que está viendo. Hemos recibido dos casos de miembros del Ejército Libre de Siria que han huido porque no podían aguantar. Cuentan que asesinan con cuchillos. Sufrimos un trauma sólo de escucharlos”.

Jabbour detalla todo tipo de torturas, agresiones sexuales en prisión contra hombres y mujeres donde se emplean animales y todo tipo de objetos… Su colega Sana Hamzeh se refiere a otra técnica: embadurnar el cuerpo en mermelada antes de dejar al prisionero encadenado a la intemperie. “Se puede decir que toda la comunidad refugiada está bajo trauma colectivo. Han abandonado casas, escuelas, trabajo, su normalidad y la seguridad financiera. La estructura familiar se desmorona, ya que las mujeres se han quedado a cargo de los niños en solitario”.

Además, la agresión no sólo afecta al torturado. “Lo habitual es que el torturado torture si tiene oportunidad o poder para hacerlo. La víctima se convierte en agresor y toda su familia sufre por ello. Si no han recibido ayuda psicológica, es posible que agredan en su entorno y que no termine de integrarse en la sociedad”, explica Hamzeh. “No veo un futuro para las víctimas”, destaca la doctora Jabbour. “Lo peor está por venir y ya están completamente destruidos. No tienen nada para recomenzar sus vidas y carecen del deseo esencial de vivir”. Al doctor Ghazi se le escapaban las lágrimas durante la entrevista. “Yo mismo estoy tomando antidepresivos. Toda Siria necesita tratamiento psiquiátrico”.

  • juan gaviota

    Viendo todo este proceso desde el punto de vista mercantilista !Es la panacea¡ primero vendemos armas, luego nos quedamos con el petroleo, les vendemos antidepresivos, una vez destruido el país les financiamos para su reconstrucción,les vendemos nuestra mano de obra y la tecnología nos quedamos con el país entero porque la deuda contraída es impagable, en fin un chollo.Resulta evidente que con este negocio se gana dinero, pero alguien se para a pensar que solo tenemos este mundo para vivir, y que no nos van a dejar salir de el ,porque todos los dias demostramos que somos extremadamente peligrosos.

  • forever21 formal dresses

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