La guerra siria, a pequeña escala

Un retrato de Bashar Assad preside una trinchera en Jabal al Mohsen. / Mónica G. Prieto

JABAL AL MOHSEN, TRÍPOLI (LÍBANO).– La fisonomía de los dos barrios es inquietantemente similar. Burdos bloques de cemento horadados por balas y arañazos producidos por la metralla, pobreza en calles con los servicios básicos históricamente abandonados, humildes negocios familiares donde aprovisionarse de vegetales, frutas y bocadillos de pollo e improvisadas cafeterías donde degustar una taza de amargo café con cardamomo.

Sin embargo, la profusa decoración de ambas barriadas, enfrentadas geográfica, religiosa y políticamente, genera cierta inquietud. En una de ellas, las banderas del régimen sirio ondean orgullosas entre retratos de Bashar Assad, su padre Hafez, su hermano Maher y el resto de la familia que ha llevado a Siria a su destrucción en respuesta a un levantamiento social. En el otro lado cuelgan banderas revolucionarias, caricaturas que se mofan de los Assad, pósteres con los rostros de los últimos combatientes libaneses caídos en Siria y pancartas salafistas que prometen el exterminio de su enemigo. Apenas un puñado de metros separan unas de otras.

El Líbano tiene su propia guerra siria a pequeña escala. Se trata del barrio alauí de Jabal Mohsen, 2.5 kilómetros cuadrados situados en lo alto de una colina, y la barriada contigua de Bab al Tabbaneh, asentada en la ladera y de población suní, situadas en la ciudad norteña de Trípoli y marcadas por décadas de sangrienta historia y por el actual conflicto vecino, que se reproduce en sus pequeñas y empobrecidas callejuelas con fervor, hasta el punto de amenazar la paz civil en el Líbano.

Retratos de la familia Assad en una calle de Jabal al Mohsen. / M. G. P.

Los combates entre ambos barrios, comunes desde la guerra civil y, especialmente, desde el año 2008, se han agravado a raíz del conflicto en Siria, que comenzó como una revolución popular para rápidamente transformarse en una guerra entre la mayoría suní del país –la misma secta de los habitantes de Tripoli, y en especial del miserable reducto de Bab al Tabbaneh- y la minoría alauí en el poder, religión que comparten los habitantes de Jabal al Moshen.

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“Antes de la guerra civil no teníamos problemas. Vivíamos juntos alauíes, cristianos, suníes, judíos….”, explica Nur Eid, responsable de la clínica Zahra, la única que, por su localización, presta atención sanitaria durante los combates e hijo de Ali Eid, responsable del Partido Arabe Democrático (PAD), la facción alauí que gobierna en Jabal Mohsen.

El conflicto civil libanés (1975-90) en la ciudad norteña explica mucho de los rencores actuales: islamistas suníes de Bab Tabbaneh y alauíes de Jabal Mohsen se enfrentaron duramente durante la segunda mitad de la guerra, hasta que la entrada de las tropas sirias en el Líbano reforzó al bando alauí. Las matanzas protagonizadas por ambos bandos siguen tan vivas en la memoria colectiva como los enfrentamientos actuales. El hecho de que los suníes más radicales sigan manteniendo milicias activas en Bab al Tabbaneh, al igual que el PAD en Jabal al Mohsen, condena a ambos barrios a una violencia interminable.

Una puerta sirve de escape para los vecinos que habitan edificios en plena línea de frente. / M. G. P.

Los alauíes han construido un endeble refugio en lo alto de su montaña. Sacos terreros forman trincheras en los callejones que bajan hasta Bab al Tabbaneh, donde suelen apostarse francotiradores que encuentran su réplica en el barrio vecino. Ambos lados han improvisado enormes cortinas de plástico para tapar sus respectivas calles e impedir así que, en cada ronda de violencia, mueran viandantes. Pero Jabal Mohsen tiene un inconveniente fatídico: el barrio, de unos 60.000 habitantes, se encuentra en medio de una marea suní. Cada ronda de combates le condena al aislamiento absoluto. “Si Jabal al Mohsen estuviera cercado durante 15 días, sin ningún suministro, nos comeríamos entre nosotros”, añade Nur Eid. Hasta ahora, según activistas y miembros del PAD, la temporada violenta más larga que ha congelado la vida en el barrio duró 11 días. “Nos hemos acostumbrado a almacenar medicinas y alimentos”, explica Nur.

El hospital que dirige se encuentra a 200 metros de la línea de frente. Los enfermeros cuentan que suelen ser frecuentes los disparos en la entrada del recinto. La ventana del despacho de Eid ha sido tapada con sacos terreros, de forma que sólo una rendija de luz ventila la estancia. “Es para las granadas”, dice chasqueando los dientes, quitando hierro a la lluvia de Energas que suele abatirse contra ambos barrios cuando comienzan los combates. Los quirófanos se encuentran en el recién renovado sótano, para mayor seguridad.

Eid asegura que en la clínica, que carece de financiación oficial –sólo los fondos mensuales del partido de su padre, el PAD- y cuyas instalaciones no permiten intervenciones de envergadura, han fallecido 20 pacientes por la imposibilidad de evacuarlos durante los combates. En los días más violentos, afirma, llega a atender a un centenar de heridos diarios. “La gente ha comenzado a aprender”, explica sentado frente a su escritorio. “Durante los combates, nadie sale de sus casas así que el número de heridos es mínimo. El problema es cuando se rebaja la intensidad o hay treguas y la gente se confía y sale para aprovisionarse: cuando se creen seguros, los francotiradores les disparan”.

Retratos de los Assad en la barriada alauí de Trípoli. / M. G. P.

Lo mismo suelen denunciar en la ladera de la montaña, con la salvedad de que no existe ninguna posibilidad de ser asediados. Durante los combates, a Jabal al Mohsen la comida llega “a bordo de los tanques” del Ejército sirio, los únicos que pueden superar el cerco.

“Somos un gato frente a un oso, no vamos a empezar una guerra”, sostiene el hijo de Ali Eid. De ahí que, cuando se sienten amenazados, “reaccionamos como un gato encerrado en una jaula, bombardeamos el centro de Trípoli. Y bombardearemos lo que sea.  Si nosotros morimos, los  otros también morirán”.

La mentalidad de todo el barrio alauí responde a su condición de minoría sitiada. En el cementerio de los mártires, situado a unas decenas de metros de la línea de frente, los vecinos han horadado uno de los muros para incrustar una puerta metálica que asegure una vía de escape a los vecinos que habitan en los alto inmuebles vecinos, donde las marcas de los combates definen sus muros.

“Aquí suele caer de todo: proyectiles de mortero, granadas Energa…. Cuando alguien muere, hay que esperar a que cesen los combates para enterrarlos”, explica Ali Mustapha, un joven DJ alauí de 30 años atrapado por una realidad que parece ajena. Comenzó a trabajar con 10 años en una de las maquiladoras que un día fueron el pulmón económico de Trípoli. “Ya ni siquiera nos queda eso, las fábricas textiles cierran y no hay trabajo”, lamenta el joven, que culpa a las bajas tarifas que cobran los trabajadores sirios para explicar el “ocaso de la industria”.

El interior de la fábrica textil de Ali Ali, en Jabal al Mohsen. / M. G. P.

Una de las más antiguas es la fundada por Ali Ali en 1974, hoy regentada por su hijo Mustapha. Si antes empleaba a “40 0 50 trabajadores” hoy sólo seis personas se afanan ante las máquinas de coser de la nave industrial, decoradas con pegatinas con el rostro de Hafez y Bashar Assad. “El declive comenzó con la competencia de los productos chinos y turcos. La violencia agravó la crisis. En cuanto empiezan los combates tenemos que cerrar y a veces estamos hasta dos y tres meses sin trabajar. Las fábricas textiles llegaron a generar el 80% de los ingresos que se conseguían en Jabal Mohsen, pero hace mucho tiempo de eso”, se lamenta el propietario de la fábrica. “Es muy difícil competir cuando la materia prima nos cuesta más que la electricidad”, prosigue Ali Ali. “En cuanto escuchamos la primera bala, cerramos. Es peligroso llegar a la fábrica, y preferimos no tener la responsabilidad de que nuestros empleados puedan perecer de camino al trabajo”.

La intensidad de los combates justifica perfectamente la postura de los dueños de las maquiladoras. Jabal Mohsen está formado por un puñado de calles, todas expuestas al fuego de ametralladoras pesadas, granadas y fusiles automáticos de sus vecinos suníes, que ya conocen todas las posiciones posibles para hostigar a los alauíes. Y lo mismo ocurre del lado contrario. La calle Siria, que separa a suníes de alauíes, es una prueba física del estado de guerra permanente que viven los dos barrios, con la mayor parte de los negocios destrozados por las explosiones, los edificios residenciales agujereados y las trincheras listas para la próxima arremetida bélica.

Ali explica que desde 2008, cuando el golpe de fuerza de Hizbulá en el Líbano traspasó las diferencias entre suníes y chiíes del terreno ideológico al armado provocando una ronda eterna de enfrentamientos entre alauíes –una escisión del chiísmo- y suníes de Tripoli, 85 mártires –combatientes- han sido enterrados en el camposanto. Durante los combates, los cadáveres deben esperar en las cámaras frigoríficas hasta que una tregua permita enterrarlos.

Se estima que del otro lado, al menos un centenar de suníes han perecido en los últimos cinco años. Los combates más duros se libraron en 2012, cuando 85 personas murieron en diversas rondas de violencia. En lo que va de año, diversos combates han dejado una decena de muertos.

La clínica Zahra, en Jabal al Mohsen. / M. G. P.

“Si se abrieran colegios y hospitales en Bab al Tabbaneh, no ocurriría todo esto”, argumenta Nur Eid, quien asegura que su comunidad “no quiere morir, como los otros” pero admite la existencia de “gente loca” en Jabal al Mohsen imposible de controlar durante los combates. “Locos” entre los que se incluía hasta que el nacimiento de su hija, dice, le cambió la vida.

En la ladera, las calles de Bab al Tabbaneh parecen más miserables, si cabe, que las de sus enemigos vecinos. El hecho de que ambas barriadas sean reductos empobrecidos y negados por las autoridades centrales no facilita el diálogo, y mucho menos la influencia del conflicto sirio. Ahora, muchos alauíes ven más que nunca amenaza su mera existencia.

“Nosotros, los alauíes, nos vimos obligados a tomar las armas para defendernos”, argumenta Mohsen Obeid, un combatiente de 48 años que, afirma, comenzó a disparar con sólo 14. “No tenemos problemas con los suníes moderados y educados, el problema son los salafistas y los mercenarios que nos matan por órdenes de las potencias extranjeras”. Obeid, que reconoce tomar parte de cada refriega con su fusil de asalto, repite palabra por palabra la terminología que suele emplear el régimen sirio para referirse a la población que se ha levantado contra la dictadura. “Son wahabíes, son los Hermanos Musulmanes… ¿De dónde salen? Ya no hay políticos como en los años 80, ahora hay gente con barba que habla en nombre de la religión sin saber siquiera cuáles son las cuatro ramas del Islam”.