Se consagra el suicidio del Líbano

Daños en una casa de Hermel, bombardeada por rebeldes sirios. / Mónica G. Prieto

El tono del último editorial del diario libanés en lengua inglesa Daily Star, titulado Suicidio Nacional, resultaba, por lo realista, desolador. “La buena noticia es que la oleada de especulación acerca de si la guerra siria alcanzaría el Líbano ya puede darse por acabada, gracias a los acontecimientos de este fin de semana. La mala noticia, naturalmente, es que la guerra en Siria ya ha alcanzado el Líbano”.

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El no haberlo anunciado antes es una cuestión de matices. O quizás de la confusión entre la realidad deseable y los hechos entre el terreno. El Líbano se vio arrastrado a la guerra siria desde que comenzaron a entrar refugiados –hoy en día, más del 25% de la población del Líbano son sirios huídos de la guerra- con escaso equipaje físico pero un enorme bagage en forma de rencor político y religioso que suscita una simpatía absoluta o un odio visceral en el siempre dividido Líbano, pero que no deja indiferente a nadie.

El contagio se precipitó al terreno armado el día en que Hizbulá decidió enviar a sus tropas –entre 3.000 y 4.000 hombres, según la Inteligencia francesa- para ayudar al régimen a retomar el control de la ciudad de Quseir, pero sólo en las dos últimas semanas, tras el discurso del secretario general del Partido de Dios chií, Hassan Nasrallah, se ha materializado en forma de bombardeos constantes y enfrentamientos armados que, lejos de ser una excepción, se están convirtiendo en la regla libanesa.

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Este fin de semana, según la prensa local, entre 15 y 17 combatientes –uno de Hizbulá y el resto, rebeldes sirios- habrían muerto en combates armados en la zona de Baalbek, una de las ciudades más importantes del valle de la Bekaa, feudo chií del Líbano. Según una fuente del partido/milicia chií, en declaraciones al Daily Star, los enfrentamientos tuvieron lugar en Ain al Jawzeh, una localidad fronteriza donde la línea que divide Siria del Líbano no termina de estar definida. En Bekaa y Hermel, zonas completamente controladas por Hizbulá, el Ejército libanés apenas está presente y deja actuar a los seguidores de Nasrallah, que patrullan la frontera en busca de posibles combatientes sirios que intenten entrar en territorio libanés y cruzan la frontera para combatir en nombre del régimen. De ahí que no resulte extraño que no haya información oficial sobre el incidente, confirmado por uns ONG como el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, pero desmentido por los rebeldes sirios: un portavoz del FSA atribuyó las bajas libanesas a la explosión de una mina que habría sido colocada por Hizbulá para prevenir la infiltración desde Siria.

Es un hecho que Hizbulá ha reforzado el control, ya antes abrumador, del territorio que controla en el Líbano. Resulta lógico pensar que ese control es mayor tras el impacto de proyectiles de mortero en Dahiyeh, el barrio chií de Beirut donde se encuentran sus principales oficinas, horas después de que Nasrallah admitiera abiertamente haber enviado hombres a Siria para combatir y de que animase a quienes disientan con él a enfrentarse mediante las armas, pero en territorio sirio. Fue una torpeza o una invitación: el ELS no tardó ni 24 horas en anunciar que si el Partido de Dios no retiraba a sus hombres de Siria, llevaría la guerra a territorio libanés.

Incluso si el ELS no tiene capacidad o voluntad real para hacerlo -por el momento-, es cuestión de tiempo que elementos extremistas suníes, ya sean libaneses, sirios o extranjeros envenenados por el deseo de venganza sectaria, intenten atentar contra zonas chiíes para hacer pagar a Hizbulá su implicación armada en el conflicto vecino, y ese es un riesgo que se puede minimizar con un control férreo de su territorio. El último en sumarse a las invitaciones religiosas para implicarse en la guerra siria fue el jeque egipcio Yusuf al Qaradawi, uno de los clérigos y estudiosos más respetados y reverenciados por los suníes de todo el mundo, quien pidió a su comunidad que se sume a la lucha de los rebeldes contra el régimen alauí de Bashar Assad.

Daños en otra vivienda de la localidad de Hermel, en Líbano. / Mónica G. Prieto

En el caso de Hermel, la agresión es imposible de evitar porque se realiza desde el lado sirio de la frontera. Esta región chií vecina con Siria está siendo bombardeada a diario desde la entrada de Hizbulá en la batalla de Quseir, y por el momento tres personas han muerto a causa de los proyectiles lanzados por los rebeldes. El contagio de la guerra allí es obvio: casas destrozadas por proyectiles de 107 y 122 milímetros, víctimas mortales, heridos, escuelas cerradas y pánico entre una población que carece de refugios donde guarcerse. En la vecina Bekaa, y más en concreto en la zona de Baalbek, situada a 20 kilómetros de la frontera, los proyectiles también se han abatido contra ciudades como Britel, Jinta, Nassitiyeh, Nabi Chit, Sarhin el Tahta y Sarhin el Fauka, extendiendo la guerra a una región donde hasta ahora el compromiso de Hizbulá con la dictadura siria sólo se veía en forma de entierros de combatientes libaneses caídos en Quseir o el Sayyeda Zeinab, en Damasco.

Los bombardeos del Ejército Libre Sirio contra territorio libanés suponen un salto cualitativo de consecuencias potencialmente desastrosas, dado que unificará a la comunidad chií en torno a Hizbulá, ya con una enorme popularidad, ante el sentimiento de estar siendo sometido a un ataque sectario. Eso ayudará a definir las líneas sectarias del conflicto, ya antes existentes, y enfrentará a chiíes con otras comunidades libanesas, un país que se jactaba de la convivencia entre sus 18 sectas religiosas desde el final de la guerra civil.

También es obvio el contagio del conflicto sirio en Trípoli, si bien en las calles de los barrios de Bab al Tabbaneh (suníes radicales, opuestos a Bahsar Assad) y Jabal Mohsen (alauíes, aliados con el régimen sirio) los vecinos se enfrentaban con las armas desde la guerra civil libanesa con relativa frecuencia. Pero la ofensiva contra Quseir, situada a apenas 15 kilómetros del Líbano, ha radicalizado los combates. En las últimas dos semanas y media, casi 40 personas han muerto y más de 300 han resultado heridas en Trípoli. El despliegue del Ejército, visto por ambas partes en conflicto como un agente al servicio del enemigo, no ha servido para interponerse entre las partes: muy al contrario, los combatientes de ambos lados no dudan en disparar a los soldados y varios han fallecido en estos ataques.

La semana pasada, en un nuevo y peligroso giro de los acontecimientos, tres soldados que guardaban el puesto militar de Wadi Hmeid, en la entrada de Ersal, fueron asesinados por pistoleros que huyeron a territorio sirio. No se han enviado refuerzos a la zona –escenario de otra emboscada contra el Ejército el pasado enero- ni se ha logrado detener a los sospechosos: el mensaje que envían las Fuerzas Armadas, rehenes de débitos políticos y religiosos, es de una debilidad decepcionante.

El norte, representado por Trípoli y por Akkar –donde suelen caer proyectiles lanzados por el régimen sirio contra rebeldes activos en la frontera-, y el este del país, Hermel y Bekaa, no son las únicas zonas libanesas que se han visto arrastradas por la violencia. En la sureña ciudad de Sidón, hombres armados tirotearon en la noche del domingo al jeque Maher Hammoud cuando caminaba desde su casa hasta la mezquita Al Qodr, donde oficia la oración. Se da el caso de que este sheikh suní está asociado con Hizbulá y ha sido un firme defensor de la “yihad de Hizbulá” en Siria, algo que en una ciudad como Sidón -70% de la población es suní y el 10% chií, si bien la influencia de Hizbulá mediante sus asociados suníes de la Organización Popular Naserista siempre ha sido muy poderosa- podría ser apercibida por extremistas como los seguidores del jeque salafista Ahmad Assir como una traición.

En declaraciones al canal Al Mayadeen, Mahmoud atribuía el intento de asesinato a “simpatizantes de la revolución siria o a cualquier partido que busque detonar el enfrentamiento”. Al tiempo que el clérigo suní sobrevivía al atentado, uno de sus colaboradores, el sheikh suní Ibrahim al Braidi, sobrevivía a otro ataque en la localidad de Qob Elias, en la Bekaa. Su coche fue quemado.

Con el frente norte, este y sur abierto y sin salidas al exterior más que el Mediterráneo –el Líbano sólo tiene fronteras con Siria e Israel, con quien sigue en estado de guerra y de quien no se puede descartar que inicie una agresión contra su vecino aprovechando la debilidad de Hizbulá- sólo una firme voluntad de la clase política y una movilización social podría evitar una guerra abierta.

La primera no existe, como ha demostrado el hecho de que los diputados hayan anulado las próximas elecciones, previstas para este mes de junio, renovando automáticamente sus escaños por 14 meses sin haber preguntado a sus votantes al respecto y que sigan sin poder aprobar un Gobierno desde que dimitiese el anterior, en marzo, que saque al país del abismo. La segunda es insuficiente, a juzgar por las escasas protestas que tuvieron lugar cuando sus señorías se burlaron de la democracia libanesa y de la escasa movilización cívica que sale a las calles para exigir contención a las partes: apenas un puñado de personas lanzaron tomates a una clase política que ya les llevó a la guerra civil en los años 70 y que no dudaría en volver a hacerlo. Cuanto más tiempo tarden los libaneses en salir de su inopia colectiva, mayor será el daño infligido sobre el Líbano.

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