Hizbulá amenaza con dar caza a los yihadistas tras el atentado de Beirut

Antes incluso de que se conociese el balance de víctimas del brutal atentado de la calle Ruwaiss, en Beirut, que el pasado jueves volvía a herir de gravedad la convivencia libanesa, la clase política acusaba sin ambages a Israel en un movimiento que lleva a la reflexión.

Publicidad

Todo hace pensar que el ataque -un coche bomba que podría haber sido conducido por un suicida, según el ministro del Interior libanés, y que mató a 24 personas en el barrio chií de Dahiye, al sur de Beirut- es la mortífera respuesta de los extremistas suníes libaneses y/o sirios a la implicación abierta de Hizbulá en el conflicto de Siria, e incluso un vídeo grabado supuestamente por fundamentalistas suníes se atribuyó la acción y amenazó al partido chií con nuevas acciones. “Estamos enviando un mensaje a los cerdos de Hassan Nasrallah”, decía uno de los enmascarados del vídeo, integrante de las hasta ahora desconocidas Brigadas de Aisha, antes de prometer más sangre.

Publicidad

Sin embargo, líderes de diferentes ámbitos políticos –desde el chií Nabih Berri, presidente del Parlamento, hasta el druso Walid Jumblatt pasando por el jefe de Estado, el cristiano Michel Sleiman– no dudaron en apuntar al vecino del sur como autor de un ataque que “sólo beneficia a Israel”, según Berri. “Yo acuso a Israel”, afirmaba un Jumblatt más conciliador que nunca tras el ataque. “Lleva la huella de Israel y del terrorismo”, aseguró Sleiman, horas después, mediante un comunicado. Durante los funerales, los familiares de las víctimas también

Un día después, el secretario general de Hizbulá, Hassan Nasrallah, ofrecía un discurso con motivo del aniversario del ataque militar israelí de 2006 en el que también apuntaba indirectamente a Tel Aviv pero acusaba directamente a los takfiris o extremistas, a quienes Israel, según la retórica chií, habría manipulado para trabajar a favor de sus intereses y de los de sus socios occidentales. “No tenemos dudas de que Israel y Estados Unidos se han infiltrado en los grupos takfiris (apóstatas), pero quienes han llevado a cabo estos ataques son takfiris”.

Afirmó que ya conocen la identidad de algunos de los responsables del atentado y advirtió. “Si estáis trabajando para Israel, nuestras manos os alcanzarán incluso si el Estado es incapaz de hacerlo”. Sin embargo, el máximo responsable del Partido de Dios no dejó dudas sobre la autoría yihadista del ataque. “Según la información disponible, [los responsables del atentado] pertenecen a cierto movimiento takfiri y sus nombres y los de quienes están detrás son bien conocidos”, dijo. “Desgraciadamente, son libaneses, sirios y palestinos”.

Si no hay dudas sobre una autoría más que anunciada, ¿por qué rebajar la amenaza yihadista, real y de creciente peso en el Líbano, apuntando a Israel? En momentos de crisis, el enemigo común siempre unifica a una comunidad. Puede que eso explique el interés en culpar a Tel Aviv –quien ha desmentido su implicación, algo que no tiene por qué eximirle de culpa, según experiencias anteriores- para tratar así de aliviar las tensiones confesionales que desmembran poco a poco una ficción de Estado con 18 religiones tratando de convivir de forma pacífica. Pero negar el problema del sectarismo no es la vía para solucionarlo; en todo caso, ralentiza sus consecuencias.

Tanto el modus operandi del ataque como el lugar y el momento cuadran con las amenazas proferidas desde hace meses por grupos yihadistas y también por la organización paraguas del Ejército Libre de Siria, que tras la entrada abierta de tropas de Hizbulá en la guerra prometió llevar el conflicto a territorio libanés. El ELS se ha desvinculado rápidamente del atentado, pero eso no impide que alguno de los múltiples grupos extremistas suníes que operan en el Líbano, envenenados por el odio religioso que salía primero de Irak y ahora se desprende de Siria, haya decidido vengarse de Hizbulá donde es más débil: en los barrios del sur de Beirut, poblados por población chií y que amenazan con convertirse en escenarios de frecuentes atentados como ya le ocurrió al sector chií de Bagdad al inicio de su guerra civil, cuando Al Qaeda devoró a la insurgencia legítima suní desatando una guerra contra la población chií –considerada por los fanáticos como infiel, como ocurre en Siria con los alauíes, una escisión del chiísmo de la que es devoto Assad y su minoría- que nada tenía que ver con expulsar a los invasores occidentales que habían ocupado el país en 2003.

En Siria, la revolución también ha sido devorada por el odio interreligioso y secuestrada por un puñado de extremistas que, en lugar de unir sus fuerzas para derrocar a la dictadura, se dedican al secuestro, a la extorsión y a la imposición de su particular versión del Islam al resto de la sociedad. Y ese es el camino que, desgraciadamente, podría seguir el Líbano, donde el diálogo de sordos entre políticos impide la elección de un Gobierno desde hace meses, donde el Parlamento ha extendido su mandato de forma ilegal y donde la Presidencia tiene muchas posibilidades de quedar vacante a mediados de 2014, cuando el mandato de Sleiman finalice sin acuerdo político para sustituirle.

El vacío político ha sido rellenado por milicias que secuestran a voluntad –el penúltimo caso, el secuestro de dos pilotos turcos, se produjo en la carretera del aeropuerto de Beirut y a sólo 50 metros de un puesto de control del Ejército- e iluminados como el salafista Ahmed Assir. Es indudable que el Líbano, con 1.2 millones de refugiados sirios y 400.000 refugiados palestinos, se ha convertido en un terreno fértil para extremismos de todo tipo, incluido el de Al Qaeda. Demasiada división social, rencor acumulado, orfandad de liderazgo en la comunidad suní y la existencia de un Hizbulá incombustible, con un peso específico en las operaciones militares en Siria y aún con capacidad para mantener a raya a Israel. De hecho, la víspera del ataque, Hassan Nasrallah ofrecía una entrevista al canal afín Al Mayadeen en la que daba detalles de cómo su milicia repelió una incursión israelí días atrás que terminó con la abrupta retirada de los uniformados de Tel Aviv.

Mucho se vinculó esa entrevista al atentado del jueves en los medios libaneses, aunque lo cierto es que desde su entrada en Quseir Hizbulá ha sufrido ya tres ataques –dos con coche bomba, el primero con misiles- en Dahiye, todos aparentemente respuesta a su apoyo al régimen sirio. Ahora bien, la inestabilidad del Líbano beneficia a muchos agentes externos y no se puede descartar que una mano negra maneje a los autores con el objetivo de desatar una guerra civil abierta que debilite al Partido de Dios libanés y convierta al país del Cedro en otro destino de yihadistas.

Directa o indirectamente, los líderes libaneses que acusaban a Israel de estar tras el atentado refrendaban así el discurso elaborado por Hizbulá de cara a sus seguidores, según el cual combatir a los rebeldes suníes de Siria alzados contra la dictadura y a los extremistas de Al Qaeda es combatir contra Israel. Y ese discurso enerva a los suníes. En las calles de Bab al Tabbaneh, reducto extremista suní de Trípoli, se dispararon tiros al aire para celebrar las muertes de chiíes en un ejemplo del odio forjado entre las comunidades religiosas.

Los analistas llevan dos años preguntándose hasta dónde aguantará el Líbano sin una explosión generalizada de violencia. El momento puede estar muy próximo, de creer las palabras de Nasrallah, quien aseguró que las bombas “ponen al Líbano al borde del abismo” y profería en su discurso una amenaza escalofriante: si el Estado no es capaz de detener a los yihadistas que atacan a Hizbulá, su organización asumirá esa tarea, lo que implica enfrentamientos armados abiertos entre los suníes y los chiíes libaneses a corto plazo. “Trabajaremos para descubrir, sitiar, desmantelar, arrestar y abolir esos grupos, con medidas normales empleadas por cualquier país”, dijo Nasrallah, a sabiendas de que Hizbulá no es ni puede suplir al Estado, aunque sus armas sean más poderosas que las del propio Ejército del Líbano. “Si el Estado no lo hace, nosotros llegaremos a ellos. No somos un sustituto del Estado en la defensa o en la seguridad pero cuando el Estado no asume sus responsabilidades, nosotros sí lo hacemos”.

Sobre Siria, el secretario general del movimiento chií prometió duplicar su presencia en el campo militar pese a los atentados contra Hizbulá en Beirut. “Estamos decididos a determinar el curso de la batalla. Como ganamos en todas nuestras guerras a Israel, ganaremos la batalla contra el terrorismo y los takfiris. Iré personalmente a Siria si es necesario en la batalla contra los takfiris”, llegó a decir, anunciando que “duplicará” el número de combatientes libaneses del lado de la dictadura siria. Es la receta para una confrontación abierta, formulada por quien dice querer evitarla.

“La maquinaria bélica de Hizbulá fue desarrollada en las tres décadas pasadas con el único objetivo de confrontar el Ejército y los servicios de Inteligencia de Israel […] Hoy, se enfrenta a un enemigo que está adoptando las mismas estrategias, y parece que Hizbulá está destinado a cometer los mismos errores que Israel cometió en el pasado, infravalorando a su enemigo y tratando de intimidarle con amenazas arrogantes y modos militares”, explicaba en su blog Qifa Nabki el analista libanés Elias Muhanna. “Como dice correctamente Nasrallah, nosotros, los libaneses, estamos juntos en esto. Si el Líbano es absorbido por la vorágine siria, será nuestra paz civil la que se haga añicos y nuestro frágil equilibrio el que se romperá. Y la irónica verdad es que el más elocuente profeta de la inminente apocalipsis sectaria es, al mismo tiempo, quien invita a sus jinetes con promesas de forraje fresco y abundante ropa de cama”.