El temor a un choque global entre chiísmo y sunismo «reconcilia» a Irán con EEUU

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John Kerry, segundo por la izquierda, frente a Javad Zarif -con gafas, ante Catherine Ashton en las negociaciones de Ginebra. / Jean-Christophe Bott-Efe
Kerry (segundo por la izquierda) frente a Javad Zarif -con gafas- ante Catherine Ashton (centro) en la cumbre de Ginebra. / Jean-Christophe Bott (Efe)

Se han dado distintas explicaciones al sorprendente acercamiento entre la República Islámica de Irán y Estados Unidos en torno al programa nuclear iraní. Así se evidenció durante la ronda de negociaciones celebrada en Ginebra entre los días 7 y 10 con la participación de otras cinco importantes potencias: Rusia, China, Alemania, Gran Bretaña y Francia. Al final de la ronda, se confirmó la posibilidad de un acuerdo que debe rubricarse a partir del miércoles 20 de noviembre.

La realidad es que la imagen de John Kerry conversando amigablemente, cara a cara, con el ministro iraní de Exteriores, Javad Zarif, ante la mirada de la comisaria europea Catherine Ashton habría sido imposible hace un año; y lo mismo se podría decir de la reciente conversación telefónica mantenida por los presidentes Obama y Ruhani.

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Hay quien considera que este giro de 180 grados en las relaciones de estos dos viejos  “enemigos” es lógica consecuencia de la línea moderada que personifica el triunfador en las últimas elecciones presidenciales. También hay quien defiende que Estados Unidos ya tiene suficiente con los embrollos de Afganistán e Irak como para abrir otro frente con Irán.

Pero tal vez haya que ir más lejos en el análisis. Es cierto que Irán tiene con Ruhani una actitud más abierta hacia la comunidad internacional, pero también lo es que la República Islámica necesita este acercamiento para mantenerse como modelo político para el conjunto del mundo musulmán. Irán está perdiendo a marchas forzadas un liderazgo religioso que se extendió por todos los países musulmanes, fueran chiíes o suníes, tras la Revolución que derribó al Sha en 1979.

Hoy las tornas han cambiado totalmente. El wahabismo saudí se alza como nueva referencia para los movimientos yihadistas emergentes. Una de las principales características de estas tendencias radicales suníes estriba en que incluyen como enemigo preferente a la otra gran corriente islámica: el chiísmo, ampliamente mayoritario en Irán.

No solo las sangrientas matanzas en atentados contra la minoría chií de Paquistán, o la persecución de los azaras afganos, sino la violencia sectaria instalada en Irak y Yemen y, sobre todo, la guerra civil en Siria revelan una tendencia al enfrentamiento global entre las dos grandes tendencias musulmanas, como ya ocurrió hace siglos, durante el periodo abasida.

El recrudecimiento de los choques entre ambas comunidades en el Líbano, así como la reaparición de brotes aislados en Egipto y Turquía, donde hacía tiempo que no se producían altercados de este tipo, corroboran un enfrentamiento de carácter global. El último caso afecta al propio territorio iraní. Además de la ya conocida resistencia suní en Baluchistán, el grupo Ansar al Islam acaba de hacer un llamamiento a la lucha armada de los kurdos iraníes, igualmente suníes, como los baluches.

Iran ve, por lo tanto, que su papel como potencia regional va menguando a medida que se refuerzan los distintos modelos políticos, y también económicos, suníes, como la propia Arabia Saudí, Turquía o Qatar.

A ello hay que añadir el fuerte debilitamiento interno debido a las sanciones de la ONU, motivadas precisamente por el programa nuclear. La imposibilidad de importar materias primas para el sistema productivo, la disminución de divisas por la exportación de hidrocarburos y la retención de las transacciones bancarias han dejado por los suelos la moneda iraní, provocando encarecimiento de las importaciones, inflación, conflictividad social y descontento popular.

En este contexto y frente al extremismo visionario de Ahmadineyad que conducía al desastre o las aspiraciones democráticas de Musavi y Karrubi que desmontaban el régimen, el aperturismo de Ruhani era la tabla de salvación de la República Islámica sobre las turbulentas aguas de Oriente Medio. Lo mismo ocurrió en su momento con el reformista Jatami, quien, al final, no hizo ninguna reforma y apuntaló un régimen que se desmoronaba.

Esta es, en definitiva, la razón por la que el acuerdo en marcha sobre el programa nuclear cuenta con el apoyo tanto del Guía de la Revolución, Alí Jamenei, como del Consejo de Seguridad Nacional iraní. Para salvarse, Irán necesita a Estados Unidos, mientras que Washington busca en la República Islámica un freno al avance del yihadismo en toda la región. De ahí el interés para que Irán se implique en la urgente salida al caos sirio.

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