TATIANA LÓPEZ | Publicado: - Actualizado: 6/1/2017 20:07

Imagen de la página de facebook de Greenlight Bookstore en Brooklyn.
Imagen de la página de Facebook de Greenlight Bookstore en Brooklyn.

NUEVA YORK.– Decía el periodista Julio Camba que lo malo de Nueva York, ya a principios de siglo, es que era una ciudad automática perfectamente engrasada para la producción en cadena, pero sin ningún tipo de alma que le diera solera.

Hoy los libros de este corresponsal visionario ya no se venden en la isla de acero porque la última librería que ofrecía sus escritos cerró hace más de 6 años. De hecho sólo desde el año 2000 más de 44 librerías han desaparecido del mapa en esta ciudad.

El dato, publicado esta semana en el periódico The New York Times, pone de relieve el desgaste de una ciudad aplastada por el peso de la globalización, y en la que los sitios con solera brillan por su ausencia y las franquicias se repiten como un deja vú de otros puertos. La que fuera la isla irrepetible se ha ido dejando el carisma a base de cadenas de comida rápida, tiendas de moda low cost y cines de pantallas multiplex que poco a poco han ido devorando su autenticidad. Cuesta encontrar, por ejemplo, la frutería en la que Marlon Brando era tiroteado en la primera entrega de “El Padrino” porque lo que hoy se encuentra en ese sitio es un supermercado de comida orgánica.

Los altísimos alquileres y la llegada de una población flotante sin tiempo para fidelizarse han convertido a la isla en una puerta giratoria de negocios que se juega al mejor postor. Este fenómeno, conocido en EEUU como gentrification, se ha cebado especialmente en los barrios más necesitados, nuevo destino turístico para las clases más ricas que empujan fuera de la isla a antiguos residentes incapaces de adaptarse a la nueva economía.

El fenómeno del “blanqueamiento” suele tener además consecuencias inesperadas que acaban por destruir la propia esencia del lugar. Hace ya tiempo el periódico The New York Times advertía, por ejemplo, de la desaparición de decenas de Iglesias afroamericanas en Harlem, cuya existencia se sostenía sobre todo gracias a la aportación de congregaciones de bajos recursos.

Más allá del góspel las Iglesias de Harlem han servido a lo largo de los años como centro de ayuda social para miles de feligreses que acudían en masa a estos templos en busca de asistencia sanitaria, educativa o financiera. Pero los yupis no rezan y tampoco necesitan guarderías gratuitas por lo que muchos de estos lugares han ido cerrando sus puertas y desplazándose a otras zonas más necesitadas.

En el caso de la librerías el barrio de Brooklyn ha sido el destino elegido por muchos amantes de las letras para refugiarse del chaparrón capitalista. Desde la década de los 90 esta zona arbolada, llena de carricoches y casas bajas se ha convertido en el refugio de artistas e intelectuales ávidos por encontrar un lugar para poder inspirarse, pero cuyo alquiler puedan también pagar. Brooklyn es en su mayor parte  un lugar ajeno a la especulación inmobiliaria,  y el único sitio a menos de 20 minutos de Manhattan en el que conseguir un alquiler no es una misión kamikaze.

En los últimos años librerías como The Greenlight Bookstore han abierto sus estanterías en este barrio que pronto acogerá también proyectos como el de la McNally Jackson, uno de los pocos sitios del mundo que cuenta con máquinas de publicación instantánea. Brooklyn permite contemplar también la paradoja de que muchas de estas librerías puedan vender sólo libros, en contraposición con la avalancha de souvenirs, regalos y cafeterías que han invadido estos espacios, y que amenazan con transformar lo que siempre fue un lugar de reflexión en un lugar de consumo, consumido y agotado.

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