Los economistas catalanes esperan un bajo “efecto frontera” tras la independencia

De dcha. a izq., Feito, Ontiveros, el moderador Joan Tapia, Amat y Puig durante el debate de Madrid. / Foro de Foros
De dcha. a izq., Feito, Ontiveros, el moderador Joan Tapia, Amat y Puig durante el debate de Madrid. / Foro de Foros

La mayor parte de los economistas catalanes no solamente consideran que el Principado mantendría su sistema productivo sino que la independencia tendría efectos positivos para la economía catalana. Tal posición estaría respaldada por el 72.8 por ciento de quienes respondieron a una encuesta “sobre el impacto económico de la independencia” realizado este mismo año por el Colegio de Economistas de Cataluña.

Este es uno de los datos más llamativos aportado al tercer debate en torno al proyecto organizado por el Foro de Encuentros. El primero, centrado en el aspecto jurídico-político se celebró el 20 de enero en Madrid; y el segundo, y primero sobre la repercusión económica, tuvo lugar en Barcelona el 31 de marzo. El pasado lunes el espinoso asunto económico se puso de nuevo a debate en la capital española, concretamente en la sede del Foro de Encuentros, en la calle Campomanes.

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Estaban invitados cuatro especialistas en representación de otras tantas interpretaciones: José Luis Feito, presidente del Instituto de Estudios Económicos, opuesto al proyecto independentista; Miquel Puig Raposo, vicepresidente del Consorci de Serveis Universitaris de Catalunya, que defendía la postura contraria; la salida federal respaldada por Emilio Ontiveros, y el catedrático de la Univesitat Pompeu Fabra Oriol Amat, que intentaba encontrar un difícil punto de encuentro igual que el moderador, el periodista Joan Tapia.

Fue precisamente Oriol Amat quien aportó como documentación al debate el citado informe del Colegio de Economistas de Cataluña, elaborado en base a la opinión de 1.261 profesionales. Más de la mitad -el 53,7 por ciento- se mostraron partidarios de un Estado propio, mientras que el llamado “pacto fiscal” y la federación tenían la misma cantidad de adeptos –en torno al 20 por ciento- y la continuidad del sistema actual o una mayor centralización se quedaban con el resto.

El único tema con cierto consenso se refiere a que la independencia de Cataluña y su segura salida de la Unión Europea afectarán negativamente al desarrollo de la actual comunidad autónoma y también a la renta per cápita de todos los españoles. Las diferencias surgen en las magnitudes estimadas. Así, para Feito, en Cataluña el PIB podría bajar hasta un 10 por ciento. Para Puig y el informe presentado por Oriol Amat, los efectos serían mucho menores y, en todo caso, quedarían compensados por un aumento de los ingresos gracias a una fiscalidad propia.

Así, Amat recuerda, citando los cálculos de Bosch y Espasa, que una Hacienda independiente podría recaudar hasta 49.000 millones de euros al año mientras que los gastos por incrementar el volumen administrativo se elevarían a unos 35.000 millones, lo cual dejaría un remanente de 14.000 millones para amortizar las pérdidas causadas por la secesión.

Puig -izquierda- y Amat, en otro momento del debate. / Foro de Foros
Miquel Puig (izq.) y Oriol Amat, en otro momento del debate. / Foro de Foros

Estas pérdidas estarían provocadas, en buena parte, por el llamado “efecto frontera”, es decir por las distorsiones en el intercambio comercial provocadas por el establecimiento de una nueva frontera –aunque no fuera física- y la existencia de distintas normativas legales. Hipotéticamente este “efecto frontera” provocaría una disminución de las exportaciones catalanas, el cierre de empresas e, incluso, el boicot a productos procedentes del nuevo Estado.

Los independentistas, sin negar este problema, consideran que el “efecto frontera” sería mucho menor al calculado por Feito y, para ello, se basan en el estudio del Gobierno británico sobre al caso escocés. Ese estudio calcula una pérdida del PIB escocés en torno al 4 por ciento, cifra que bajaría en el caso catalán al 3 por ciento ya que la economía escocesa depende más de sus exportaciones al Reino Unido que la catalana respecto a España.

José Luis Feito ve aún más negativos los efectos sobre la calidad de vida de la población ya que, en su opinión, el alto nivel de servicios sociales del que goza Cataluña se debe a su histórica inserción en el  sistema político español y su abandono, por lo tanto, repercutiría negativamente en la prestación de estos servicios.

Para Feito, la independencia generaría, en definitiva, una escalada de disfunciones económicas de efectos fatales: huida de capitales y empresarios, disminución de inversiones, pérdida de innovación tecnológica, aumento del paro y descontento social.

A Miquel Puig, por el contrario, le resulta difícil aceptar que, por ejemplo, Repsol deje de suministrar combustible a su red de gasolineras dentro del Principado, que Inditex abandone sus tiendas en el codiciado mercado barcelonés o la Volkswagen deje de producir coches en Martorell. Lo mismo ocurriría con miles de firmas multinacionales que han hecho de Cataluña su plataforma para el resto de la Península Ibérica o de Europa.

También las posiciones de Feito y Puig están radicalmente enfrentadas respecto a los vínculos con la Unión Europea. Si para el primero, Cataluña quedaría drásticamente al margen de la UE, para el segundo quedaría la posibilidad de entrar en el Espacio Económico Europeo, en el que no existe derecho de veto, o incluso llegar a acuerdos bilaterales como ocurre actualmente con Kosovo.

Oriol Amat, rizando el rizo, plantea la posibilidad de que, aun proclamándose la independencia, las cosas sigan como están ya que si la declaración de independencia es ilegal, no será reconocida por Bruselas, y, por lo tanto, la Unión Europea tampoco modificará su política hacia una entidad que no existe legalmente, pese a que, “de facto”, Cataluña sí fuera independiente.

De lo que nadie duda es que una ruptura total entre España y Cataluña sería muy perjudicial tanto para la economía del Principado como para España, lo que, a su vez, terminaría afectando al conjunto de la Unión Europea. Por esta razón, Oriol Amat espera que, en el peor de los casos, impere la cordura y, citando al economista italiano Carlo Maria Cipolla, apuesta por “un comportamiento inteligente porque es el que consigue que todas las partes ganen o que, al menos, minimicen las pérdidas”. En cambio –añade-, el comportamiento poco inteligente es el que hace que todos pierdan”.