Con los yezidis desaparecería una de las religiones más antiguas de Oriente Medio

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Imagen de las cúpulas de Lalesh. Vistas desde arriba tienen la forma del Sol, sagrado para los yezidis. / Manuel Martorell

Cuando Firaz Ibrahim Hasan relataba el terror vivido al escapar de Sinyar dejó claro en sus declaraciones a la agencia de noticias Dicle que no pensaba regresar a Irak. "Hasta aquí hemos llegado; ya basta", quiso decir refiriéndose a la permanente amenaza que pesa sobre los yezidis. Desgraciadamente, el de Firaz no es un caso aislado. Otros yezidis tampoco piensan volver a sus localidades de origen. "Hoy es el ISIS, mañana será otra organización. En tanto que yezidis somos un blanco constante; estamos solos con nuestro Dios", decía Hasem Mirza Nemir igualmente a Dicle News.

Sentimientos de los que también participa Vian Dakhil, cuyo dramático alegato contra el genocidio de su pueblo ha conmocionado a todo el mundo: "No pueden volver a Sinyar; tienen demasiado miedo; allí puede ocurrir otro genocidio en el futuro. Quienes les tenían que proteger les traicionaron; ya no pueden confiar en ellos", dijo la única diputada yezidi en el Parlamento iraquí en clara referencia a los peshmergas encargados de defender Sinyar cuando los yihadistas asaltaron la principal ciudad yezidi.

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Si tenemos en cuenta que la región de Sinyar es, con 300.000 habitantes, la mayor concentración demográfica de este credo y que sus principales santuarios están en el norte de Irak, el fracaso de la operación internacional para salvarla de los yihadistas supondría un golpe mortal para una religión que, debido a sus estrechos vínculos con el mazdeísmo zoroastriano, es considerada la más antigua de Oriente Medio. Los yezidis representan, en total, una población que no llega al millón de fieles distribuida entre Irak, Siria, Armenia, Turquía, Georgia e Irán, mientras que el mazdeísmo 'puro' aún conservaría pequeños núcleos de seguidores en la ciudad iraní de Yazd.

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Dos sacerdotes yezidis en la puerta de Lalesh. / M. M.

Es cierto que la versión actual del yezidismo arranca de finales del siglo XII, cuando un misionero musulmán llamado Adi Musafir se asentó en el valle de Lalesh, al suroeste de la ciudad de Dahok. Musafi llegaba precisamente para islamizar a estos infieles, practicantes ya de una extraña simbiosis del judeo-cristianismo con las enseñanzas de Zaratustra.

Al llegar Musafir a Lalesh, los yezidis tampoco se enfrentaron al islam. Utilizaron la misma táctica usada cuando el cristianismo se expandió por toda Mesopotamia durante los siglos III y IV llegando a ser la religión mayoritaria. Asumieron algunos elementos del islam para que la nueva religión dominante tolerara su existencia pero, aun con esta adaptación, conservaron sus fundamentos originales: divinidad solar, adoración del fuego, eterna dualidad entre el bien y el mal, constante superación de las personas incluso tras la muerte, la posible reencarnación en este proceso superador y una suerte de panteísmo naturalista que refuerza sus sentimientos comunitarios.

Más que adoctrinar a los locales, Adi Musafir fue convertido por los yezidis que, a su muerte, lo enterraron en Lalesh venerándolo como un nuevo reformador, igual que había hecho Zoroastro entre los originarios mazdeístas hacia el año 1.000 antes de Cristo. La tumba del cheik Adi se conserva en Lalesh, siempre envuelta con telas de todos los colores, salvo el azul, distintivo, desde tiempos inmemoriales, de quienes iniciaron la persecución contra los fieles zoroastrianos.

El de Lalesh, como los existentes también en Sinyar antes de que los yihadistas comenzaran su destrucción, conserva desde hace siglos tinajas de aceite para mantener vivo "el fuego sagrado” que representa al Sol en la Tierra y sus cúpulas cónicas de forma estrellada que, vistas desde lo alto, asemejan la divinidad solar. A veces, las columnas o mausoleos, como la propia tumba del cheik Adi en Lalesh, están recubiertas de telas multicolores, a excepción del azul porque representa la permanente amenaza del exterminio, en las que los fieles hacen nudos con los que transmiten sus preocupaciones o problemas a los correligionarios que tengan la fuerza o energía necesaria para desatar ese nudo y asumir ese asunto como propio. La creencia en la reencarnación y en la transmisión física de los sentimientos a otras personas a través del contacto dio pie a la película Fallen, interpretada por Denzel Washington, y que trata de un asesino en serie cuya maldad se transmite de persona a persona por un simple contacto físico.

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Tumba de Adi Musafir en Lalesh. Se pueden apreciar los nudos con los problemas dejados por los fieles. / M.M.

También hay interpretaciones que sitúan el origen de esta religión en Yazdi Moawiya, uno de los primeros califas de la dinastía omeya. Este argumento fue utilizado por el Gobierno de Sadam Husein durante las negociaciones con los kurdos tras la Guerra del Golfo de 1991.

Los partidos kurdos reclamaban en estas conversaciones de paz la región de Sinyar como propia mientras que Bagdad se negaba a dejarlas bajo su administración afirmando que los yezidis no eran kurdos sino descendientes de los omeyas y, por lo tanto, musulmanes árabes. El antropólogo yezidi Jeder Suleiman, que participaba en las negociaciones como asesor por la parte kurda, demostró, sin embargo, que yezidi era un término que procedía de la palabra proto-persa "azdai", utilizada en veneración de la divinidad y que, en consecuencia, tenía un origen indoeuropeo y no semítico.

Los integristas suníes también han intentado desvincularles de las "religiones del libro" –judaísmo, cristianismo y mazdeísmo- y, por lo tanto, de su reconocimiento como creencias a respetar por los musulmanes, acusando a los yezidis de "adorar al diablo". Esta acusación está motivada en que niegan, en consonancia con su influencia zoroastriana, la existencia del Infierno ya que, para que una persona pueda tener una permanente regeneración moral, no puede existir una condena definitiva de sus actos. El yezidismo justificó este hecho contradictorio a las doctrinas judeo-cristianas y musulmanas asegurando que Lucifer, el ángel que se rebeló contra Dios, se arrepintió y tales fueron sus lágrimas que las llamas del Infierno quedaron extinguidas.

Precisamente bajo la excusa de ser "adoradores del diablo", los yezidis han sufrido decenas de campañas de exterminio bajo dominio del islam. Sin embargo, con el surgimiento del nacionalismo kurdo en el siglo XX, el yezidismo fue concebido por los partidos kurdos como un vínculo directo con su remoto origen indoiranio, por lo que es valorado como una reliquia antropológica que debe mantenerse viva. Esta es la razón por la que Lalesh siempre está protegido por peshmergas kurdos y por la que ahora se han desplegado en este valle las guerrillas del PKK. Su misión es evitar que los yihadistas destruyan "el Vaticano de los yezidis", igual que ya han hecho en Sinyar con otros templos de esta religión milenaria.

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