«Yo quería quedarme en Corea del Norte y ellos querían que me fuera»

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Matthew Miller, en una imagen de archivo. / captura de vídeo de CNN

De los tres ciudadanos norteamericanos recientemente amnistiados por Pyongyang, el caso de Matthew Miller suscitaba múltiples interrogantes. Todo hacía pensar que el joven de Bakersfield (California) de 25 años se había esforzado mucho por entrar en el país de Kim Jong-un y ser detenido: tanto, que llevaba un comprometedor bloc de notas redactadas en los días previos a su viaje con la intención de ser considerado espía, dañó su pasaporte antes de aterrizar en la capital norcoreana y pidió asilo político a las autoridades de Pyongyang.

¿Qué llevó a Miller a mostrar semejante comportamiento en un país considerado uno de los más firmes enemigos de su propia nación? La respuesta está en la entrevista concedida a NKNews por el propio Miller, donde el norteamericano confirma los peores temores: fue él quien instigó una situación que no querían ni las propias autoridades norcoreanas y los 210 días que pasó en prisión antes de ser puesto en libertad en el avión del responsable de la Inteligencia Nacional norteamericana, James R. Clapper –que voló a Pyongyang para traer de vuelta a sus dos últimos ciudadanos condenados- fueron más parecidos a unas vacaciones extremas que a la sentencia de “trabajos forzados” que le había sido aplicada.

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De hecho, y pese a la versión extendida sobre la detención de Miller cuando pisó el aeropuerto civil de Pyongyang, éste tuvo que esforzarse para ser arrestado. “Sé que puede parecer extraño pero estaba preparado para la tortura y, en lugar de eso, me mataron con amabilidad. Eso fue lo que doblegó mi mente y destruyó mi plan”, revelaba Miller a NKNews. Su ‘plan’ consistía en vivir una experiencia única. Ingresar en una prisión norcoreana para tener oportunidad de hablar con otros presos y comprender así un país que les fascina desde que visitara a su hermano, un piloto norteamericano que pasó una temporada basado en Corea del Sur.

“Sólo quería tener encuentros cara a cara con norcoreanos para responder mis preguntas personales”, declaraba. Una forma de decir que necesitaba satisfacer su curiosidad incluso a costa de organizar un conflicto diplomático. “Antes de ir, no creo que me sintiese culpable por mis acciones contra Corea del Norte. Pero con el tiempo, sí me siento culpable del crimen, porque en cierto sentido considero que he actuado de forma errónea para lograr mis objetivos”.

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Matthew Miller, con su uniforme de presidiario en Corea del Norte. / DPRK (Facebook)

El pasado abril, Miller parecía decidido a hacerse encarcelar en Corea del Norte. Tras contactar con una agencia especializada en este país –dejando numerosos datos falsos- el joven se embarcó en un vuelo que le dejó en la capital norcoreana. El plan era hacerse detener en el mismo aeropuerto y su principal temor –que eso no ocurriese- se confirmó nada más poner pie en Pyongyang. El agente de inmigración debió quedarse de piedra cuando escuchó al joven norteamericano pedir asilo.

“Yo quería quedarme en el país, y ellos querían que me fuera. La primera noche me dijeron: queremos que salgas en el próximo vuelo. Y yo me negué. Simplemente, no me marché”. El régimen norcoreano comenzó a enviarle oficiales al hotel para tratar de disuadirle, y en lugar de ello Miller mostraba un empeño sublime en permanecer en Corea del Norte. Como su visado, dañado de forma irreversible, y su libreta llena de iniciales y notas comprometedoras –y pueriles, hasta el punto de no convencer a los oficiales- eran insuficientes para provocar una reacción, Miller reconoció que su hermano era piloto estadounidense –hecho que no suscitó ni un ápice de interés entre sus interlocutores, según su relato- y más tarde afirmó poseer secretos militares.

Sólo en la tercera semana de su llegada a Pyongyang fue formalmente detenido, cuando el 25 abril fue trasladado a una “casa de huéspedes” donde permanecía encerrado otro de los norteamericanos cautivos, Kenneth Bae. Miller pasaría en aquel lugar las primeras semanas de detención pero ese periodo no tuvo nada que ver, según su relato, con la vida prisión: le permitieron escuchar música y acceder a la información almacenada en su Iphone y su Ipad durante el primer mes, si bien no podía comunicarse con el exterior. Después fue trasladado a otra “casa de huéspedes” algo más estricta hasta que, el 14 de septiembre, llegó el momento de su condena: tras su sentencia, seis años de trabajos forzados por espionaje, fue enviado a una prisión a las afueras de Pyongyang. “Era una especie de granja donde todo estaba bajo su control. Me hacían salir para mover piedras y arrancar hierbas”.

En el plan de Miller quedaba excluido pedir ayuda al Gobierno norteamericano. De hecho, al pedir asilo político pretendía espantar cualquier mediación de Washington, si bien había preparado en su famoso bloc de notas –escrito la víspera de su viaje, en la escala china- una petición de ayuda a Suiza por si las cosas se torcían. Pero Miller sí terminó solicitando ante las cámaras ayuda formal a la Administración norteamericana: la buena voluntad de los norcoreanos, que en las pasadas semanas han liberado a los tres últimos detenidos norteamericanos en su territorio, jugó a favor del aventurero.

“Controlaba la situación. Sabía los riesgos y las consecuencias. Mi viaje probablemente no haya cambiado nada para nadie, excepto para mí. Soy culpable de ese crimen, porque era un crimen. He hecho perder el tiempo a los norcoreanos y a los [norte]americanos”, admitía en su entrevista. Pero no muestra ningún arrepentimiento. “Sólo quería sentarme con los norcoreanos cada día y mantener conversaciones sobre todo tipo de cosas. Preguntarles sobre su país y que ellos preguntaran sobre el mío”, explicaba en su entrevista con NKNews. “Quería encontrarme con gente norcoreana cara a cara, de una forma que no te lo permite un viaje turístico normal. He estado cinco meses manteniendo conversaciones con mucha gente. He logrado mi objetivo personal de conocer más Corea del Norte”.