Los mil y un interrogantes del ataque en Tailandia

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Agentes tailandeses recogen pruebas en el escenario del ataque del lunes. (Mónica G. Prieto)
Agentes tailandeses recogen pruebas en el escenario del ataque del lunes. / Fotos: Mónica G. Prieto

BANGKOK.– La ausencia de certezas deja abierta la espita de la especulación en una Tailandia que apenas sale de su asombro. ¿Quién está detrás de las explosiones, durante dos días consecutivos, que han dejado dos decenas de muertos y un centenar de heridos en Bangkok? ¿Quién tiene el potencial, la capacidad, el conocimiento y los motivos para arrojar la sombra del terrorismo sobre un país que vive de sus visitantes, poniéndole para siempre la etiqueta más temida del sector turístico, el mismo del que vive?

Cuantos más detalles se conocen de la mortífera explosión del pasado lunes y su réplica incruenta del martes, más interrogantes surgen. Las imágenes captadas por el circuito cerrado de televisión instalado en la zona muestran con nitidez a un joven abandonando una mochila en un banco del templo de Erawan –repleto a esa hora de turistas asiáticos- y saliendo de forma precipitada minutos antes de que el artefacto (una tubería rellena con dinamita, un explosivo que nunca utiliza el secesionismo del sur de Tailandia en sus ataques, reforzada con esferas metálicas para ampliar los daños) destrozase a los turistas y locales que visitaban el templo de Brahma. Cinco de los cuerpos quedaron tan despedazados que aún no han podido ser identificados. El joven permanece en busca y captura.

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Estado en el que quedó el templo de Erawan, aún acordonado por las fuerzas de Seguridad. (M. G. P.)
Estado en el que quedó el templo de Erawan, aún acordonado por las Fuerzas de Seguridad.

Horas después, cuando policías, militares y artificieros aún mantenían acordonado el distrito comercial de Ratchaprasong en busca de pruebas, otra explosión acontecía en el muelle de Sathorn, pero esta vez el explosivo era lanzado al agua. El general Somyot Pumpunmuang, máximo responsable de la Policía, ha vinculado ambos ataques: sus buzos han recuperado media docena de fragmentos metálicos de la bomba, lanzada en las proximidades de una estación de tren ligero. “Puedo decirles ahora que no sólo hay extranjeros involucrados en los incidentes: algunos tailandeses han tomado parte”, afirmaba el general. Los expertos estiman que el radio de alcance del explosivo lanzado finalmente contra el agua era la mitad del artefacto usado el lunes en pleno distrito comercial de Bangkok.

A falta de una reivindicación, todo son rumores. Los nombres de los sospechosos habituales surgieron tras las primeras horas, entre ellos los secesionistas del sur del país, movimiento activo en las tres provincias que conformaban el antiguo Sultanato de Pattani (anexionado por Tailandia en el siglo XX) y combaten la marginación política y la represión militar con ataques armados y explosiones que poco tienen que ver con lo visto en Bangkok y que se han cobrado más de 6.000 vidas desde 2004. Suelen usar otro tipo de explosivos, actúan habitualmente en las provincias reclamadas y no suelen apuntar al turismo, si bien esa máxima se rompió en pedazos con el coche bomba de la isla de Samui que dejó siete heridos, el pasado abril, en un centro comercial frecuentado por tailandeses y turistas. Las autoridades tailandesas se han apresurado a descartar que la mano de los secesionistas malayos esté tras el doble y sorpresivo ataque.

Escenario del ataque del lunes. (M.G.P.)
Escenario del ataque del lunes.

El jefe de la Junta Militar, general Prayuth Chan-o-cha, recurrió a otro de sus habituales demonios en uno de sus primeros comentarios tras el atentado del lunes, insinuando que los responsables puedan ser tailandeses relacionados con la oposición política formada por los camisas rojas leales al clan Shinawatra, desalojado del poder por los golpes de los uniformados. Suele ser una acusación recurrente tras episodios violentos –se acusó a la oposición también de dos explosiones menores en Bangkok a principios de año que no dejaron víctimas ni heridos– pero la oposición política no ha recurrido nunca a semejante nivel de violencia para hacerse oír: de hecho, actúa de forma sorprendentemente moderada para haber sido apartada por un golpe militar del poder al que accedió democráticamente.

El hecho de que el templo de Erawan, primer escenario del ataque, y el muelle de Sathorn sean habitualmente frecuentados por turistas chinos, ha alimentado una hipótesis que está siendo ampliamente recogida por la prensa local: la posibilidad de que la mano de los uigures esté detrás. Grupúsculos de esta minoría étnica musulmana china, que denuncia la descarada discriminación de la mayoría han y la represión de su religión en la provincia de Xinjian, donde son mayoritarios, recurren a ataques violentos –habitualmente con arma blanca– en territorio chino. Pero el reciente estrechamiento de relaciones entre Pekín y Bangkok, y sobre todo la reciente repatriación, el mes pasado, de 109 refugiados uigures que huían de China y que fueron forzosamente devueltos al país, donde son considerados terroristas, han encendido las alarmas. La teoría, amplificada por los medios tailandeses, es sin embargo débil. Como recordaba el ministro tailandés Suwaphan Tanyuvardhana, los grupos armados uigures no han usado nunca explosivos ni han atacado fuera de las fronteras chinas. "No tienen la capacidad de organizar este tipo de operaciones. De confirmarse, sería un salto cualitativo y masivo de su capacidad operativa. No hay precedentes de ataques suyos fuera de China”, apuntaba el periodista británico David Eimer, experto en el problema uigur.

Flores, ofrendas y pancartas recuerdan a las víctimas.
Flores, ofrendas y pancartas recuerdan a las víctimas.

Otro factor en liza es el terrorismo internacional, que no conoce fronteras y arraiga en el sureste asiático gracias a la pugna entre Al Qaeda y el Estado Islámico, dos organizaciones extremistas que reivindican para sí toda causa de minoría musulmana reprimida con el objetivo de reforzar su presencia internacional y que ya han apuntado a la región asiática como uno de sus principales objetivos. La teoría también falla: ambas organizaciones viven de su imagen y reivindican cada una de sus acciones, por violenta que sea, para atraer adeptos, cosa que no ha ocurrido tras los atentados de Bangkok.

La pregunta parece ser a quién beneficia un impacto que desestabiliza el único sector de la maltrecha economía tailandesa que comenzaba a salir a flote, el turismo. Como señalan algunos analistas, los atentados ayudan a justificar a la Junta en el poder, muy criticada por sus ataques contra la libertad de expresión y por la persecución de todo lo que huela a disidencia política en un momento, por ejemplo, en el que se intenta recabar apoyo mayoritario para aprobar, el próximo septiembre, una reforma constitucional diseñada por los uniformados a la que se opone la oposición. Sin embargo, muchos consideran que la vida de la dictadura va estrechamente unida a los datos económicos, y los ataques amenazan con hacer estragos en las cuentas tailandesas.

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