Lesbos: la plataforma de miles de refugiados hacia Europa

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Alberto Pradilla *

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Decenas de personas en el puerto de Lesbos, convertido en improvisado campo de refugiados. / Alberto Pradilla.

Ahmad Shah, afgano de 21 años, se cobija en una exigua sombra de la plaza Victoria, en Atenas, a la espera del bus que le conducirá al norte, a la frontera con Macedonia. Llegó la víspera, durmió por tres euros en una habitación alquilada por un compatriota nacionalizado griego y se ha dejado otros 45 en el billete de autocar. «En mi país solo hay talibanes y Estado Islámico. Quiero tener una vida normal y un futuro», afirma. Dejó Kabul hace aproximadamente un mes y ya ha completado la parte más peligrosa de la larga marcha que debería llevarle a la supuesta arcadia europea. El último tramo, el que va desde Turquía a Lesbos, lo hizo como decenas de miles durante este último verano: en la zodiac. Allí tomó el ferry y ahora espera con 16 amigos. No quiere recurrir a traficantes que prometen que les ayudarán a cruzar las fronteras más difíciles pero que, en muchas ocasiones, solo se quedan con el dinero. «Nunca sabes si es realmente alguien que puede pasarte o solo te roba. Piden 500 euros. Nosotros somos muchos y jóvenes, nos fiamos más de nosotros mismos», explica.

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Atenas es una parada breve en la que nadie espera más de lo necesario. La población siria, que es la que tiene más recursos, ni siquiera gasta unos minutos. Sale del gran barco que llega de las islas del Egeo y se lanza a la carretera. Los afganos, que disponen de menos recursos, matan las horas en la plaza Victoria o en el campo de Eleonas, un local de acogida en el exterior de Atenas sufragado a medias entre el Estado y Europa (según los policías que vigilan sus inmediaciones). En realidad, todos vienen del mismo sitio y tienen el mismo destino.

Lesbos, punto de encuentro

Lesbos es uno de los puntos donde todos los caminos se juntan. Cientos de personas llegan diariamente en los botes que cruzan desde Turquía. Las costas del norte de la isla son las más recurridas, ya que la distancia que separa ambos territorios es de apenas siete kilómetros. Por unos 1.200 euros por persona, los refugiados se suben a una zodiac que les traslada hasta Europa. La llegada de cualquiera de estas embarcaciones es una explosión de júbilo y tensión acumulada. Es fácil detectar su llegada. Se observan a lo lejos, como un puntito naranja (por los chalecos salvavidas) que va acercándose. Conforme toca la empedrada costa, los asilados no pueden contener sus emociones. Como Mohamed, que el martes lanzaba su chaleco contra el suelo con gesto de rabia, miraba hacia el cielo y comenzaba a llorar. En tierra, aguardando la llegada, no se observan enviados de las agencias de cooperación internacional. En su lugar, voluntarios, muchos locales y algunos otros llegados desde Alemania o Noruega, recorren el camino de polvo con camionetas cargadas de botellas de agua y fruta. «Gracias, gracias,» repiten los recién llegados, que cargan con lo indispensable en su mochila y guardan sus más preciadas posesiones (papeles, dinero y el móvil para llamar a casa) en una bolsita impermeable colgada al cuello.

Tras dejar atrás la playa, que está salpicada por cientos de manchas de colores (chalecos) y negras (balsas), los refugiados emprenden la marcha hacia Mytiline, la capital. Depende del día pueden tener un hueco en alguno de los autobuses que les trasladan hasta los dos campos ubicados en los alrededores del municipio o esperar durante horas. Antes realizaban el trayecto a pie. Son 70 kilómetros. También había indeseables que les cobraban 150 euros por un trayecto que para un turista podría costar 50. Huyen de la guerra, sí, pero muchos son de clase media, tienen ahorros y siempre aparece quien pretende aprovecharse.

«Los árabes son ricos, tienen petróleo,» dice Ahmad Shah. Sus impresiones tienen que ver con la distinción que se establece en Lesbos entre sirios y refugiados procedentes de otros países. Aunque todos ellos van a ser registrados y tendrán plaza en el ferry hacia Atenas, se ha generado un sentimiento de agravio entre diferentes comunidades. No va más allá, pero existe. La segregación en dos campos, de la que nadie ofrece una explicación razonable, está en el origen. En Moria, a diez kilómetros de la capital, se concentran iraquíes, afganos, iraníes o turcos. También algún somalí, aunque son minoría. El lugar es un antiguo centro de detención de inmigrantes cerrado por el Gobierno de Alexis Tsipras y que, a simple vista, parece más una cárcel que un lugar de acogida. «No tenemos comida y ni siquiera podemos ducharnos. Solo quiero marcharme de aquí,» afirma Ibrahim, de Bagdad, que hace cola para recibir un plato de arroz y un trozo de pan. El centro está tan colapsado que en el exterior se han levantado tiendas de campaña.

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Ahmad Sahd (centro) con un grupo de amigos en la plaza Victoria de Atenas, Grecia. / A.P. Pradilla.

A tres kilómetros está el campo «de los sirios.» Ahí las condiciones también son difíciles, aunque el espacio es más diáfano. Disponen de letrinas portátiles y unas planchas de metal guardan la intimidad en las duchas. Lo principal en estos dos puntos es registrarse. Funcionarios del Gobierno griego toman los datos de los recién llegados. Ese es el salvoconducto para poder adquirir el billete del ferry, que cuesta 60 euros. El hacinamiento ha llegado a tal extremo en Lesbos que el Ejecutivo heleno ha habilitado una embarcación extra que se suma a la que, diariamente, traslada a 2.500 personas hasta Atenas.

No hay valla suficientemente alta

Las barbaridades que llegan desde la frontera de Hungría o el miedo a que Croacia clausure sus accesos son uno de los principales temas de conversación en la fila, que es un triste estado natural de las cosas para el flujo migratorio. «Tengo que intentarlo, no hay elección ni voy a darme la vuelta,» resume Alaa, damasquino de 29 años que trabajó como chef pero que ahora confía en que encontrará algún resquicio por el que sortear el candado europeo. Muhamad, afgano, se escandaliza cuando observa las imágenes de las cargas policiales contra asilados en la frontera. «La ONU debería obligar a Hungría a que abra sus fronteras,» argumenta. Con su papel de registro bajo el brazo, su principal preocupación en ese momento es sacarse el billete de ferry cuanto antes.

No van a dar marcha atrás. No hay valla lo suficientemente alta ni camino demasiado largo para frenar la determinación de decenas de miles de personas que han convertido Lesbos en una plataforma desde la que llegar a Europa. Antes dejaban claro que Alemania era su destino. Ahora, conscientes de las noticias que llegan desde Berlín, hablan de Holanda, de Suecia, de Noruega... Los problemas que les empujaron a hacer las maletas no han desaparecido. «Por ahora intentamos gestionar la crisis, pero no la solucionamos. Si Europa cierra sus fronteras, ¿qué va a ocurrir en Grecia?,» resume el doctor Nikitas Kanakis, director de la delegación helena de Médicos del Mundo. Pase lo que pase, hoy decenas de personas volverán a subirse a una zodiac para llegar hasta las costas griegas.

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Colas para coger el ferry a Atenas en el puerto de Lesbos, Grecia. / Alberto Pradilla.
*Alberto Pradilla es periodista.

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