París: la ruta de la tragedia

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Terraza del bar La Belle Équipe donde 19 personas fueron asesinadas. / Salvador Bañó

PARÍS.– El bullicio en la Gare du Nord de París, y del resto de la ciudad, dista mucho de la normalidad de un sábado cualquiera. Numerosos comercios, bares y restaurantes cierran hoy sus puertas. Apenas si hay gente caminando por la calle. Por el contrario, el número de controles policiales que se multiplica en estaciones, metros y casi en cualquier zona concurrida de la capital francesa. cuartopoder.es hace un recorrido por los puntos negros en los que decenas de personas fueron asesinadas en distintos ataques alrededor de la ciudad la noche del 13 de noviembre.

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La plaza de la República es un lugar emblemático al que acuden los parisinos cada vez que la tragedia azota la ciudad. Aún se leen los mensajes de condena del atentado contra la revista Charlie Hebdo hace ahora casi un año. Y sobre ellos, se reescribe el duelo por la tragedia que de nuevo golpea el corazón de Francia, su capital, París.

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Son las cinco de la tarde. Decenas de personas se agolpan entorno a la estatua que preside la plaza. El silencio es un grito ahogado del pueblo francés que llora, de nuevo, sus muertos. Los rostros compungidos contemplan la escena. Los ciudadanos se agolpan dejando flores, velas, notas, recuerdos. “La vida continúa”, reza una pancarta. Y es cierto. Tal vez algo más silenciosa y seguramente más triste pero sigue.

Al menos hasta el jueves, se prohíben las concentraciones y manifestaciones en París. Así que con una cadencia de unos diez minutos, la policía pide la gente congregada en el lugar que desaloje la plaza. Nadie escucha o nadie parece querer escuchar. Los parisinos no se marchan pero cada vez que una sirena suena, que una ambulancia o un coche de policía atraviesan la calle, se hace el silencio.

A tan solo cinco minutos a pie de la plaza de la República se encuentra uno de los puntos negros del mapa. En la encrucijada entre la Rue du Faubourg du Temple y la rue Fontaine-au-Roi se sitúan los restaurantes Bonne Bière, Casa Nostra y la lavandería Lavatronic. Una decena de personas murieron abatidas aquí. Las marcas de bala en las cristaleras son testigos de la tragedia.

Por allí paseaba Alphons Nonga  cuando comenzaron los disparos. “No creo que fuese planeado, volvían de atacar más arriba y al ver tanta gente, decidieron disparar,” explica. Alphons cree que le salvó la vida que los terroristas tiraran desde un coche. Al lanzarse al suelo, evitó los disparos. “Una amiga que trabajaba en uno de los restaurantes atacados”, relata, “explicaba que antes de matar, miraban fijamente a los ojos”.

“Francia no se merece esto”

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Ben Zekeri, dueño de la Casa del Gelato, donde se refugiaron unas cuarenta personas que huían de los atentados. / Salvador Bañó

Al girar la esquina desde el Bonne Bière, en la rue du Faubourg du Temple, se encuentra la Casa del Gelato, un pequeño establecimiento de helados y golosinas regentado por Ben Zekri Nouneddine. Este tunecino de unos cincuenta años estaba en su tienda cuando oyó los disparos. Sin embargo, creyó que se trataba de algún tipo de espectáculo callejero organizado por los artistas de un teatro cercano. El instinto, la precaución, quién sabe, le hizo acercarse poco a poco hacia la puerta y asomarse. Desde allí, vio como varias balas impactaban contra los cubos de basura frente a su puerta. Entonces, la gente comenzó a correr.

Alrededor de cuarenta personas entraron en estampida buscando refugio en la tienda de golosinas. Ben no dudó un segundo y los condujo hasta el patio para ponerlos a salvo. “En esos momentos, uno no piensa”, reconoce. El dependiente cerró las dos puertas que separan la trastienda de la entrada con llave y tranquilizó a las víctimas. No había heridos, solo estaban asustados. Esperaron durante unos minutos que se hicieron eternos hasta que cesó el eco de las balas y no se oían más que sirenas. Entonces, y solo entonces, salieron. “Francia no se merece esto,” se lamenta, “fue horrible”.

Ben ha abierto hoy su tienda como si de un día cualquiera se tratara. “No hay que tener miedo”, defiende. Algunos desperfectos quedan como recuerdo de aquella noche en la que, seguramente, Ben salvó unas cuantas vidas.

Bataclan, el centro de la tragedia

La Policía mantiene cortado el boulevard Voltaire, dónde se sitúa la sala de conciertos Bataclan, y las calles aledañas. Más periodistas, cámaras y fotógrafos que ciudadanos se agolpan frente a las vallas. En una esquina, alejados del bullicio, tres jóvenes sostienen un ramo de rosas blancas mientras tratan de contener las lágrimas. Están aquí para recordar al marido de una compañera que perdió la vida en Bataclan, pero perdieron además otra amiga en el ataque a La Belle Équipe. “Es un gran shock para nosotros y ni si quiera es nuestra familia cercana. No me puedo imaginar qué pueden sentir ellos”.  Otra chica explica que los franceses salen a la calle “para no estar solos”, para compartir su pena y encontrar consuelo y apoyo.

Son las 19h de la tarde. De pronto, en medio de los directos, las emisiones, las entrevistas, un joven comienza a tocar solemnemente una gaita. Al concluir, un completo silencio invade el boulevard. Louis-Victor ha decidido así rendir homenaje a las víctimas. “No podía quedarme en casa así que he venido a París”, explica el joven que vive a las afueras de la ciudad.

Un coche de un extraño, un bote salvavidas

También en los alrededores de Bataclan se encuentra Víctor García. Víctor estaba en el Stade de France durante el partido que enfrentaba a Francia y Alemania cuando se produjeron tres ataques con explosivos en los aledaños. García y varios amigos acudieron temprano al partido, algo inusual en ellos. Entraron por la puerta J. La primera explosión se produjo en la puerta H. Fue aproximadamente 10 minutos después de comenzar el partido. Víctor tenía entonces en mente las amenazas de atentado contra el hotel de la selección alemana, pero creyó que se trataba de petardos cuyo sonido aumentó el eco del estadio. Una nueva explosión se produce en el minuto 20. Otra casi al final de la primera parte. “Era fuera, no había sirenas… te quedas tranquilo”, explica Víctor, que entonces no sabía qué ocurría.

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Marc Cebrian y Víctor García estaban en el Stade de France cuando se produjeron las primeras explosiones. / Salvador Bañó

Víctor y sus amigos decidieron marcharse al acabar la primera parte para ir a una fiesta pero las puertas estaban bloqueadas. “Nadie nos explicó nada”. No fue hasta que consiguieron contactar con sus familias cuando conocieron la magnitud de la tragedia. Encontraron una salida del estadio y corrieron. “No he corrido nunca más en mi vida”. Al salir, encontraron una calle desierta y policía, mucha policía, pero nadie sabía nada, nadie entendía nada. Así que el instinto, el miedo o la desesperación hicieron el resto. Pararon un coche de un desconocido, “llévenos a un lugar seguro”. Víctor, su compañera de piso y sus amigos Marc y Luis se subieron junto con otros dos jóvenes británicos al coche sin pensarlo. El conductor decidió no llevarlos a casa porque Bastille, donde vive el chico, se encuentra muy cerca de la zona de los tiroteos, así que los dejó a las afueras de París. El ambiente, explican, estaba enrarecido. “La calle estaba vacía y en silencio, era muy extraño”, relata. Desde allí, consiguieron un taxi que los llevó a casa de una amiga donde pasaron la noche.

Víctor llegó en febrero a París y encontró a una sociedad compungida por la tragedia de los atentados que en enero acabaron con la vida de 18 personas. “Creo que la sociedad francesa se estaba recuperando y este ha sido un durísimo golpe,” subraya. Víctor, como otros habitantes de la ciudad, se niega a estancarse en el miedo pero cree necesario que los gobiernos comiencen a buscar soluciones. Todos juntos. Porque no puede volver a pasar.

“¿En nombre de quién?”

En la puerta del restaurante La Belle Équipe ya no caben más flores, ya no caben más velas. Una pareja se abraza entre lágrimas. Diecinueve personas murieron abatidas aquí. De uno de los agujeros de bala cuelga una rosa con una nota: “En nom de qui?” (¿En nombre de quién?).

Cada uno de los puntos en los que ayer se cometieron los atentados se ha convertido en un lugar de culto, de recuerdo a las víctimas, de reunión, de reflexión, de extraño refugio para los parisinos. Muchos se acercan a rendir homenaje o recordar a quienes perdieron la vida en los ataques. Otros, lo hacen en una simbólica demostración de que no tienen miedo.

“Nos estábamos recuperando, volviendo a lograr la paz y ahora esto”, se lamenta una señora. París, Francia, están dolidas, heridas y agotadas pero siguen luchando contra el terror y la barbarie. Siguen unidas.

(*) Beatriz Ríos es periodista.

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