Estados Unidos sigue acusándome de terrorismo pero dice que no sabe por qué

Entrevistando en 2006 a Chinar Saad Abdula, ministra de víctimas del genocidio en Arbil (Irak). / Cuartopoder
Entrevistando en 2006 a Chinar Saad Abdula, ministra de víctimas del genocidio en Arbil (Irak). / María Sancho

Cuando a finales de noviembre recibí la carta de Exteriores sugiriéndome que volviera a pedir el visado que el Departamento de Estado me había denegado debido a mis ‘actividades terroristas’, entendí que estaban ofreciendo una salida para resolver el grave problema creado por esa falsa acusación, sobre todo porque ese ofrecimiento se hacía después de que el Ministerio de Exteriores se pusiera en contacto con la propia Embajada de EEUU.

Inicié, por lo tanto, otra vez los trámites para solicitar el nuevo visado y la correspondiente entrevista personal con la que culmina el proceso de solicitud. Convencido de que se acabaría así la pesadilla que duraba ya ocho meses, acudí a la cita en el Consulado de Madrid poco antes de Navidad, el 17 de diciembre.

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La primera sorpresa fue comprobar que la funcionaria encargada de recoger los impresos ya conocía este asunto: “Sí, recuerdo la foto; ya hemos estudiado su caso”, me dijo, indicándome que tenía “derecho a que me atendiera otro cónsul” y que esperara en la sala a que me llamaran para la entrevista personal.

Cuando llegó el momento, le expliqué al cónsul que me atendió el motivo de mi presencia. No tardó en decirme que mi caso “era muy difícil”, añadiendo, sin utilizar la palabra ‘terrorista’, que debía presentar documentos para demostrar que yo no participaba en esas actividades.

Con la mayor educación que pude, volví a repetir que “jamás he participado en una organización o en actividades terroristas”, que les ofrecía toda mi colaboración para aclarar esa confusión y que estaba dispuesto a presentar cualquier documento o testimonio pero que, para ello, tenían que decirme exactamente a qué acto o actos concretos se referían. “No tengo respuesta a su pregunta”, fue su única contestación.

Insistí en que se trataba de una acusación genérica, que yo no me podía defender si no me decían de qué me acusaban. Volvió a repetirme que no podía responder a esa cuestión. Le recordé que ya les había mandado tras la primera entrevista, el 19 de mayo, los datos personales y profesionales que me habían solicitado y que habían tenido tiempo suficiente –ocho meses− para aclarar la situación.

Carta de reconocimiento del Gobierno kurdo de Irak.
Carta de reconocimiento del Gobierno kurdo de Irak.

Tampoco hubo respuesta; es decir que Estados Unidos sigue acusándome del delito más grave que existe en la actualidad pero, sin embargo, dice no saber por qué lo hace. “¿Cómo me puedo defender si no me dicen de qué me acusan?”. Tampoco hubo repuesta. Además de citarle de nuevo las principales actividades profesionales, cargos de responsabilidad ocupados en prensa, congresos y conferencias -nacionales e internacionales-, publicaciones en revistas especializadas, la veintena de libros que llevan mi firma, le entregué un amplio y detallado informe que recoge, de forma exhaustiva, mi vida profesional como periodista e historiador en los últimos 20 años.

Después, me entregó una hoja indicándome que la nueva solicitud de visado quedaba suspendida “pendiente de la presentación y revisión de la documentación e información indicada más abajo”, pero “más abajo” no se indicaba ninguna documentación o información concreta.

Por lo tanto, la entrevista que yo había interpretado como solución a este desagradable asunto dejaba las cosas igual o peor de lo que estaban. Aunque las razones para esta medida podrían responder a cualquier otro motivo debido a que no hay la más mínima información sobre las motivos de esa acusación, cada vez estoy más convencido de que alguien ha confundido alguna de mis muchas actividades de solidaridad con el pueblo kurdo con un acto de apoyo al PKK, algo imposible porque, desde hace más de treinta años, no he pertenecido ni apoyado a ninguna organización política ni española y mucho menos kurda.

Como creo que es obligación para un periodista especializado en un tema concreto, por lo general me llevo bien con todas las organizaciones, como lo demuestra la carta que en mano me entregó en mano el año 2006 Nechirvan Barzani, primer ministro del Gobierno Regional del Kurdistán, probable y actualmente el principal aliado de EEUU en Irak, o las cartas de apoyo que he recibido de Abdulá Hasanzadeh y de Mustafá Hejri, ex secretario general y actual secretario general, respectivamente, del Partido Democrático del Kurdistán de Irán (PDKI), una de las principales organizaciones de oposición al régimen de Teherán.

Pasadas las Navidades, he remitido al Consulado el mismo dosier pero en formato PDF con documentos y fotografías que lo complementan y refuerzan la credibilidad de esos datos. Aparte de la citada carta de Nechirvan Barzani reconociéndome mi especial compromiso con la causa kurda, incluye otra de Mariano Rajoy, fechada el 18 de octubre de 1999, cuando era ministro de Cultura, agradeciéndome la entrega de las piezas que componían la exposición antropológica ‘Kurdistán, una mirada a un país prohibido’.

También contiene fotos de algunos trabajos y entrevistas especialmente significativas, como la de Chinar Saad Abdula, ministra de la Víctimas de la Campaña Anfal, como se denomina formalmente al genocidio perpetrado por Sadam Husein contra la población kurda. Se da la circunstancia de que Chinar Saad es hija de Sami Abdul Rahman, histórico dirigente kurdo que murió, junto a otro centenar de personas, cuando miembros de Al Qaeda hicieron estallar sendas bombas en la ciudad de Arbil, el 1 de febrero de 2004.

Ahora solo queda esperar a que con esta información complementaria y a los apoyos recibidos, como la actual campaña internacional de Reporteros Sin Fronteras -desde su central en Francia y en EEUU-, el Departamento de Estado pueda dar una contestación adecuada a las preguntas que, hasta ahora, han quedado sin respuestas.