Calais, una cárcel a cielo abierto

calais_jungla_cocina
Vista del campo de refugiados de Calais, en el norte de Francia, conocido como ‘la Junla’, en el que unos estudiantes construyen una cocina. / Albert Masias

CALAIS (FRANCIA).–El campo de refugiados improvisado por los migrantes junto a una zona boscosa en Calais, al norte de Francia, ha evolucionado en las últimas semanas tras derribar las autoridades francesas parte de las instalaciones. El aumento de los controles policiales, la construcción de vallas que bordean la zona y el elevado precio impuesto por los traficantes al paso han convertido ‘la Jungla’ en una cárcel.

Publicidad

Publicidad

Welcome to the Jungle” (Bienvenidos a la Jungla), repiten sin cesar los habitantes del campo a los visitantes. La Jungla es un mar de plástico sobre el barro. En las últimas semanas, precarias construcciones de madera forradas con plásticos y cinta americana han sustituido a las tiendas de campaña. Apenas cuatro o cinco metros cuadrados dan cobijo a entre tres y cinco personas; las camas no son más que mantas apiladas en el suelo; las condiciones higiénicas, nulas; los puntos de agua, escasos y del todo insuficientes. Las lluvias de los últimos días han empeorado las condiciones del campo, pasear por ‘la Jungla’ es ir saltando entre charcos y basura.

‘La Jungla’ es un pequeño ecosistema vivo, incluso una micro-economía se desarrolla en el campo. El área comercial, una bulliciosa avenida plagada de tiendas de comestibles, restaurantes, bares, tiendas de ropa y peluquerías, se llena de gente durante la noche. Las estructuras de los comercios son algo más estables, más seguras. Mohamed, un sudanés de 27 años, regenta un bar en la zona. Un espacio dividido en dos estancias: la cocina y una enorme sala. El comedor es amplio, oscuro, tiene las paredes cubiertas con banderas del Bradford inglés y decenas de mesas irregulares pueblan la sala. Hace diez meses que Mohamed llegó a ‘la Jungla’ huyendo de la guerra en Darfur. Muestra sus manos callosas y los dedos retorcidos que apenas puede mover por una fractura mal curada. Tiene puesto un ojo en la camarera que se pasea dominante por el bar de un lado a otro sirviendo las bebidas y espera el pago con una mano oscilando en el aire y la otra apoyada en su cintura, de la que cuelga una riñonera cargada de monedas. En apenas unos minutos, al atardecer, este antro en medio de la Jungla, se llena. Durante la noche, los bares, como en cualquier lugar del mundo, se convierten en lugar de evasión y encuentro. Durante el día, la Jungla duerme.

La estructura del campo ha cambiado. Una franja de tierra de más de quinientos metros de largo y unos cien de ancho bordea ‘la Jungla’. “No man’s land”, tierra de nadie. Este lodazal, sembrado de tapones de botes de gas lacrimógeno que la policía usa contra los habitantes del campo, hasta hace poco más de dos semanas acogía a centenares de personas en tiendas de campaña. También una iglesia, una mezquita y una escuela que las autoridades prometieron preservar por estar haciendo una buena obra. El día que las excavadoras llegaron a ‘la Jungla’, arrasaron con todo. Sin excepción. Decenas de personas perdieron su casa, -si puede llamarse hogar a un pedazo de tierra sobre el que se levanta una tienda de plástico-. Muchos tuvieron que reubicarse en ‘la Jungla’ pero también muchos se han marchado. El Gobierno francés ha decidido acabar con el campo en los próximos meses. Estos han sido solo los primeros pasos.

calais_jungla_franja
Franja de tierra que rodea el campo donde hasta hace unas semanas vivían centenares de personas. A la derecha, se levanta la valla que cerca la carretera. / A. M.

A pesar de todo, el campo sigue creciendo. Solo unos días después de la intervención, una nueva escuela y una nueva iglesia levantaban sus muros. Ante la destrucción, nuevas edificaciones. Y mientras las autoridades locales, nacionales y comunitarias se desentienden, son los centenares de voluntarios que trabajan en el campo, junto con los propios refugiados, quienes hacen cada día de ‘la Jungla’ un lugar habitable. Cursos de idiomas, centros de información administrativa y legal, un espacio para mujeres y niños e incluso una radio son algunas de las iniciativas que mantienen vivo el campo.

Además, varias cocinas coordinan el suministro y la distribución de los alimentos. Yacine e Ibrahim regentan una de ellas. Comenzaron su trabajo en Bélgica cuando centenares de refugiados llegaron a Bruselas, la capital de Europa, durante el verano. Al acabar la urgencia, trasladaron sus materiales a Calais donde, consideraban, eran más necesarios. Ahora amplían su cocina para abastecer al máximo número de personas posible gracias al apoyo de varias organizaciones de estudiantes de arquitectura. Toda ayuda cuenta en ‘la Jungla’.

La nueva estructura del campo

Tras el derribo, las autoridades instalaron una zona vallada con containers. Los habitáculos tienen dos pisos de altura, agua caliente y electricidad, algo impensable en ‘la Jungla’, pero hay condiciones. Para poder dormir en ellos, deben registrarse y aunque insisten en que no usarán los datos, los habitantes del campo tienen miedo. Además, está prohibido abandonar el recinto durante la noche y es precisamente al abrigo de la oscuridad cuando los intentos de cruzar a Reino Unido se multiplican. Nadie quiere perder su oportunidad.

calais_jungla_containers
El gobierno francés ha instalado un área de containers con electricidad y agua caliente junto al campo. / A. M.

También la organización ‘L’Auberge des migrants’ (el Albergue de los Migrantes) ha construido nuevas instalaciones: pequeñas cabañas resistentes de madera, con capacidad para cinco o seis personas. En una de ellas viven Ismael, Fouzi y Zaki, tres sirios que rondan los cuarenta años y llevan tres meses en ‘la Jungla. Sus familias, mujeres e hijos pequeños, cuyas fotos muestran con una mezcla de orgullo y tristeza, permanecen en Damasco. Prefieren Reino Unido por la facilidad del idioma y porque el proceso de reunificación familiar es más corto o, al menos, eso han oído. Muchos llegan a ‘la Jungla’ por inercia, otros persiguiendo un sueño, una esperanza, pero la información que corre por el campo es siempre interesada.

En medio del caos, en una zona plagada de tiendas de lona azul precarias aunque desde luego más estables que las de campaña, vive una decena de sirios que ha convertido la estancia de no más de 8 o 10 metros cuadrados en un pequeño oasis en medio de ‘la Jungla’. Las paredes y el techo están reforzadas con gruesas telas de colores vivos que guardan el calor y amortiguan el rugido del viento. El suelo está cubierto por tapices suaves y cálidos. Al fondo de la lona, en el fuego de un hornillo, ruge una tetera. Al caer la noche, Wassim y Mohamed preparan un arroz seco con fideos aderezado con especias y lo bañan en una salsa densa y picante de tomate en la que flotan judías pintas y blancas, todo acompañado de obleas de pan ácimo. Obtienen los alimentos de la distribución del campo que procede de donaciones, también realizan pequeñas compras en los comercios de ‘la Jungla’. El olor intenso y agradable de la comida árabe inunda la tienda. Un joven rasga las cuerdas de una guitarra y pone música a la cena. Entre risas, sus compañeros le arrancan de las manos el instrumento. Aún está aprendiendo.

A pesar de la calma que reina en el campo, la situación ha ido empeorando en los últimos días. La prensa, denuncian, solo habla de los enfrentamientos de ‘la Jungla’ pero nadie cuenta los ataques contra refugiados en las calles de Calais o el uso de la fuerza por parte de la policía. Muchos acaban en el hospital a causa de las heridas y no son pocas las veces que una nube de gas lacrimógeno ha cubierto el campo. También los intentos de paso son cada vez más complicados. Vinieron para quedarse unos días y han pasado cuatro meses. Todos rezan por turno a un dios que parece no escuchar por el día en que logren marcharse.

Una prisión sin barrotes

Además del foso que ahora circunda el campo, enormes vallas acabadas en concertinas cercan las carreteras colindantes que se dirigen al Eurotunel. También las vías del tren y el puerto, desde donde parte el ferry. Los controles de policía se han intensificado y los agentes vigilan las distintas entradas del campo noche y día, especialmente tras los atentados de París. “Los terroristas comenten el crimen y nosotros pagamos el precio”, se la lamenta Ismael. ‘La Jungla’ se ha convertido en una cárcel a cielo abierto.

Hasta hace unos meses, no había plan B en Calais, ahora empiezan a surgir alternativas. Las expediciones a Bélgica para tratar de comenzar el viaje desde allí se suceden desde hace unas semanas. Muchos hacen las maletas de nuevo y reemprenden la marcha camino de Alemania. Temen ser registrados antes de alcanzar su destino pero la desesperación empieza a pesar más que el miedo. Otros incluso consideran la posibilidad de aceptar la oferta del gobierno de François Hollande, presionado por David Cameron, y pedir asilo en Francia. No son pocos los que vienen de visita desde los centros de acogida en Lille en las últimas semanas.

Alcanzar Reino Unido subidos en camiones o trenes que atraviesan en Eurotunel se ha convertido en misión no ya difícil sino casi imposible. Hacerlo con la ayuda de los traficantes, un lujo inalcanzable para muchos. La mayoría de los habitantes de ‘la Jungla’, con escasos o nulos recursos, está atrapada en Calais, pero lo siguen intentando.

calais_jungla_sirios
Zaki, Fouzi e Ismael, en la cabaña en la que viven en el campo de refugiados de Calais, en Francia. / Albert Masias

El sobrino y el primo de Fouzi, de 17 y 19 años respectivamente, lograron llegar a Inglaterra hace unos días. El más pequeño está ahora en un centro de internamiento para menores. El mayor, en la cárcel. Aun así, lo celebran. Confían en que salga pronto y cualquier cosa parece mejor que ‘la Jungla’, sobre todo en Reino Unido. Fouzi explica que la forma más sencilla de cruzar es provocar un atasco y subir a un camión de fruta. Las temperaturas en las cámaras frigoríficas oscilan entre los 3 y los 6 grados, soportable para una persona. Las de carne o pescado son un suicidio.

Ismael, Fouzi y Zaki han aprovechado el fin de semana para descansar, retomar fuerzas. El tráfico aumenta durante los días laborables y es más fácil pasar. Esta semana volverán a intentarlo. Esperan su oportunidad y que un golpe de suerte les permita, por fin, dejar ‘la Jungla’.

(*) Beatriz Ríos es periodista.