BEATRIZ RÍOS | Publicado: - Actualizado: 19/5/2017 17:16

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Refugiados que fallaron en su intento de cruzar la frontera de Grecia con Macedonia, vuelven a Idomeni. / Nate Batev (Efe)

IDOMENI (GRECIA).– Yasmine, cargada de bártuloscamina agotada junto a su hijo mayor y su marido. Un poco más adelante, la pequeña de la familia avanza a trompicones agarrada con fuerza por la mano de su abuela. Son las 10 de la mañana y Yasmine y su familia, que dejaron Alepo hace semanas, vuelven a Idomeni. Estaban en el grupo de refugiados que trató de cruzar la frontera el pasado lunes, tras atravesar las aguas revueltas de un río. Rechazados por la policía de Macedonia, vuelven al campo después de pasar la noche en las colinas.

No son los únicos. Un reguero de refugiados camina por una tortuosa carretera secundaria que acaba en un camino embarrado atravesado por decenas de riachuelos. La basura, los restos de comida y los objetos abandonados por el camino se agolpan a ambos lados del sendero. El goteo constante de personas ha empezado alrededor de las 9 de la mañana. La mayoría, deshaciendo el camino del día anterior, acaban de cruzar por segunda vez el río y vuelven empapados al campamento.

Alrededor de 2000 refugiados trataron de cruzar la frontera que separa Grecia de Macedonia el pasado lunes. Lo hicieron alentados por un panfleto que circuló durante horas por el campamento y que advertía del cierre de fronteras y el inminente retorno a Atenas en el mejor de los casos, en el peor, a Turquía. Junto al texto, el boceto rudimentario de un mapa de los alrededores, situaba un posible punto de paso a algo más de 5 kilómetros de Idomeni.

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Un grupo de refugiados cruza un río a pocos kilómetros de la frontera con Macedonia. / Yannis Kolesidis (Efe)

Samman, que hace un par de semanas que llegó a Grecia huyendo de Daesh en Iraq, también decidió intentarlo. La versión de Samman es distinta. Siguió a unos traficantes y ese fue su error. Estaba confuso, confiesa, “y uno sigue a cualquiera cuando está confuso”, sentencia. Según cuenta, el primer grupo -de unos 600- logró cruzar la frontera pero fue detenido por la policía macedonia. El segundo, -de algo más de 900-, no lo logró y fue retenido durante horas junto a al paso. Samman, que ha regresado durante la noche, se arrepiente del intento: “Esperaremos hasta que abran la frontera”.

En la misma intervención policial fueron detenidos decenas de periodistas y activistas, entre ellos, varios españoles: Javier Bauluz, Alberto Sicilia, Ane Irazabal y Mikel Konate. Una detención, al parecer rutinaria, que otros compañeros han sufrido al cruzar la frontera irregularmente acompañando a los refugiados. La retención de aproximadamente doce horas, se saldó con 260 euros de multa y una prohibición de entrada a Macedonia durante los próximos seis meses.

Los que aún están dispuestos a esperar

El hijo mayor de Yasser tiene 8 años y la cara cubierta de pecas; las paletas separadas y la sonrisa perenne en el rostro mientras devora un pedazo de pan con mermelada. Yasser es sirio y llegó con su mujer, el mayor y una niña que apenas se levanta dos palmos del suelo, hace poco más de 25 días. Él es dentista, su mujer, maquilladora y sólo piensan en llegar a Suecia o Alemania. Sólo sueñan con un lugar en el que puedan ofrecer un futuro a sus hijos. Eso es, después de todo, lo único que importa. Se quejan de la falta de información y de alternativas; no saben si volver a Atenas o intentar un nuevo cruce pero de momento, se quedan, esperan, confían.

Como Ibris, yazidí de Mosul que lleva apenas dos semanas en el campo con su madre y sus hermanos. Su padre ya está en Alemania y allí los espera. No se plantean cruzar irregularmente, solo esperan que abran la frontera. También Anwar, que fue expulsado hacia Croacia tras alcanzar Eslovenia. Ahora duerme en una pequeña tienda de dos por dos metros con otros siete compañeros. La mayoría, no pasan de los dieciséis años y les acompaña un grupo de críos. “Si no abren la frontera, muchos volverán a Iraq”, a pesar del peligro de muerte, esto no es vida, sentencia.

El desastre del campamento

Una carretera secundaria, a 70 kilómetros de Tesalónica, discurre junto a decenas de hectáreas de campo de siembra que se extienden hasta el horizonte, sólo cortadas por una valla metálica, rodeada de alambre de espino y concertina. Es la frontera entre Macedonia y Grecia, donde se sitúa el campo de refugiados de Idomeni, hasta hace unos meses, escasamente transitada debido a las malas relaciones políticas entre ambos países. Ahí comienzan los centenares de tiendas de campaña que se extienden por el campo. Junto a la valla, una vía de tren discurre en paralelo. Enormes hileras de tiendas se apilan a uno y otro lado. Pequeños bultos de plástico aplastados por el peso del agua, rodeados de barro y de basura. De las ventanas se asoman las caras risueñas de los niños, los rostros agotados de los adultos, las miradas perdidas de los ancianos.

Como Yasmine, Yasser, Ibris, Anwar y sus familias, miles de personas esperan desde hace semanas una respuesta, una solución, una salida. Hay una calma tensa en Idomeni. Las protestas ante el empeoramiento de la situación han sido mínimas. La gente está exhausta y el Gobierno griego, que parece tener miedo a pagar el precio político de echarlos por la fuerza, mantiene una presencia policial importante pero espera a que se marchen por su cuenta, a que se cansen.

El sol sigue resistiéndose a salir en Idomeni. Una lluvia ligera pero constante repiquetea sobre las tiendas. Las columnas de humo se elevan en distintos puntos del campo y las familias se arremolinan en torno al fuego para refugiarse del frío al abrigo de las llamas. Idomeni es un caos absurdo, un desastre. Una superficie embarrada sembrada de tiendas de campaña en la que más que malvivir, sobreviven más de diez mil personas. Aunque por poco tiempo. La sensación de que esto no puede durar se ha instalado en el campo. Se suceden los rumores. Que es mejor coger las cosas y volver a Atenas; que la frontera volverá a abrir el jueves; que los que están, acabarán pasando; que los que se vayan, lo harán directos a Turquía. Todo parece depender de una de esas cumbres en las que el mayor temor es que todo se decida o no se decida nada. El jueves, todo el mundo mirará otra vez a Bruselas.

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Vista general del campo de refugiados de Idomeni en la frontera de Grecia con Macedonia. / Y.K. (Efe)
(*) Beatriz Ríos es periodista.

Viaje al epicentro de la tragedia (II) / Entre la resignación y la esperanza, las dos caras de Idomeni.
Viaje al epicentro de la tragedia (III) / De luchar contra el Estado Islámico a estar atrapado en Idomeni.

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