De luchar contra el Estado Islámico a estar atrapado en Idomeni

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Un hombre camina por las vías del tren que atraviesan el campo de refugiados de Idomeni. / Beatriz Ríos.

IDOMENI (GRECIA).– ‘Peshmerga’, que significa “el que se enfrenta a la muerte”, es también el nombre del ejército independiente del Kurdistán Iraquí, la línea dura de la lucha contra el Estado Islámico (EI) en la zona. Agrin (nombre ficticio) sabe bien lo que es mirar a la muerte a los ojos. Lo hizo durante meses en una estrecha trinchera en Mosul desde la que combatía a los terroristas del EI. Tras los impagos del ejército y ante la creciente inseguridad en la región, Agrin recogió sus cosas y junto a su mujer y sus hijos pequeños, puso rumbo a Europa. Ahora espera en Idomeni la apertura de la frontera.

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Agrin que ronda los cuarenta años, ha sido soldado durante más de diez. Es un hombre fuerte de hombros firmes, tiene los rasgos duros, las manos curtidas por el uso de las armas y los ojos colmados de ojeras. Agrin tiene una sonrisa triste y la mirada nublada de recuerdos. Observa el fuego mientras agita un pedazo de cartón para avivar las llamas de la hoguera en que calienta el té de media tarde y revela orgulloso su pertenencia a los Peshmerga. Muestra en su teléfono imágenes de los búnkeres en los que ha pasado meses combatiendo a los terroristas del EI en Mosul. Rodeado de morteros, posa orgulloso, arma al hombro, y reconoce haber matado a decenas de ellos. “Durante el día los intercambios de disparos se suceden a no más de 200 metros de distancia. Durante la noche, la distancia se reduce a 100”, relata. Pero el precio por luchar contra el Estado Islámico es alto, tanto, que Agrin no estaba dispuesto a pagarlo.

Hace diecisiete días que Agrin y su familia llegaron a Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia, dos meses y medio que se marcharon de Irak, rumbo a Turquía. El inicio de una larga y tortuosa ruta. Permanecieron en el país otomano durante algo más de un mes y el primer intento de cruzar la frontera fue por tierra hacia Bulgaria. Allí, explican, fueron deportados. De vuelta a Turquía, lograron subir en un barco que encalló en una isla cuyo nombre no recuerdan, pero sí que caminaron durante horas hasta que fueron rescatados y llevados a un campo de tránsito. Luego vinieron Atenas, Tesalónica e Idomeni. La peregrinación de todo demandante de asilo que alcanza Europa por Grecia. Lo que no esperaban era una frontera bloqueada y ninguna alternativa.

Agrin, su mujer y sus cuatro hijos de entre 3 y 13 años viven en un par de tiendas de campaña situadas junto a las vías de tren que atraviesan el campo. Un tejado de plástico y unas maderas hacen las veces de porche donde los seis miembros de la familia se calientan en torno al fuego. Ahmad, vecino de la tienda de al lado, es un chaval de dieciséis años con un más que aceptable inglés. Se ha convertido en la voz de su familia. Ahmad, su padre, Fadhil, su madre, Mahbub, y su hermano pequeño, Aram también huyeron del Kurdistán iraquí tras una amenaza directa de dos familias partidarias del Estado Islámico. Fadhil vendió todo cuanto tenía para pagar el viaje a Europa. Ahora, en Idomeni, viven tienda con tienda con un excombatiente contra el EI.

Ahmad está contento. Hoy su madre cocinará arroz frito con pollo guisado, su comida favorita. Hace más de un mes que Ahmad no saborea ese plato. Casi el tiempo que hace que partió junto a su familia de Irak.

(*) Beatriz Ríos es periodista.

Viaje al epicentro de la tragedia (I) / Idomeni, un caos absurdo.
Viaje al epicentro de la tragedia (II) / Entre la resignación y la esperanza, las dos caras de Idomeni.