BEATRIZ RÍOS | Publicado: - Actualizado: 19/5/2017 17:14

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Un grupo de alumnos acude a un colegio de Bruselas custodiado por la policía. / Efe

BRUSELAS.– Cuando el 20 de noviembre de 2015 el gobierno belga declaró que el país se encontraba bajo una amenaza “grave e inminente” de atentado terrorista, Bruselas se paralizó. Los comercios cerraron sus puertas, también bares, cafeterías y restaurantes. Se cancelaron los espectáculos, los eventos deportivos, los conciertos. Se clausuraron el transporte público y los museos. La ciudad se sumió en un tenso e incómodo silencio. La vida en Bruselas frenó en seco. Cuando el 22 de marzo de 2016 al menos cuatro hombres atentaron en el corazón de la capital belga dejando a su paso una treintena de muertos, nada de eso ocurrió.

Atacaron el aeropuerto de Bruselas y una estación de metro, la de Maelbeek, entre las 8 y las 9 de la mañana del martes 22 de marzo. Una treintena de personas fallecieron y más de trescientas resultaron heridas. El atentado que desde hace meses temían ciudadanía y autoridades, se produce. Tres de los cuatro atacantes estaban fichados y estaban siento buscados por la policía. Vuelven las dudas sobre la efectividad de los servicios de inteligencia belgas -el Gobierno ha reconocido negligencias-, sobre la capacidad de la Policía para hacer frente a la amenaza yihadista, sobre la voluntad de atajar un problema de evidentes raíces sociales que no es en absoluto nuevo para la sociedad belga. Mientras tanto, se suceden las operaciones policiales alrededor de la ciudad. Al menos uno de los atacantes habría huido. El nivel de alerta aumenta a cuatro, “amenaza grave e inminente” de atentado terrorista. Otra vez. Lo paradójico es que ese ataque ya se ha producido, la cifra de muertos va en aumento y los heridos vuelan en ambulancias y hasta autobuses habilitados camino del hospital.

La ciudad se convierte entonces en un caos de ambulancias y coches de policía, en una orgía de sirenas. Las autoridades piden a los ciudadanos que permanezcan donde estén hasta nueva orden; que los niños no abandonen los colegios si no lo hacen acompañados; el metro cierra sus puertas y también los trenes. El aeropuerto permanece, evidentemente, clausurado. Lo hará al menos hasta el martes, una semana. Y sin embargo una extraña sensación de alivio envuelve la ciudad.

Tras los atentados de París en noviembre, que dejaron 130 muertos, el Gobierno alertó de que Bélgica podía sufrir un atentado en cualquier momento y el miedo se instaló en las calles de Bruselas. Salah Abdeslam, -que fue detenido hace una semana a escasos 300 metros de su anterior domicilio, a 900 del familiar-, habría huido y podría estar de vuelta en la capital belga. La ciudad amaneció el sábado 21 prácticamente desierta. Los transeúntes reaccionaban con tensión al paso de los coches de policía o a cualquier sonido unos decibelios más alto. Los colegios, los edificios oficiales… Cerraron sus puertas. Bruselas estaba esperando, agazapada, un golpe que parecía seguro. Quizás por eso cuando el pasado martes al menos cuatro hombres sembraron el terror en distintos puntos de la Región, la normalidad no se vio tan afectada como cabría esperar.  El nivel de alerta se elevó a cuatro pero siguieron funcionando el transporte –aunque con restricciones-, y comercios, bares y restaurantes mantuvieron abiertas sus puertas, a no ser por contadas excepciones. Durante las primeras horas, la ciudad redujo notablemente su actividad, sí, especialmente en las zonas concurridas, pero nada en absoluto comparable a lo que ocurrió en noviembre. Bruselas, lejos de paralizarse, siguió algo más silenciosa pero igual de caótica su vida.

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Un policía, en una de las estaciones del metro de Bruselas que ha recuperado la normalidad. / Efe

La normalidad vuelve poco a poco a la ciudad

En los días que suceden al atentado, las medidas de seguridad anunciadas varían pero la sensación de relativa normalidad en la calle es la misma. A pesar de que al menos uno de los terroristas se encuentra en busca y captura, el nivel de alerta desciende el jueves a tres. La amenaza persiste, sí, pero ya no es inminente. Los controles aleatorios se mantienen en estaciones de tren y metro, aunque se han acabado los cacheos y los registros a la entrada. La policía patrulla con perros que detectan explosivos los aeropuertos. Decenas de agentes y soldados custodian cada esquina de la ciudad pero lo cierto es que esto no es nuevo. Desde noviembre, la ciudad está sembrada de militares y agentes de policía. Lo extraordinario se ha convertido en cotidiano. Y sin embargo, nada ni nadie pudo impedir que los hermanos El Bakraoui y Najim Laachraoui sembraran el pánico.

De no ser porque algunas de las estaciones de metro están cerradas, si uno caminara hoy por Bruselas ajeno a lo ocurrido el martes, nadie pensaría que la capital belga es una ciudad amenazada. Económicamente, el gobierno no puede permitirse otra vez el bloqueo de la ciudad durante días. Políticamente, tampoco. Y en cualquier caso, los bruselenses siguen con su rutina. Pasean por las calles, hacen compras en tiendas y centros comerciales, salen a cenar o a tomar una cerveza. Tal vez Bruselas está aguantando al golpe. Tal vez se ha acostumbrado a los controles, los soldados y la policía. Tal vez se ha resignado ante lo que parece la enésima chapuza de las autoridades belgas. Tal vez, Bruselas, planta cara al bloqueo y sigue esta vez adelante, sin miedo. La vida, a pesar del terror, sigue en Bruselas.

(*) Beatriz Ríos es periodista.

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