Italia: un gobierno populista xenófobo con aromas neoliberales

  • En Italia vamos camino de encontrarnos con un gobierno y unas políticas de corte Lib-Pop (liberal-populista), una articulación de neoliberalismo y populismo xenófobo
  • El M5S y la Lega han llegado a un acuerdo de gobierno repleto de retórica proteccionista y neodesarrollista

El sistema político italiano ha saltado por los aires. Sí, otra vez. Y sí, como en tantos otros lugares de Europa últimamente. Y, de nuevo, vemos cómo en sus ruinas crecen fuerzas políticas tan novedosas o renovadas como contradictorias y potencialmente explosivas. Son los frutos de décadas de austeridad y gobernanza neoliberal. Pero también, en parte, no miremos para otro lado, porque existe la corresponsabilidad de una izquierda incapaz de ocupar antes y mejor esos vacíos que deja el interregno entre lo viejo moribundo y lo nuevo en gestación.

Hoy Italia vive una crisis orgánica en todo el sentido gramsciano del término. Una crisis que es en realidad resultado y profundización de la crisis del modelo post-Maastricht del capitalismo italiano que vive el país desde la década de 1990, como señalaba recientemente Thomas Fanzi. Una crisis que, como todas, genera vacíos propicios para mutaciones, reajustes y recomposiciones. El Movimento 5 Stelle (M5S) y la Lega Nord son los principales ganadores de ese reajuste del tablero y van camino de conformar un gobierno sin precedentes en un país central de la UE.

Ambas fuerzas representan no solo el derrumbe de los principales partidos nacidos del Tangentópolis, la crisis del sistema político de los 90, sino también la reactualización de la “cuestión meridional”, esa brecha norte/sur que tanto abordó Gramsci y, sobre todo, el desplazamiento general del pivote de la acción política hacia el lado derecho del tablero ideológico. Hoy Italia, como el resto de Europa, vive una derechización de la agenda pública, de los actores políticos involucrados en el debate político e incluso del voto protesta o anti-establishment.

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Aunque muchas veces se presenta a Italia como una excepción europea, en realidad se asemeja más a un laboratorio político donde se experimentan procesos que luego se extienden por el resto del continente. Ya lo vimos por ejemplo con el berlusconismo hace años, entonces tan excepcional y hoy tan normalizado en tantos países europeos. Y al igual que ocurrió hace justo un año en Francia, la competición electoral ha vuelto a estar monopolizada por dos fuerzas políticas outsiders del bipartidismo tradicional y que pugnan por reorganizar los relatos, los códigos y las propuestas programáticas para el próximo periodo. La diferencia entre Francia e Italia es que, a diferencia del macronismo, nueva apuesta del europeísmo neoliberal para recomponer el extremo centro, en el país transalpino ninguna de las dos nuevas narrativas políticas en cabeza representa, al menos a priori, una opción viable a corto plazo ni para las élites de Bruselas ni para las de Roma. Pero vayamos por partes, caracterizando cada pieza y luego analizando su engranaje.

Con su llegada a la Secretaría General del partido, Matteo Salvini impulsó un proceso de lepenización de la Lega Nord: las históricas reivindicaciones regional-nacionalistas padanas dejaron paso a un discurso nacional populista en clave xenófoba para el conjunto de Italia. La Lega perdió el norte para ganar el país, en una meteórica ascensión electoral que le ha llevado del 4% de los votos en 2013 al 19% en estas últimas elecciones (y con sondeos que le sitúan ya cerca del 25%). Pero más allá de los votos y escaños que haya podido recoger con este cambio de escala, su gran éxito ha residido en la que es la clave para interpretar el ascenso de las nuevas extremas derechas en toda Europa: su capacidad para marcar la agenda política general, para condicionar los códigos y acciones del resto de partidos, para lepenizar la vida pública en resumen.

Si la Lega ya consiguió que la inmigración y la seguridad se convirtiesen en el eje central, por no decir el monotema de la campaña electoral, ahora ha logrado impregnar de xenofobia y autoritarismo el pacto de gobierno. Durante las negociaciones, Salvini dijo que el nuevo gobierno solo se conformaría si la Lega contaba con riendas libres para luchar contra "el negocio" de la inmigración “ilegal” (sic). Si nada cambia, en pocos días tendremos el Gobierno italiano más duro contra la inmigración desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un paso más en la normalización europea del discurso, propuestas y medidas de la extrema derecha. Lo que hace solo una década sería impensable, hoy se instala como una pieza más del panorama político.

Por su parte, el M5S, principal vencedor de las elecciones, nos muestra de nuevo los riesgos de seguir agrandando y readaptando la brecha abierta por el berlusconismo como vía para ocupar los vacíos dejados por la caída de los grandes partidos tradicionales, agregando nuevas mayorías en torno a cuestiones difusas y cambiantes que no atacan los verdaderos problemas sociales ni mucho menos sus causas, función que ocupan los chivos expiatorios sustitutivos. Una oligarquía reducida a una casta folclórica, un creciente discurso anti-inmigración y, ahora, una vertiginosa transición desde el euroescepticismo, hasta hace poco eje central del partido, a reclamar en el acuerdo de gobierno "el pleno cumplimiento de los objetivos del Tratado de Maastricht”. Una desorientación post-ideológica que se vuelve arcilla fácilmente maleable en manos de una Lega firme y con hegemonía creciente.

Y es que el M5S se asemeja más a una empresa privada que a un partido político. Beppe Grillo es el propietario de su marca, mientras la Casaleggio Associati gestiona su blog personal y toma todas las decisiones organizativas y estratégicas que conciernen al Movimiento. El M5S encarna y anticipa la traducción en el ámbito político del modelo del “capitalismo digital” caracterizado por una amplia y continua participación desde la base (de usuarios, consumidores, activistas en las redes sociales) y por una reducción piramidal en la cúspide. Una masa de individuos llamados a hacer clic cotidianamente en sus ordenadores y smartphones para votar decisiones poco importantes e impulsadas desde las altas instancias, mientras que la toma de decisiones estratégicas está confinado en lugares invisibles y entre poquísimas manos. Un ejemplo perfecto de cómo las retóricas sobre la participación pueden ser utilizadas para diseñar soluciones autoritarias.

El M5S y la Lega han llegado a un acuerdo de gobierno repleto de retórica proteccionista y neodesarrollista, con promesas contra lo tratados comerciales y europeos más neoliberales y en favor de la inversión estatal y las medidas de corte social, pero cargadas todas de fiscalidad regresiva, un enfoque xenófobo transversal (los italianos primero) y poca concreción. Demasiada poca para los baches que se esperan. Italia es el país europeo que más financiación necesitará durante este año. Nada menos que 215.000 millones de euros solo para financiar los vencimientos de deuda y los intereses del sector público. Sumado al resto de desequilibrios acumulados, hoy es probablemente el Estado Miembro más vulnerable a un 'shock' derivado, por ejemplo, de una previsible subida de los tipos de interés. Dificultades que podrían aumentar ante la inminente retirada de estímulos del Banco Central Europeo, prevista para septiembre. En este contexto, los inversores han sido claros: si Italia quiere desafiar a los mercados, se enfrentará a un órdago. Acto seguido la prima de riesgo no ha dejado de aumentar.

Pero en el acuerdo de gobierno no hay un plan B para un escenario en el que toda esa desobediencia anunciada a las reglas fiscales de la Troika, imprescindibles para sufragar medidas de aumentos del gasto como el “ingreso ciudadano”, no pueda finalmente darse. Y ya sabemos cómo suelen terminar las batallas entre los discursos nacionales anti-establishment y la rigidez de las políticas monetarias comunitarias. Pero tampoco hay medidas detalladas sobre cómo se conseguirían muchas de las reformas populares anunciadas en el campo de las pensiones o del sistema bancario.

Donde sí hay concreción es, sin embargo, en la construcción de nuevos centros de internamiento de extranjeros, en la revisión de las misiones de salvamento marítimo en las costas italianas, en el aumento de la criminalización de las ONG de rescate en el Mediterráneo y en la expulsión de 500.000 migrantes. Qué casualidad.

Un acuerdo de gobierno tan liberal como populista, por mucho que les chirríe esa articulación a los voceros del extremo centro. Y precisamente por ello, presiones internacionales y financieras mediante, muy probablemente terminará siendo un gobierno asumible por la UE y la UE un sapo asumible para el nuevo gobierno bipartito. Porque la retórica populista se traga mejor cuando se acompaña de una buena ración de real politik compatible con el austericidio neoliberal y el refuerzo de la Europa Fortaleza.

Y hoy todo apunta a que esto terminará sucediendo. Primero, porque la Lega ya gobernó durante nueve años con Berlusconi, apoyando las mismas políticas que hoy la UE exige a Italia. De hecho, las élites europeas ya habían rehabilitado y avalado la candidatura de Berlusconi en marzo, que se presentaba en coalición con la propia Lega sin que ello hiciese chirriar ningún cristal en Bruselas o Frankfurt. Segundo, porque el M5S necesita tocar gobierno a cualquier precio antes de que se le pinche un globo que sus propios dirigentes saben tan volátil como temporal.

De ahí que en Italia vayamos camino de encontrarnos con un gobierno y unas políticas de corte Lib-Pop (liberal-populista). Aunque, para ser exactos, cabría afinar un poco más y definir este liberal-populismo como una articulación de neoliberalismo y populismo xenófobo. Y ahí están para demostrarlo las dos medidas estrellas del pacto de gobierno: impuesto único y repatriaciones masivas de migrantes. Una articulación cada vez más común en Europa y cada día más compatible con la UE realmente existente.

Para que se lo hagan mirar quienes aún siguen pretendiendo marcar una línea roja entre el liberalismo europeísta de Macron y el nacionalismo xenófobo de Le Pen (y sus correspondientes aliados y contrapartes europeas). Bajo esa dicotomía tramposa se esconde un binomio cada vez más engrasado y que, en Italia y en Europa, va camino de marcar los grandes ejes políticos del próximo periodo. Berlusconismo y lepenización caminan hoy de la mano en Europa, reforzando a Maastricht y a la Europa Fortaleza como dos caras de la misma moneda. Y en Italia, un país central de la UE y de la zona euro, vamos camino de tener un nuevo gobierno que beatifique esta nueva Gran Coalición. Tomemos nota porque el enemigo está mutando y, por ahora, va ganando.