Villamizar, experto en guerrillas: “Hay que educar a Colombia para que abra los brazos”

El politólogo colombiano Darío Villamizar ha dedicado buena parte de sus investigaciones a buscar matices, gradaciones, distintas voces de la historia de su país. Ha elegido un campo complejo como el conflicto armado en Colombia y la construcción de la paz. En su último libro, titulado Las guerrillas en Colombia, hace un repaso a 70 años de un capítulo que ha dejado 200.000 muertos y que ahora intentan cerrar. 

Esta semana, ha aterrizado en Madrid para presentar su obra en el espacio La Morada, de Podemos. Con las elecciones colombianas de fondo, charlamos con el escritor sobre el acuerdo de paz con las FARC, la evolución de las guerrillas y la complejidad de configurar un relato justo y verídico que incluya las voces de víctimas y victimarios.

—Usted condensa en su libro 70 años de actividad de las FARC, ¿qué le ha dado y qué le ha quitado esta parte de su historia a Colombia?

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—No son muchos los balances que se han hecho sobre 70 años de lucha armada en Colombia. Es uno de los países donde más duración tuvo la guerrilla. Es un caso casi único. Algunas guerrillas, como las FARC, estuvieron durante todo ese periodo. Si pensamos en lo que han dejado en Colombia, yo me remitiría a la Asamblea Constituyente de 1991, que cambió la Constitución política de un país con 104 años de vigencia. Un tercio de los miembros de esa asamblea fueron de un partido que se llamaba Alianza Democrática M-19, resultado de la desmovilización de una de las guerrillas más importantes de Colombia. Las guerrillas, en general, estuvieron interesadas en buscarle una salida política al conflicto armado. Ha sido un proceso bastante largo y complejo. Piensa que ya 1984 las FARC firmaron un primer acuerdo. Hasta el final transcurrieron 32 años. También había una búsqueda de la profundización de la democracia. Si volvemos a los 50, encontramos dos partidos, liberal y conservador, que eran los únicos que participaban en la política.

También hubo aspectos muy negativos. En Colombia, hay 220.000 muertos, 60.000 desaparecidos y 8 millones de víctimas, ya sea por desplazamiento, tortura, reclutamiento de menores... Hoy estamos buscando que la negociación se profundice con el ELN.

—¿Qué ha cambiado para que nos estemos aproximando al fin de las guerrillas en Latino América?

—Hay factores propios de cada país y otros externos. Yo ahora estoy haciendo un estudio sobre guerrillas en América Latina. Ha habido aproximadamente unos 427 grupos entre 1959 y la actualidad. Hoy contabilizo que 14 siguen en armas. Hay factores propios de cada uno de los países y aperturas democráticas. En los 70, hubo una ola de regímenes militares y luego hubo progresos democráticos, aunque no siempre significaron una mejora en las condiciones económicas de la gente. La represión también golpeó a los movimientos guerrilleros. Después, en los 90, se abre un panorama de negociaciones políticas.

—Este domingo hay elecciones en Colombia, ¿hay incertidumbre por si un nuevo Gobierno puede alterar los acuerdos de paz en Colombia?

"Del acuerdo con las FARC, solo se ha cumplido entre un 15 y un 20 de lo pactado"

—El acuerdo que firmaron las FARC y el Gobierno en 2016 ha tenido un desarrollo bastante lento. Se calcula que solo se ha cumplido entre un 15 y un 20 de lo pactado. Algunos candidatos, como Iván Luque, que va en cabeza, han dicho que le haría reformas a ese acuerdo y tememos que esto pueda significa una regresión. Otro de los candidatos, como Gustavo Petro, se ha comprometido a mantener los términos del acuerdo, a profundizarlo y a cumplirlo. Hay varias posiciones.

—¿Cuánto pesa la cuestión de la paz en el voto de los colombianos?

—En estas elecciones, el tema de la paz no gravita sobre la decisión de los ciudadanos. Hay una parte importante de colombianos que está en contra del acuerdo, pero no es un factor que esté movilizando la opinión del ciudadano para determinar su voto. Los candidatos se refieren a ella cuando hay una coyuntura específica.

— ¿Le sorprendió que en el referéndum sobre el acuerdo de las FARC saliera el no?

— Sí.

— ¿Y qué pasó?

— Ésta es una apreciación personal. Para mí hay dos factores. El primero, es que los del sí estábamos muy confiados. ¿Quién iba a decir no a la paz? Quizá nos faltó acción. El segundo factor fueron las maniobras de la derecha, la manipulación que ellos hicieron de la información, que fue reconocida pocos días después por el jefe de la campaña del 'no'. Metieron el temor sobre el castrochavismo. La sorpresa fue general, incluso para los que votaron por el no.

— Le leo una frase que dijo el otro día el presidente Juan Manuel Santos en una entrevista en el diario El Mundo. "La dificultad de estos procesos es saber dónde trazar la línea entre justicia y paz", ¿está usted de acuerdo?

— Sí, la Justicia Transicional significa eso, que se aplica de manera diferente a la orrdinaria. Esta pensada para un periodo corto, en el que se requiere sacrificar un poco de Justicia para alcanzar un bien supremo como la paz. En el caso colombiano no es la primera vez que se aplican sus principios. Hay negociaciones políticas desde los 90 con la guerrilla del M-19, al que se le concedió un indulto. En procesos posteriores, como en la desmovilización de paramilitares en 2005, 2006 o 2007, también hubo condiciones especiales, como las penas máximas entre los 5 y 8 años. Son elementos necesarios para poder transitar hacia la paz.

— Salvando las enormes distancias, en España hemos tenido un proceso de disolución con el terrorismo de ETA. Ahora los políticos están hablando de la lucha por el relato y creen que el próximo reto es que no se imponga uno sobre otro, ¿es bueno que haya un único relato que transmitir a la siguiente generación?

"Hay un relato de los victimarios que es necesario"

— No, no creo que sea bueno que haya un único relato. Hay un relato de los victimarios que es necesario. Ellos no son solo los que se levantaron en armas, también hay victimarios en las élites políticas y económicas del país. Creo que ellos deben acudir también a la Comisión de la verdad. Pero hay otros relatos fundamentales, que son los más sanadores, y esos relatos son los de las víctimas. Estamos hablando de 8 millones de víctimas y distintos tipos de victimización. Tenemos que conocer lo que pasó y el gran drama que se formó a partir de esto. Un relato único en el caso de Colombia sería muy negativo.

— Usted hace un relato por etapas de las guerrillas. Hay otro periodo importante: la Revolución cubana, ¿cuál fue la influencia real de la revolución?

— Sí, en distintas etapas hubo distintas influencias.La historia de las guerrillas va de la mano del triunfo de la Revolución Cubana en 1959. En el caso colombiano, yo sitúo su origen unos años atrás, al asesinato de Gaitán en Bogotá en 1948. En los años más tempranos, Cuba buscó que la revolución se reprodujera en otros países y esto se materializó en el Departamento de América. Pero hay otras influencias internacionales muy motivadas por lo que fue la división del movimiento comunista internacional. Los soviéticos por un lado, los chinos por otro lado, los coreanos por otro lado, cuba por otro lado y cada uno de esos centros de poder cada uno quería tener cierta influencia e injerencia en el movimiento revolucionario de los países.

— Usted conoce el M-19 desde dentro. Ya han pasado muchos años desde la desmovilización y ha podido reposar y reflexionar los recuerdos, ¿ha cambiado en algún sentido su opinión sobre esta organización?

— No, no ha cambiado. Más bien se ha reafirmado. Creo que el M-19 tuvo 16 años de vida política en armas y otros años de vida política legal. Como en cualquier organización donde hay seres humanos, tuvo sus aciertos y sus fallos, pero en ese momento fue fundamental el proceso de apertura democrática. El M-19 se levantó en armas a partir de un fraude electoral que hubo el 19 de abril de 1970. Ese día, los partidos tradicionales le negaron el triunfo al general Rojas Pinilla y hubo un gran levantamiento popular, pero finalmente se impuso un fraude. Esa es la razón por la que un grupo de jóvenes se levanta en armas para luchar contra esa antidemocracia. Con el paso del tiempo, fuimos encontrando espacios de apertura. Eso terminó en una Asamblea Constituyente en 1990 y eso nos cautivó mucho más que las armas. Por eso se dejaron, no por una derrota militar.

— ¿Cómo cambia el día a día de una persona que se desmoviliza?

— En el caso del M-19 no fue tan traumático porque éramos una guerrilla entre urbana y rural con más énfasis urbano. Es cierto que durante esos años algunos tuvieron que dejar estudios y familia e irse al monte, pero no fue tan dramática para los que estamos en función del trabajo político. Otros estaban en la guerrilla rural y para ellos fue más difícil. En el caso del M-19, fue muy positivo que hiciéramos un tránsito inmediato de la guerrilla a participar en elecciones. Nos desmovilizados el 9 de marzo y el 11 ya estábamos participando en los comicios. Eso compactó al grupo. Cuando hay un proceso de desmovilización sin un proceso político por medio, la dispersión es mayor. Creo que hoy es lo que le ayuda a las FARC a mantener la cohesión interna. Ellos se convirtieron en un partido político y se presentaron a las elecciones, aunque no les fuese bien. Hay factores adversos del incumplimiento de lo pactado con el Estado, pero en estos proceso hay que buscar la cohesión a partir de la vida política. Cambiar las botas por los votos.

— ¿Usted cree que si el acuerdo no se cumple en el futuro hay alguna posibilidad de que las FARC vuelvan a las armas?

 "El excombatiente necesita certezas en la vida civil porque la incertidumbre es mucha"

— No, creo que no se dan las condiciones. Están haciendo un proceso de inserción en la vida política, pero hay aspectos que están fallando por parte de las instituciones. El proceso de la reincorporación de los excombatientes no se está dando con la celeridad con la que debería. Al excombatiente hay que brindarle una posibilidad real de inserción productiva. El Gobierno les está dando una serie de ayudas económicas, pero más allá de eso, el excombatiente necesita certezas en la vida civil porque la incertidumbre es mucha. Hay rechazo social, desconocimiento, exclusión. Eso está latente. En eso tiene responsabilidad el mismo grupo, pero también el Estado colombiano, que debería preocuparse porque el proceso de reincorporación sea más incluyente. Hay que educar a la sociedad colombiana para que abra los brazos, no para que los cierre, que es lo que sucede en este momento.

—¿Sigue partida la sociedad?

— En el tema de la paz es una sociedad dividida. Si queremos reconciliar y que se conviva en paz, la sociedad tiene que empezar a encontrarse y reconocer al otro. Son 11.000 excombatientes. No es una cifra lesiva para la sociedad. Es un grupo humano pequeño y ubicado con el que se puede trabajar.

— Entonces, ¿qué evaluación hace usted de la gestión de Santos?

— Creo que él, como persona, se la jugó por la paz. Estaba convencido de que esto había que hacerlo. Se encontró con una guerrilla que necesitó negociar porque había sufrido golpes muy fuertes. Santos ha sido un hombre comprometido, pero no ha logrado que la Administración y el Estado colombiano marchen de la misma manera. El Congreso va por otro lado. Tenía la responsabilidad de convertir ese acuerdo en leyes y no ha cumplido ni el 20%. Por otra parte, hay trabas administrativas que han impedido que esto se lleve a cabo. Y tercero, las instituciones del Gobierno que tienen en sus manos los recursos no han actuado con celeridad. Si todo eso sucede, es porque ha faltado una mano más ejecutoria del presidente. Él debería tener en sus manos las riendas.