Argentina, 2001, 39 muertos: “Había que transformar a las víctimas en culpables”

  • Charlamos con la directora de '39, el documental', Ayelén Valézquez, sobre la represión policial que vino aparejada de la crisis económica y política de Argentina.

Ayelén Valézquez tenía 16 años y estudiaba secundaria. El 20 de diciembre de 2001, festejaba su cumpleaños en casa. Su madre puso el televisor: “Vamos a celebrar el cumpleaños, pero también vamos a ver lo que está pasando”. Por la pantalla pasaban imágenes de la masacre de Plaza de Mayo, que dejó cinco muertos. No serían los únicos. Más de quince años después, Valézquez, ya convertida en una periodista radiofónica, volvió a zambullirse en la historia de los 39 asesinatos que dejó el colapso económico y la posterior represión en Argentina. Narra ese frenético capítulo en ‘39, el documental’, que se proyectó el pasado jueves en la Cineteca de Matadero de Madrid, dentro del Festival de Cine Político dirigido por Mujeres.

En 2001, Argentina se convirtió en el espejo en el que ningún país con problemas financieros quiere mirarse, pero el origen hay que buscarlo mucho antes. Valézquez lo sitúa en los 90 con las privatizaciones y la Ley de Convertibilidad de 1991, que establecía una relación cambiaria entre el peso argentino y el dólar. En 2001 llegarían “el estallido”, el corralito, los saqueos a los supermercados, el Estado de sitio y la represión policial. Los argentinos llenaron la Plaza de Mayo al grito de “que se vayan todos”. En medio del caos y del desgobierno, el presidente Fernando de la Rúa decidió dimitir. Salió volando en un helicóptero desde la Casa Rosada, dejando a los argentinos sumidos en el caos.

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Todo aquello llegó a los titulares de la prensa del otro lado del océano, pero Valézquez indaga en las heridas sociales que dejó la mala gestión y a las que los medios le prestaron menos atención: las muertes derivadas de la violencia del Estado. “Yo crecí con la imagen de la Plaza de Mayo pero sin saber los hechos que habían acontecido en el resto del país. Las historias de los muertos del interior se desconocen absolutamente, excepto el caso de Claudio Pocho Lepratti porque un cantante muy reconocido en Argentina, León Gieco, le dedicó la canción ‘ El ángel de la bicicleta’.

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La directora repasa una a una las historias de los muertos con un objetivo: “Que la víctima no se convierta en el victimario” y que las preguntas no sean por qué estaba en la plaza, por qué no se quedó en casa o por qué fue ese día al supermercado, sino quién lo mató y cuánto cumplirá de condena.

Sin el apoyo de la embajada Argentina, Valézquez presentó en la Cineteca de Matadero de Madrid su documental. Charlamos con la periodista, que llevaba el pañuelo verde en apoyo a la lucha por el aborto que continúa en su país.

– ¿Quiénes son estas 39 personas y por qué decide centrar su documental en ellas?

“Durante 15 años no hablamos de lo fundamental: la parte humana de 2001”

– Porque la Historia se centra en contar lo que pasó en el plano económico. Si yo te pregunto a ti qué pasó en Argentina en 2001, me dirás que hubo un corralito y que la gente se quedó sin plata y se desabasteció a los asalariados. Economía. Nos dimos cuenta de que durante 15 años no hablamos de lo fundamental: la parte humana de 2001. Esa historia de alguien que no tiene nada para comer y cuando va a buscar algo termina muerto. Escucharás mil veces la expresión “estallido económico” refiriéndose a Argentina, pero no escucharás hablar de los muertos.

– Me ha sorprendido que durante el coloquio, usted, que es periodista, invite a consultar las redes sociales para informarse, ¿cuál fue el papel de los medios de comunicación en 2001?

– Tapar e invisibilizar, por eso estas historias quedaron sin contar. Nosotras distinguimos dos papeles que desarrollaron los medios. En 2001, para mucha gente eran un lugar de refugio. Ponían anuncios del estilo “me faltan zapatillas, llame al…”. La radio o la prensa se usaban como canal de necesidad porque había mucha demanda social. Por otro lado, los medios a nivel nacional contaban la parte que les interesaba. [En los saqueos] verás muchas imágenes de gente que carga electrodomésticos y pocas de personas que cargan alimentos o de gente que, como en el documental, dice que tiene que prostituirse para dar de comer a sus hijos. Hay personas en Buenos Aires que me han dicho que las imágenes que aparecen en el documental no las vieron nunca, y es gente informada.

– Es usted muy crítica con el discurso que se creó durante los saqueos que enfrentaba al pobre contra el trabajador de la tienda o el supermercado.

“La orden era  transformar a las víctimas, los muertos, en victimarios”

– Es el pobre contra el pobre. Para mí es muy importante porque corre el eje de la información. La orden era  transformar a las víctimas, los muertos, en victimarios, en culpables. Había que decir que eran ladrones o estaban armados o que protestaban violentamente, así se justificaban las muertes. Y sigue pasando. Las muertes se justifican por quién era la víctima en lugar de por el hecho, dónde ocurrió, qué pasó… Nadie puede justificar la muerte de un hombre, una mujer o un niño por las balas policiales. La policía no puede dispararle a la gente. No está para eso. No está para decidir cuando vives o cuando mueres, sino para que tú sigas viviendo porque son los responsables de la seguridad. Por eso, había que tapar esa información. A muchas personas les dijeron que iba a haber mercancía y luego no se la daban. Es probable que si tú ves a tu hijo llorando de hambre vayas a cogerla porque te la habían prometido.

– Las siglas FMI remiten a Fondo Monetario Internacional, ¿pero tienen otro significado para una argentina?

– El empobrecimiento. Tras firmar el tratado, el FMI puede tomar decisiones por tu país, ese es el negocio. Prestarte dinero, cobrar intereses y juntar más plata. En los países latinoamericanos, el FMI es un destructor de sociedades porque empobrece al que es más pobre.

– En el documental traza una línea muy clara entre dos clases sociales: los pobres y la clase media, incluso, tuvieron dos formas distintas de protestar: las calle y las caceroladas.

– Fue una línea muy clara. Durante el 2.000 ya empieza una crisis económica fuerte. Los 90 fueron el inicio del estallido con el presidente Carlos Medem, un gobierno saqueador del Estado, que adquirió mucha deuda y dejó un país vacío con alto nivel de desempleo y pobreza. Fernando de la Rúa después se vendió como el cambio y terminó sucediendo que en 2000 y 2001 el que era pobre, se volvió más pobre, el desempleado no encontró trabajo y el que lo tenía lo perdió. Los pobres se manifestaron durante 2001, salían a las carreteras, hubo una asamblea general que paralizó el país. Pero no se sumó la clase media-alta a ese pedido de “que se vayan todos” hasta que no llegó el corralito, que es cuando los ahorros se quedaron dentro del banco.

– Es una visión dura sobre la clase media y sobre su egoísmo.

– En la clase media alta hay gente buena y solidaria, no generalicemos. Pero la clase media-alta no entendió la demanda popular previa hasta que a ellos no les tocaron su propio bolsillo.

– Hay un patrón que se repite en varios casos que aparecen en el documental. Un ciudadano escucha un llamamiento para ir a un lugar donde habrá comida, llega allí y no se encuentra con alimentos, sino con una furgoneta llena de policías.

– Sí, es terrible. Es una secuencia de película. Nosotras no sabíamos que ocurría eso hasta que encontramos a los familiares de las víctimas y ellos nos lo relataron. Nos dicen ‘mi hermano había escuchado en la radio que a las 14.30 iban a entregar mercancía y cuando va, en el camión en lugar de alimentos salen policías’. Es impensable que alguien pueda ser tan cínico de, en lugar mandar alimentos para la gente que tiene hambre, mandar policías para reprimirlos. Nosotros fuimos a la fuente, los familiares y ellos nos precisaron datos sobre cómo llegaban, se abrían las furgonetas y salían policías armados disparando y atacando a la gente.

La directora antes de la presentación del documental en Matadero de Madrid. /Cedida

– Cuando acabaron de montar el documental y se lo quisieron enseñar a los familiares de las víctimas, tuvieron que llamar a personal médico por miedo a su reacción, ¿cómo vivieron ese momento?

–  Había un psicólogo y un médico en la sala. Había sido muy duro hacer las entrevistas. Quitamos las partes más horrorosas. Cuando una lloraba, parábamos, nos tomábamos un vaso de agua y después continuábamos. Si a ti te impacta siendo española, imagínate a una hermana, un padre o un hijo de una víctima. Antes de la presentación del documental, tuvimos una charla con los familiares en un lugar cerrado y les dijimos ‘no venís a ver una película, venís a ver vuestra propia historia. Podéis no entrar’. Dicidieron entrar.

– ¿Se ha hecho justicia con estas muertes?

– No. Después de 15 años, el presidente del país no tiene ningún cargo ni condena. Sin embargo, en 2001 alguien dio la orden de que había que disparar y la Policía lo hizo. La represión no duró solo un día. Los saqueos empezaron el 18 y la represión empezó esa noche en algunos lugares del país. De la Rúa fue el que tomó la decisión del Estado de sitio, pero a esa persona no la juzgaron nunca. Es cierto que a algunos funcionarios importantes del 2001 fueron condenados en 2016. Es la primera vez que en Argentina se juzga por una represión social a un funcionario por haber tomado decisiones, pero muchos quedaron sin condena y hay policías que siguen trabajando a pesar de haber matado. De Fernando de la Rúa no se habla. Lo echamos cuando dijimos “que se vayan todos”, ¿pero cómo no quieres que cumpla una condena por lo que ha hecho? Y no solo son los 39, hay padres y madres que enfermaron, que tuvieron que tener tratamiento psiquiátricos… No, no hubo justicia.