La otra cara de la novela gráfica

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Una de las ilustraciones de 'Moby Dick. La atracción del abismo'. / graphiclassic.es

Merece la pena destacar esta iniciativa de la editorial Ilarión en su colección Graphiclassic porque viene a demostrar que con cierta imaginación se pueden hacer libros de una calidad excelente y dar con una idea renovadora. Esta colección, que acaba de editar su número uno con un volumen dedicado a la ya clásica novela de Herman Melville, Moby Dick, la atracción del abismo, reúne una variada colección de ensayos en torno a esta narración e ilustrada con una enorme profusión de imágenes debida a dibujantes españoles de renombre y también aquellas referentes a la novela que han pasado a la historia gráfica de la literatura, vale decir, imágenes de primeras ediciones, fotografías del autor, de la época, dibujos de las miles de formas que ha adoptado la ballena, fotogramas de las películas basadas en el clásico…

Manejando el volumen cae uno en la cuenta de que en definitiva es la realidad en papel de lo que se había soñado para el libro digital, es decir, una serie de textos que enlazan con otros que suelen ser imágenes conformando un corpus en torno a un tema dado. Esta realidad la percibí en el CD que se adjuntaba a la hermosa exposición que se hizo de Walter Benjamin en el Círculo de Bellas Artes, donde los enlaces adecuados permitían que una palabra te llevara, pinchándola, a otra serie de textos o imágenes, otorgando un conjunto de datos y fotografías que daban una idea global de la figura, obra y entorno histórico en torno al pensador alemán. Pues bien, tiene gracia que esa idea nos venga ahora en papel como una especie de alternativa al auge de la novela gráfica, que arrasa en España en ventas y a la que no se le suele dar importancia porque se la encasilla de inmediato en el apartado de cómic, cuando en puridad tampoco lo es.

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Cubierta de la obra. / graphiclassic.es

Este primer volumen está dedicado a Moby Dick pero en la solapa se anuncia la aparición de La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson, el otro gran clásico de la literatura anglosajona de aventuras del siglo XIX. La idea, donde veo la mano de Luis Conde, uno de los mayores especialistas de cómic en España y que empezó cuando dedicarse a esto era pura marginalidad en un mundo donde lo cultural estaba dominado por una jerarquía un tanto rígida y académica que despreciaba todo lo que tuviera un tufo, aun fuera ligero, a cultura de masas, es magnífica y lo que se debería destacar es la inusual calidad desplegada para este tipo de cosas.

La nómina de los que han colaborado en el volumen abruma un tanto porque no es fácil juntar a los que muchos considerarían una extraña reunión de tirios y troyanos. Moby Dick lo ha conseguido. Desde Moncho Alpuente a Fernando Savater pasando por Arturo Pérez Reverte, Juan Madrid, Antonio Muñoz Molina, Raúl Guerra Garrido, Manuel Hidalgo, Juan Tébar o José Carlos Somoza, dentro de aquellos que se dedican a los textos,  a los que podemos añadir  Eduardo Naranjo, José Ramón Sánchez, el pintor José Hernández, Ricardo Martínez, que es autor de la portada, Federico del Barrio, Fernando Vicente, Vital García Tardón en la parte gráfica, y también , cerrando el círculo de admiradores de la ballena, cineastas como José Luís Garci, editores y críticos como Constantino Bértolo o Luís Roca Arencibia, que es un destacado especialista en audiovisuales.

El libro lo recoge todo todo, desde excelentes visiones de Melville y pertinentes significados en torno al mito de la ballena, a curiosidades dignas de una tertulia donde se come y bebe bien. Así, esa maravillosa anécdota en que los dos socios de la cadena Starbucks debatían que nombre poner a la empresa. Uno sugirió Pequod, en honor del barco ballenero, pero su otro socio le dijo que si pensaba que en algún momento alguien iba  a tomarse un café con ese nombre. Pee en inglés significa pis. Decidieron entonces ponerle el nombre del primer oficial del Pequod, el delicuescente Starbucks… en lo que los dos estuvieron de acuerdo desde el principio es que lo de Capitán Ahab era imposible.

Otras disquisiciones son más gozosas, como el verdadero significado del comienzo de la novela: “Llamadme Ismael…”, que ha dado lugar  a interpretaciones peregrinas pero cuyo significado en su brevedad es inquietante. Pero lo que causa un verdadero goce y que está bellamente ilustrado en el libro es la parte que trata de las versiones cinematográficas de la novela y su rosario de anécdotas en torno  a la de John Huston. Esta versión da lugar a dos hermosos textos, uno de Luís Roca sobre el rodaje de la película en Canarias, que se convirtió en un acontecimiento, con la inclusión de algunas fotos muy curiosas de Gregory Peck en las islas, y desde luego, el artículo de José Luís Garci, que es pura pasión por el cine, por Huston, por el mito de la ballena blanca y, por el mito de la película misma, donde se plantea hasta que punto esta película no podría achacársela a Ray Bradbury, que fue el guionista, habida cuenta de que, según Garci, la primera parte del guión es pura perfección formal y gran parte de los logros de la misma tienen mucho que ver con el particular mundo del autor de Crónicas marcianas.

Todo en el libro es del mismo jaez.  Respecto a las ilustraciones, sencillamente, hay que verlas.