Cinco cosas que quizás no sabías sobre el Muro de Berlín

Lucía Martín *

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Segmento original del Muro de Berlín expuesto en Leipzig con motivo del 25º aniversario de la caída. / Peter Endig (Efe)

Cayó el Muro de Berlín un 9 de noviembre de 1989, hace 25 años. El aniversario de su caída sirve para que vuelvan a correr ríos y ríos de tinta sobre esta pared separatista que empezó a construirse en 1961 y que a lo largo de 28 años provocó situaciones rocambolescas, algunas incluso causarían risa de no ser porque la maldita pared se llevó por delante la vida de más de 900 personas, sin contar a los heridos y las ristras de familias separadas durante años.

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Confieso que la primera vez que vi lo que quedaba del Muro, en la colorida East Side Gallery, quedé decepcionada: no sé por qué, en mis recuerdos de las imágenes retransmitidas por la televisión en 1989, en las que miles de berlineses se encaramaban a la pared y festejaban el final de un régimen, aquel bloque me pareció enorme, infranqueable.

Pero allí, frente a los magníficos murales que decoran los 1,3 kilómetros que recorren la calle Muhlenstrasse, el fragmento de pared más grande que aún sigue en pie, se me antojaba que aquella frontera no parecía tan tremenda al fin y al cabo. Error por mi parte. Y es que los coloridos graffitis sirven para darle a todo un toque más festivo, más turístico pero si quieren una imagen más fidedigna de lo que fue realmente el Muro mejor vayan hasta la calle Bernauer. Esta arteria es famosa porque allí fue donde un fotógrafo captó la imagen de un joven policía de fronteras de la RDA saltando sobre las alambradas para cruzar al oeste. Allí también, entre las calles Acker y Berg, está el museo del Muro, que atesora un excelente centro de documentación y justo enfrente, un trozo de la pared de hormigón tal y como fue: gris e inquietante.

El Muro no es uno, sino varios: se suele hablar del Muro, en singular, pero en realidad fueron varios. Hubo un muro de primera generación, poco más que una alambrada; después, una pared de segunda generación a la que siguió una de tercera, que se puso en marcha a partir de 1968 e incluso, los mandatarios planearon ampliarlo a finales de los 80, dotándolo de mayor tecnología. El entonces presidente de Alemania del Este, Honecker dijo en 1989 que el Muro seguiría existiendo durante 50 ó 100 años. De hecho, en 1988 se hicieron planos para lo que denominaron “un muro 2000 de alta tecnología”, una frontera con elementos de vigilancia electrónicos que hicieran fracasar cualquier intento de huida.

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El paso fronterizo de Invalidenstrasse el 5 de marzo de 1971 (arriba) y la misma zona el pasado 10 de octubre (abajo). / Roland Witschel y Lukas Schulze (Efe)

Se habla de la frontera exterior, pero ¿y bajo tierra? Las dificultades para cruzarlo eran cada vez mayores: perros, militares, zanjas anti-vehículos, cercas electrificadas, alambradas… Pero muy pocos se imaginan que bajo el suelo berlinés existían otros muros igual o más inaccesibles que el de la superficie. Viendo que escapar en la superficie resultaba harto difícil, los alemanes del Este se las ingeniaban para huir bajo tierra: alcantarillas, túneles, cualquier resquicio era válido para alcanzar la libertad. Y la RDA intentaba abortar cada nuevo intento de fuga, las cloacas de uno y otro lado estaban separadas por rejas, por ejemplo, e incluso se llegaron a llenar las alcantarillas de desperdicios que acababan siendo regurgitados poco tiempo después. Bajo tierra se construyeron hasta 75 puestos fronterizos de control. “El Muro cayó y tardó pocos años en destruirse, pero las fronteras bajo el suelo generaron más problemas ya que no se podía utilizar maquinaria pesada para eliminarlas, había que hacerlo a mano”, dice Brito Morales, de Berliner Unterwelten, asociación que realiza visitas a los subsuelos de la ciudad. Hasta 1996 no se eliminó el último control del subsuelo.

La línea divisoria también influyó en la organización del transporte público. Algunos trenes occidentales seguían circulando por el subsuelo oriental, por estaciones denominadas fantasmas en las que las paradas estaban prohibidas. En esas estaciones (Jannowitzbrücke, Bernauer Strasse, Unter den Linden fueron algunas de las quince que existieron), en cuyos andenes había militares armados, los vehículos aminoraban la marcha, situación que era aprovechada por ciudadanos del este para intentar colarse en ellos, ya que circulaban a unos 25 km/h. En Friedrichstrasse, en el sector oriental, confluían las líneas del este y del oeste. La estación fue conocida como el Palacio de las Lágrimas, y tenía un andén para la RFA y otro para la RDA. Los ciudadanos de la RFA podían hacer trasbordo hacia otros trenes, pero para los del Este ésta era la última parada.

El Muro se abrió por primera vez en la zona de la Puerta de Brandenburgo el 22 de diciembre de 1989, ante la presencia de miles de berlineses. En Berlín y sus alrededores se retiraron en total más de 100 kilómetros de pared de hormigón, más de 127 kilómetros de vallas de señalización y 300 torres de observación.

Una bebida de cola comunista sobrevivió al Muro. Muchos de los productos de consumo orientales dejaron de producirse al caer el régimen, otros, como el detergente Spee fueron adquiridos por marcas occidentales, como, en este caso, Henkel. Pero algunos siguen hoy vivitos y coleando, como Vita-Cola, un refresco que compite con la Coca-Cola por el primer puesto en algunas regiones alemanas. Fue la cola más consumida en la RDA. Empezó a comercializarse en 1958. Su fabricante llegó a contar con 200 plantas embotelladoras. Dejó de fabricarse al caer la pared separatista pero en 1994 una empresa de Turingia se hizo con los derechos y la receta de la bebida y volvió a lanzarla al mercado. Actualmente, pertenece a la empresa de aguas minerales Hassia, que sigue produciéndola, en su receta original (con toque a limón) y con otros sabores más exóticos, como Vita Brazil, que a buen seguro nunca imaginaron sus creadores comunistas.

(*) Lucía Martín es periodista.