Breve semblanza de un Mundial que agoniza

José María Mijangos *

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Caricatura pintada en las calles de Frankfurt con Lionel Messi y Thomas Mueller, dos de los indiscutibles protagonistas para la final del Mundial de Brasil este próximo domingo. / Efe

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En uno de sus momentos más lúcidos, el delantero inglés Gary Lineker urdió una frase que se repite como un mantra en toda gran competición: “El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania”. La selección española se había encargado durante el último lustro de poner en tela de juicio tal axioma hasta comprobar que las leyes físicas son inexorables y que, al final, todo vuelve a su cauce. Alemania no sólo gana, sino que arrasa en este mundial. Tras un ligero vahído contra los correosos argelinos, despertó del letargo frente a Francia y aniquiló a Brasil, como sacudiéndose una resaca que hay que domeñar para fichar en la oficina con entera lucidez. Los brasileños no habían terminado de cantar el himno y ya llevaban cinco goles en contra. No fue partido para prostáticos, es más, ni siquiera fue un partido, fue el Desembarco de Normandía en pleno Belo Horizonte. Con los cuchillos en las piernas, los teutones destrozaron la frágil defensa brasileira, que desde hoy renunciará a tener nietos para no tener que contarles tamaño desastre.

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Ha sido un mundial de contrastes, de quiero y no puedo. Como perfectos caballeros ingleses, los contendientes regalaban una parte para cada equipo, sin querer acaparar el dominio de todo el partido. Había tantos empates como victorias por la mínima. Hasta la primera semifinal, no hubo un dominador claro en el juego y la mitad de los encuentros se resolvían en la prórroga. Entonces los alemanes decidieron que la prórroga acarreaba demasiado desgaste y que para qué jugar ciento veinte minutos si lo podían resolver en veinticinco.

Grandes selecciones quedaron en el camino por desidia, indolencia o pura soberbia. España, que partía entre los favoritos, había dedicado la preparación del Mundial a burdos chivatazos en las ruedas de prensa y a ver a quién podía evitar compartir habitación con el nuevo, Diego Costa. Italia lo fió todo al genio de Balotelli, un proyecto de futbolista que intimida más a sus compañeros que al balón. Portugal representa el papel que se asignaba a España hasta hace casi un par de días: grandes jugadores y nula competitividad. Uruguay tuvo problemas con Luis Súarez e hizo millonario a su dentista e Inglaterra olvidó, como desde hace tantos años, que fue el país que inventó el fútbol. Las selecciones africanas, como en cada campeonato, aunaron el presumido talento y el atrevimiento con el habitual fracaso.

No obstante, hubo destellos en equipos con desigual historia como Colombia, que hizo un fútbol imaginativo y directo, con la nueva estrella James Rodríguez, uno de estos jugadores de los que todo el mundo conoce el apellido, pero son incapaces de asignarle un rostro o un equipo. Estados Unidos demostró ser el equipo corajudo de siempre y a México le robaron lo que no había declarado en la aduana. Hay otros equipos que sólo sabemos que han jugado el Mundial por las casas de apuestas, como Grecia o Japón, y otros, como Argentina, que con recurrente tozudez y con un tal Messi, se presenta en la final con tanta voluntad como poco fútbol.

Alemania o Argentina. El domingo conoceremos al nuevo rey del mundo. Y no habrá abdicación hasta dentro de cuatro años.

(*) José María Mijangos es escritor.