El tótem que nos llevó a la victoria final

José María Mijangos *

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El pívot español Pau Gasol machaca la canasta francesa durante la semifinal. / Juan Carlos Hidalgo (Efe)

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Todo comenzó en el cruce de octavos contra Polonia. El público francés se dejó la garganta abucheando a los nuestros como si setenta años atrás hubieran tomado París a la vera de Hitler. Pero no fue el otorrino de guardia el que hizo callar al levantisco público galo. Mediada la segunda parte, y encaminándose al banquillo al ser sustituido, un gigantón con cara de pocos amigos obró el milagro de trocar los abucheos en aplausos de admiración. Y en ese momento se convirtió en el tótem que nos llevaría a la victoria final.

Hasta entonces, la selección española había paseado su palmito con más pena que gloria, alternando partidos decentes, (Turquía, Islandia…), con auténticos fiascos, (Serbia e Italia…), y jugándose el pase a octavos frente a Alemania. Todos esperábamos que una llamada de la señora Merkel obligase a la derrota de los nuestros por mor de la deuda pública, y el gran Dirk Nowitzki pudiera finiquitar su carrera internacional con un par de partidos más mostrando su implacable rostro teutón. Pero no, en un final trepidante, los nuestros salvaron los muebles y se presentaron en los cruces con la incertidumbre del amigo ingenioso al que invitas a una fiesta y no estás seguro si va a desplegar su encanto y su mejor repertorio de chistes o a arramblar con las cucharillas de plata y ciscarse borracho en la alfombra del salón.

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Y es que de algo debe servir no partir como favorito y despertar a la estrella del equipo. Pau Gasol salió de su letargo, y se convirtió en un asesino en serie regando de cadáveres el camino. En los cuartos de final, y como claros perdedores en las apuestas ante la rocosa Grecia, apretó los dientes en otro final de infarto, se dirigió al banquillo con gesto dolorido, la espalda machacada, un piño bailando y el equipo buscando en su mirada la siguiente instrucción. Si en el partido contra Alemania, había retirado a Nowitzki de la selección, contra Grecia hizo lo mismo con Spanoulis. Cada partido era una muesca en el revólver. Sólo restaba retirar a Parker en las semifinales y quedaría en la historia como el mayor devorador de mitos.

Pero Francia era un hueso difícil de roer. Enemigo íntimo en casi todos los deportes, (menos en rugby y en petanca, qué le vamos a hacer), con colosos como Parker, Batum, Diaw, Gobert…, tenía todo a favor para merendarse a España. Un pabellón lleno, enfervorizado de espíritu patriótico, un árbitro portugués, sesenta comisarios de la Unión Europea con dietas y el viaje pagado y las gargantas de veintiseismil galos, bien regadas con pastis y pernod y dispuestas a convertir cada ataque de España en la batalla de Dunquerque. No era partido para cobardes. Alguno de los nuestros, como Mirotic, sucumbió al ambiente y se encerró en una concha de la que no saldría hasta la celebración. Siempre por detrás en el marcador, y a falta de seis minutos, Pau decidió que ya se había acabado la broma. Salió a la cancha, hizo un par de mates, empequeñeció diez centímetros a los rocosos pivots galos, puso orden en un ataque errático, metió todos los puntos y cargó de faltas a Gobert. Sólo le faltó pedir un whisky y pimplárselo en un contraataque. Los jugadores franceses aprovechaban para solicitarle autógrafos mientras le defendían, y alguno incluso pareció pedirle un selfie mientras machacaba el tablero. Fue una exhibición de juego y garra, de un veterano que veía cómo sus compañeros de generación iban cayendo y se negaba a seguir la misma suerte. El pobre Parker agachaba la testa resignado, el entrenador francés ensayaba rostro de pimiento morrón y Gasol seguía machacando el aro. Tras una prórroga cruel para los galos, terminó el partido con el triunfo de España y del mejor pívot de su historia.

En ese momento, cambiaron las tornas para las casas de apuestas y España volvió al papel de favorita. La siempre fiable Lituania ganó a Serbia, y una final ya vista volvía a repetirse. Los cronistas apelaban a la venganza del 2001, o el 2003 o 1997, cuando a uno le parece que Lituania se independizó anteayer. Kurtinaitis, Marciluonis, Sabonis, Garastas…, aparecen en el viejo disco duro de esta gran selección que nunca deja de renovarse y ser competitiva.

La final fue un pequeño fiasco. España metió una canasta y allí se acabó el partido. Podrían haber firmado el armisticio cinco minutos antes y habría sido lo mismo. Una Lituania acobardada y una España muy segura de si misma, con un Rudy saliéndose y provocando faltas de ataque, una resolutiva defensa en zona que ahogaba los ímpetus lituanos, y un dominio de los tiempos, hicieron que España nunca viese amenazada su victoria. A lo peor Lituania tiene parte de la deuda alemana y Merkel puso orden, nunca lo sabremos.

Lo curioso es que, mediada la primera parte, la megafonía pidió a los espectadores que dejasen de utilizar silbatos para protestar. Y es que, reconozcámoslo, a medida que avanzaba el Europeo, las gargantas francesas fueron quedando afónicas.

(*) José María Mijangos es escritor.