Salud, toros y ciudadanos

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Conozco a los toros. Me crié entre ganaderías de reses bravas. Con a penas ocho años tenía que cruzar con cierta frecuencia un par de veces al día, solo, campo a través entre las “vacas bravas” mientras éstas levantaban la vista del pasto y me miraban altaneras exhibiendo sus cuernos, amenazadoras. Aprendí a descifrar sus mensajes: si acababan de tener un ternero o sacudían la cabeza de pronto, si se movían inquietas o arañaban la tierra con alguna de sus patas, ¡peligro!, lo mejor era alejarse de allí.

Pero también, cuando niño, corrí a ver las corridas de toros en la televisión al salir de la escuela, como si en ello me fuera la vida. Me sabía de memoria la clasificación de los toreros según el número de corridas toreadas y trofeos; coleccionaba los cromos de las “figuras” taurinas: el Litri, el Cordobés, Jaime Ostos, Paco Camino, el Viti, Diego Puerta... Conocí (y creo que aún conozco) bastante bien el lenguaje del arte de torear: templar y manar, mantener la distancia, ejecutar la suerte de matar al volapié; cómo ha de darse un buen pase de pecho o un natural, cómo una verónica. Es decir, entiendo perfectamente a quienes, frente a los que abogan por la supresión de la fiesta taurina, ponen en la balanza de la justicia, pretendiendo que esta se incline a su favor, ciertos valores culturales, las tradiciones… Y mil cosas más. Todas lícitas, todas importantes, todas verdad. Una tradición de siglos que no dudan en exhibir para justificar el toreo. Pero, ¡ojo!, han de tener más cuidado al vestir a la “fiesta” con calificativos de arte. Porque ¿puede ser arte aquello que nace del daño, del ensañamiento, de la sangre vertida sin compasión, del sufrimiento de otro ser vivo?

Mas aquí toca hablar de salud; de salud mental, sobre todo. Porque la salud de la mente pasa, puede pensarse, por rechazar la violencia; cualquier tipo de violencia. Y pensando en este concepto, el de la salud mental, desaparecen las dudas. Entonces me pongo de parte de los toros y de aquellos que entienden que los festejos taurinos deberían suprimirse porque no son buenos para el espíritu; envilecen al ser humano y van contra la salud social; es como un cáncer que corroe al sistema. Nada que nazca de la violencia puede ser bueno o saludable; ni sano si procede de un acto en el que se celebra a la muerte… Aunque ésta sea la de un animal.

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Y las corridas de toros, es evidente, son un espectáculo, sin duda, perverso; un espectáculo que bien podría abochornar a un país de conscientes y responsables ciudadanos. Un fenómeno que se extinguirá algún día, si es cierto que la humanidad busca el progreso. Y, entonces, cuando esto suceda, los habitantes de la península Ibérica habrán subido un escalón más en su maduración y progreso; ésta estará habitada por personas mejores y más compasivas. Y también serán más sanas mentalmente. Es muy importante que como sociedad nos neguemos a hacer daño per se a cualquier ser vivo, incluidos los toros.

¿Pero que hay de los toros? ¿Cómo puede basarse nuestro goce en el sufrimiento de este animal? ¡Porque un toro sufre! Como sufre cualquier otro ser cuando tiene una herida, una indisposición, una enfermedad o una infección. Al toro herido le ahoga el dolor; se le nota en los ojos, en sus mugidos de ira o de abatimiento, en la angustia que expresa con la mirada; en los coágulos de sangre que le salen por la boca mientras va agonizando lentamente en la plaza. Y sufre antes, cuando le obligan a salir al ruedo, donde es jaleado por individuos insensibles y despreocupados de cuál es su sentir. Y sufre más cuando le engañan los toreros, le lancean con sus puyas los picadores, le clava las banderillas los banderilleros, les cose a pinchazos el matador de turno o les remata de una estocada que sale, si tiene un mal día el “maestro”, por ahí…

La salud del toro que no se alancea es la nuestra; la de la sociedad. La salud del toro en la dehesa es la que queremos para este país. ¿A qué viene, entonces, ese jalear en las plazas? Mientras la humanidad lucha contra la pena de muerte, contra la violencia, en este país miles de individuos se citan “a las cinco de la tarde” a jalear un sacrificio perverso. ¿A qué viene ese festín envilecido de sangre bajo la excusa del divertimento?  Cuando los humanos entiendan que cada ser vivo tiene su sitio en este planeta —un planeta, por cierto, que parece que estamos empeñados en destruir—, entonces habrá dado un paso importante a favor de su salud intelectual y mental y estará, eso es seguro, más cerca de la felicidad.

Así pues, sólo les queda una opción a aquellos que dicen perseguir el bien público: implicarse para desaparezcan las corridas de toros. Si lo hacer será un paso más en la dirección del progreso. Si no, ya se sabe, seguiremos siendo “raciales”, “pasionales” y otros calificativos peores que los viajeros ilustrados europeos de los siglos XVIII y XIX ya atribuyeron a este país, cuando escribieron sus crónicas. Hoy simplemente dirían que somos un “parque temático”. En fin, el mundo está en marcha y las corridas de toros son sólo un palo en la rueda que mueve la historia. Sí, a ver qué pasa. Digan lo que digan quienes la declaran un bien cultural.

3 Comments
  1. Mária says

    OLÉ!!!!

  2. fernandop says

    Muy suave, muy suave, pero ¡BUENO! Aunque a mí me pone más lo de la fiesta biodiversa. ¡Más madera!

  3. Ore says

    Efectivamente, yo también disfruté de los toros, aun no siendo de educación taurina, hasta que caí en la cuenta de que el espectáculo se basa en la lenta tortura de un animal hasta debilitarlo lo suficiente para poder darle muerte. Por eso ahora no sólo no tengo interés en verlos, sino que apoyo la abolición de las corridas.

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