La salud por esos mundos

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Un grupo de trabajadores canadienses, durante el descanso de mediodía. (J. Mayordomo)

No hay mejor espejo para verse reflejado, o para valorar lo que se tiene, que aquel que se nos muestra cuando viajamos por el mundo. Acabo de regresar de Canadá, donde he hecho un “pequeño” recorrido de 3.000 kilómetros —pequeño, si se tiene en cuenta que este país se acerca de Este a Oeste a los 7.000—, y todavía no salgo de mi asombro si recuerdo cómo comen por allí o cuando pienso en alguna de sus costumbres.

Al principio del viaje, en la visita a Nueva Escocia, descubrí con sorpresa, especialmente en Halifax, la capital, un elevadísimo porcentaje de gente, de todas las edades, con obesidad mórbida. Nunca, ni siquiera en el Bronx de Nueva York, había visto a tantas personas con tantos kilos de más; tan exagerado es el volumen y el peso de estos canadienses, descendientes de aquellos pioneros ingleses y franceses que llegaron a estas costas en los siglos XVI y XVII, que, en muchos casos ya, la deformación de sus cuerpos descomunales (¡son unos gigantes!) les imposibilita para desplazarse normalmente, si no se en silla de ruedas o en coche.

El coche, precisamente, en cuanto a salud se refiere, es uno de los inconvenientes que tiene este gran país. Nadie da un paso jamás; todo se hace en coche o desde el coche; hasta sacar dinero de un cajero lo hacen algunos sin bajarse del coche. La propia organización social y urbana “invitan” a utilizarlo continuamente, aunque sólo sea para acercarse a “la esquina” a tomar un café. En este mes largo de viaje, con interminables y continuas caminatas, como puede suponerse, he podido constatar casi a diario, varias veces cada día, cómo los canadienses se sorprenden cuando se les pregunta por tal o cual lugar (museo, monumento, plaza o restaurante) al ver que uno pretende hacer el recorrido andando. Su desprecio por el “arte de caminar” o su falta de hábito para practicarlo, sencillamente hace que reciban con aspavientos de desaprobación cualquier propuesta de recorrer a pie los trescientos, cuatrocientos, o medio kilómetro que separan al viajero de su objetivo.

La peculiar forma de viajar que practicamos (suelo hacerlo en compañía de otras dos personas), nos ha llevado, en esta ocasión, a las universidades canadienses. Hasta en seis de estos centros docentes hemos residido y pernoctado algunos días. Las residencias universitarias son más baratas aquí que los hoteles y para, nosotros, además, ofrecían otras ventajas. La sorpresa en varias de ellas, en los apartamentos que alquilábamos (dos dormitorios, baño, cocina...), fue comprobar que en la cocina no había fuegos para cocinar; solo un microondas... Es decir, los estudiantes canadienses que residen aquí durante el curso, no saben, no quieren o no tiene costumbre de guisar, por lo que se ve. Algo que no debería extrañar a quien viaje por Canadá, pues, a poco perspicaz que sea en su deambular por el país, descubrirá enseguida que los supermercados y otros establecimientos hosteleros están atiborrados de platos precocinados y que la gente de este maravilloso y vasto territorio vestido de bosques, ríos y lagos, no siente reparo en desplazarse con una cajita de comida rápida en la mano a cualquier hora del día. La dieta equilibrada aquí, sospecho, no es algo que importe demasiado.

Una de las secuencias vividas que más me impresionaron durante el viaje, ocurrió en Montreal, cuando un día a la hora del almuerzo —en Canadá, lo habitual es almorzar entre 11 y 12,30 horas de la mañana—, asistí al concierto “de verano” que dio en directo la cantante, de origen venezolano y afincada en Quebec, Soraya Benítez, en la plaza de Bleury. El concierto estaba destinado a amenizar el almuerzo de los cientos de empleados de oficina, comensales a esa hora, que se dan cita en la plaza cada día, en verano. Ver como salían por decenas de aquellos rascacielos de acero y de cristal, la mayoría elegantemente vestidos, con su cajita de comida en la mano, dejándose caer sobre el césped, apretujándose cinco o seis en un banco, sentándose de cualquier forman en el bordillo de la acera, sobre el alcorque de los árboles o en reborde de la fuente que hay en la plaza, fue todo un espectáculo, para mi chocante. Y al final, cuando Soraya Benítez interpretó con su singular vozarrón y pasión el “Gracias a la vida que me ha dado tanto...” de la inolvidable Mercedes Sosa, pensé que si el progreso era esto, mejor no progresar (o progresar menos) a cambio de alimentarse de otra forma más sensata y con alimentos de más calidad.

Tengo la impresión de que, en Canadá, miles de personas comen mal cada día. Tampoco he visto a mucha gente haciendo deporte. Lo que sí he visto y comprobado es la saturación permanente de las autopistas; no importa que tengan cuatro o más carriles en cada sentido. Está claro que aquí se va y viene en coche particular a todas partes... Y sirve esto como ejemplo, también, para explicar lo enormemente caro que es el transporte público (autobuses y trenes) en este país. La explicación que nos daban los propios canadienses, cuando surgía este tema, era que “el transporte público es muy caro porque la gente no lo utiliza; todo el mundo viaja en su coche. Pero hay que mantenerlo”.

De todos modos, los centenares de comensales de la plaza de Bleury, en Montreal, a los que he eludido antes, bien pueden felicitarse por tener la oportunidad de almorzar al aire libre mientras escuchan un concierto. Otros millones de canadienses más almuerzan cada día uno o dos pisos bajo tierra, en esos food courts característicos de las grandes metrópolis anglosajonas. En los países desarrollados: Estados Unidos, Canadá, Australia..., miles de miles de individuos se dan cita para almorzar en estas agrupaciones de restaurantes en las que no hay país ni tendencia culinaria que se precie que no estén representados. Las food courts son esa plaza pública o gigantesco restaurante —un mosaico de tradiciones culinarias llegadas desde cualquier rincón del mundo— en el que la necesidad de alimentarse, la economía y la prisa, son los argumentos principales para ingerir “cualquier cosa” y salir corriendo luego, otra vez al trabajo. Yo también he hecho uso de esos food courts en Montreal, Toronto, Sidney y Melbourne. Y la comida, da lo mismo lo que uno elija para comer, tiene un cierto parecido; no sé. Da lo mismo que sea tailandesa, china, libanesa, colombiana... Algo encierran estos “manjares” que le da un sabor “maravilloso” (a todos), que te “llenan” enseguida y que te “destrozan” el estómago, antes de que te hayas dado cuenta, a no ser que estés ya acostumbrado como les ocurre a los canadienses y australianos que hacen uso de ellos.

No parece, pues, que el progreso esté ayudando demasiado a resolver uno de los problemas que la humanidad tiene actualmente planteados: aprender a comer bien. La abundancia de alimentos (alimentos manipulados sobre todo) que tenemos en los países ricos está ya provocando cantidades ingentes de obesos; un reto importante para los sistemas nacionales de salud que no saben cómo abordar el tema.  Mientras medio mundo se muere de hambre, el otro medio engorda. Aprender a comer bien, combinar adecuadamente los alimentos, vigilar las cantidades que se ingieren, disponer de tiempo para cocinar y aficionarse a ello, son costumbres, hábitos, actitudes, que, por lo que he visto en Canadá, están desapareciendo. Si los universitarios utilizan solamente el microondas y le declaran la guerra a los fogones, mal podrán sentir, más adelante, la necesidad de elaborar un guiso. Si los trabajadores en las ciudades aceptan ya como normales las comidas que les sirven en los food courts, esto significa que han claudicado y olvidado, tal vez para siempre, que hubo un tiempo en el que existían lo sabores; miles de sabores distintos que hoy “la dieta universal” está engullendo. Ingente legión de intensos olores y sabores que, como “especies en peligro de extinción”, habría que proteger... Aunque sólo fuera para preservar nuestra salud.

4 Comments
  1. Duxcrucis says

    La comida empaquetada es comoda……claro…sobre todo para las multinacionales que las fabrican. Hay que promocionarlas…..como? consiguiendo que la gente tenga cada vez menos tiempo para si mismos y su television.

  2. celine says

    Con lo bueno que es ir descubriendo los sabores de las verduras, por ejemplo, sin sal, apenas cocidas o crudas. Pobre gente, qué pena me dan. Muy interesante este viaje suyo.

  3. diana says

    Uh… qué tema. No pensé que sería así en Canadá, me los hacía diferentes de los estadounidenses.
    Por lo menos esos que salieron a comer su almuerzo al sol no eran gordos!
    Te corrijo algo: «Gracias a la vida» es un hermosa canción de Violeta Parra, genial creadora chilena, autora de la letra y la música y que la cantó bellamente. Claro, quien más la difundió fue seguramente Mercedes Sosa, que tuvo la virtud de elegir las mejores canciones de Latinoamérica y cantarlas como nadie (ella no era autora).
    Diana.

  4. J. Mayordomo says

    Corrección aceptada y complacido porque estas correciones se hagan; a todos nos ayudan. Y pido disculpas por el lapsus.

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