Estudiar medicina hoy es perder la salud

Mientras se suceden las fiestas veraniegas en este país, los responsables políticos y universitarios se desentienden, no sé si por incompetencia o ignorancia, de una situación que ni el propio Kafka entendería y que, visto lo visto, más bien parece que estamos hablando de lo que ocurre en una república bananera que de un país democrático y moderno. Resulta que los mejores estudiantes que acabaron en junio pasado el bachillerato —son miles— han pasado el verano angustiados junto a sus familias, pasarán probablemente septiembre en la misma situación y, en algunos casos, octubre. Todo porque esperan conseguir una plaza en la Universidad española para estudiar Medicina, esa carrera para la que estuvieron preparándose a conciencia y para la que creen tener vocación o al menos desean estudiarla.

No soy padre y por lo tanto no me mueve un interés personal a escribir sobre esto. Tampoco hay ningún otro interés oculto para atizar este fuego que, por las informaciones que tengo, tiene a un buen puñado de españoles confusos... y desesperados. Sólo pretendo dar fe de ese malestar y desgaste emocional que está generándole este desaguisado universitario a miles de familias españolas, como digo. Así que lo que aquí se cuente —no será fácil hacerlo, pues, por lo increíble que resulta, parece imposible que esté ocurriendo de verdad en los mismos albores del siglo XXI— será sólo el reflejo de una realidad que accidentalmente he conocido el pasado verano en el encuentro casual con algunas familias que, agotadas y obsesionadas, ya, con lo que les estaba ocurriendo, contaban al primero que se les acercaba sus increíbles andanzas “estudiantiles” mientras le hacían a uno partícipe de sus angustias.

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Y, para mejor entenderlo, hablemos de Marcos, nombre supuesto. Este alumno es un chico esforzado que ya eligió en segundo de bachillerato aquellas asignaturas optativas que mejor podían ayudarle a estudiar Medicina, pongamos por caso, en la Universidad de Salamanca. El primer golpe en la frente lo recibió cuando se enteró de que la física, una de las asignaturas optativas por él elegidas, no puntuaba igual en la universidad salmantina que en la de Bilbao, por ejemplo. Y esto da pie a preguntarse por qué una determinada materia no tiene el mismo valor en todas las universidades de España, cuando el país es el mismo. ¿O es que estamos hablando ya de países distintos?

Por lo que se ve, cada autonomía, incluso cada distrito universitario, tiene también su calendario académico, con sus normas propias y su reglamento, con sus fechas de preinscripción, matriculación, pago de tasas, presentación de expediente y forma de hacerlo (ora aportando el original, ora entregando una fotocopia compulsada) que puede a su vez entregarse en mano, por correo certificado o por Internet...

El galimatías es tal, que hoy en las casas de los futuros universitarios lo que más se mira no es la televisión, no, sino ese papel... ese planning en el que se han ido anotando, en una columna las facultades de Medicina que hay en España y en otra todos los requisitos que éstas demandan, con el qué, el cómo, el dónde y el cuándo... Lo del “porqué” sería para nota saberlo y requeriría otro artículo.

Porque como saben muy bien a estas alturas estas familias, cada maestrillo tiene su librillo y cada reino de Taifa universitario sus triquiñuelas; triquiñuelas que utilizan para seleccionar el alumnado que, por las razones que sean, prefieren.

En cualquier caso, el esforzado Marcos se armó de valor y paciencia antes de empezar su aventura y peregrinaje por la geografía española tratando de encontrar una plaza en la Facultad de Medicina que fuese, una vez supo que tenía un 12,091 de media sobre una puntuación máxima de 14. Esta nota la obtuvo después de sumar las dos notas de las optativas con la nota de bachillerato y la PAU (Prueba de Acceso a la Universidad).

Mientras tanto, Marcos iba enterándose, como ya quedó dicho, que ni normas, ni plazos, ni formularios, ni horarios, ni la lengua en la que iba a estudiar (a pesar de ser español y de estudiar en España) eran igual para todas las universidades. Formalizó su preinscripción, ante el miedo de quedarse sin plaza, en varias facultades de Medicina. Para empezar lo hizo en la de Valladolid, pero también en Lérida (donde, si le admiten, recibirá las clases en catalán, con el inconveniente de no conocer ni una palabra de esa lengua), en la de Santander, en Santiago de Compostela, en Bilbao... En todas las facultades de Medicina de Andalucía...

Y esto mismo hicieron todos los chicos y chicas de España que en junio aprobaron la PAU y que quieren ser médicos. Así que las listas se fueron repitiendo y agrandando como una pesadilla por todo el territorio español, creando un embrollo de mil demonios; tanto que está sacando de quicio a más de un funcionario. Y es que los admitidos en Bilbao, por citar sólo un caso, podrían irse de la noche a la mañana a Valladolid, si esta universidad, a última hora, les otorga la plaza, o a las universidades de Salamanca o de Santander si, también in extremis, hacen lo mismo. Es decir, cientos de familias llevan todo el verano esperando, con calendario y agenda repleta de notas en mano, a que las facultades de Medicina españolas anuncien —por SMS, por Internet, por correo ordinario, o por lo que se les ocurra— a quién admiten, a quién rechazan, cuándo han de matricularse, o cómo avanza, décima a décima, las listas de los preinscritos y por qué. El colmo de tal disparate ocurrió en la Universidad de Zaragoza hace unas semanas cuando las facultades de medicina de Huesca y de Zaragoza citaron a los preinscritos el mismo día y a la misma hora para formalizar la matrícula. Las malas lenguas dicen que a Huesca no acudió nadie... En las dos listas, prácticamente, estaban los mismos alumnos inscritos. Y, claro, todos querían estudiar en Zaragoza. ¿Hacen falta más ejemplos para entender lo que ocurre?

Pues bien, mientras todo esto sucede sin que nadie se sonroje, cientos de funcionarios de decenas de facultades se desesperan preinscribiendo a alumnos y alumnas que saben que no van a estudiaran con ellos. Trabajo absurdo e inútil. Gasto de papel, de tiempo, de energía, de dinero... ¿Pero a quién le importa? ¿Acaso es tan difícil establecer una lista única regida por un único “manual” al que todo el mundo deba atenerse? ¿Cómo puede un país permitirse tanto derroche, con el agravante, además, de que, en este caso, a quién se está maltratando es a la elite de sus estudiantes?

En los foros de Internet cientos de padres e hijos llevan todo el verano contando sus cuitas y dando curso a su desesperación. Puede confirmarse este extremo entrando en el foro que hay, para preuniversitarios, en la web www.casimedicos.com u en otros foros similares. Y para muestra un botón. He aquí tres testimonios recogidos al azar en uno de estos foros, en los que padres e hijos se desahogan. Escribe un padre al respecto, un día cualquiera de julio: “Cádiz bajó el curso pasado —0,340 desde 8,67 a 8,33. Este año ha salido con 12,120 que equivale a 8,657 del año pasado”. Y le responde Gangas, el promotor del foro: “Tú 11,94 equivale a 8,529 así que estás a -0,128 por lo que si bajara igual que el año pasado entrarías, aún así queda margen aunque no baje tanto como el curso anterior”. Y otro escribe: “Nos encontramos bastante nerviosos. Mi hijo lleva intentando hacer Medicina desde que acabó bachiller; ahora ha accedido con la nota de titulado y se ha quedado a 0.10 de las notas de la Universidad de Gerona ¿Cree que tiene alguna posibilidad en la repesca del día 5? Nos trae de cabeza el tema. Gracias”. A este Gangas le remite a no se qué página. Y el último: (...) “Creo que, salvo en Castilla-La Mancha, Baleares, Canarias y Galicia, he solicitado plaza en toda España. ¿Cómo lo ves? Tampoco entiendo mucho el desbarajuste de fechas de matrícula, traslados de expediente, etcétera, porque las fechas son consecutivas. ¿Dónde traslado, si le admiten en alguna, pero nos interesa más otra?” Y Gangas calla.

Pero no es sólo el Estado quién gasta absurdamente el dinero, también las familias sufren una esquilma importante en sus cuentas corrientes. Porque, paralelamente a la búsqueda de plaza en la facultad correspondiente, muchos padres se han pasado dos meses viajando de acá para allá a ver u otear cómo era esta o aquella ciudad en la que, quizá, tuviera que estudiar su hijo o hija. Sin ir más lejos, los padres de Marcos se han visto obligados a pagar por adelantado la plaza en alguna que otra residencia universitaria o colegio mayor con el agravante, además, de que si a última hora renuncian a la plaza apalabrada pierden el dinero adelantado, que suele ser el equivalente al primer mes. No pocos padres se quejan de tener que dar un dinero por una residencia que no están seguros de ocupar. Pero las residencias universitarias son negocios privados en la mayoría de los casos y alegan, con razón, que no pueden permitirse correr el riesgo de que esas “posibles reservas” sean habituaciones vacía después porque el alumno, a última hora, cambia de facultad. Así que se curan en salud y cobran el primer mes por adelantado. Como se ve, otro lío más.

Estos reinos de Taifa que hoy son las distintas Autonomías están rizando el rizo hasta tal punto, en el sentido más negativo se entiende, que dan ganas de irse de aquí. Con que dedicasen a construir y a sumar sólo la mitad de energía que dedican a dividir, a poner zancadillas y a mirarse el ombligo, a los españoles, ¡seguro!, les iría mucho mejor. Cualquier palo que se toque en este sentido aparece lleno de espinas y envuelto en mala leche. En el tema que hoy nos ocupa no se entiende, se diga lo que se diga, que los mejores estudiantes, aquellos que tienen, quizá, más vocación que nadie para ejercer una profesión tan vocacional como es la medicina, no se entiende, insisto, que se queden sin plaza durante un año entero, que tengan que estudiar otra carrera, que se vean obligados a perder un año de su vida para repetir el próximo junio la PAU a fin de mejorar la nota media y así tener más opciones. ¿A qué cabezas pensantes se les ocurrió que los talentos debían de ser maltratados y metidos debajo de un celemín? ¿A quién? Y eso que todos decimos que la salud es lo primero...