En temas de salud, las mujeres pierden

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Carmen Valls-Llobet. / carmevalls.blogspot.com/

Hablar a estas alturas de que el mundo masculino está en crisis no es ninguna novedad, pero sí puede serlo adentrarse en el campo de la salud para averiguar qué está pasando en la atención sanitaria que reciben hombres y mujeres. Y lo primero que se observa es un trato desigual; a las mujeres, dicho muy suavemente, se les trata de forma inadecuada. Mas, expresado en toda su crudeza, podría decirse que hay una tendencia a controlar la vida de las mujeres mediante la medicalización y, lo que es más grave, la salud de las mujeres está sometida a unas relaciones de poder que, ya se sabe, por ahora ejercen casi siempre los hombres. “Se les victimiza y convierte su cuerpo, con frecuencia, en objeto de consumo de medicación, que no siempre es la opción más saludable”, dice la endocrinóloga Carme Valls-Llobet, experta en el tema. El androcentrismo, pues, esa visión de que el hombre es el centro de todas las cosas, rige todavía en diagnósticos, tratamientos e investigación médica. Tanto que hasta los años cuarenta del siglo pasado no se contaba nunca con las mujeres para hacer estudios médicos. Por eso la mayoría de los parámetros de salud que se consideran hoy “normales” son los establecidos a partir de los estudios realizados con hombres, o de la simple observación cotidiana de éstos; en ningún caso esos estudios tuvieron en cuenta a las mujeres. Pero es evidente que “en salud, lo frecuente no es lo normal. La violencia contra las mujeres es frecuente, pero, ¿es normal?” proclama la doctora Valls-Llobet, autora de varios libros, el último titulado Mujer, salud y poder (Cátedra, 2010), en el que analiza la visión distorsionada que se tiene de la salud de las mujeres y sus efectos negativos.

Para empezar, no se ven con la misma claridad los problemas de salud de las mujeres, ni se valoran igual, que los que afectan a los hombres. Y esto no es un cuento. La primera causa de muerte en los hombres es el cáncer, mientras que, en las mujeres, es el infarto. Sin embargo, a la hora de tratarlo, a los hombres se les presta mucha más atención. Las mujeres tardan entre 2 y 5 horas más en llegar al hospital que los hombres después de sufrir un infarto. Hay estudios que lo acreditan. Igual que se sabe que sólo el 30% son tratadas de esta dolencia frente al 60% de hombres; a muchas de ellas se les dice que se “vayan a casa” y..., y luego, claro, mueren. Y si hablamos de la rehabilitación posterior, el porcentaje es el mismo: de cada 10 infartados que acuden a rehabilitación, 6 son hombres y sólo 4, mujeres.

Pero hay otros espacios de la salud específicos en los que la mujer es “argumento experimental” para quienes practican la medicina; disciplina que todo el mundo sabe que sólo practicaban los hombres. ¿Qué puede decirse, por ejemplo, de la menstruación o la menopausia? Si hablamos de la primera, sus efectos se han minimizado hasta el punto de que los problemas de anemias, que por lo general dependen de menstruaciones abundantes, son considerados “normales” cuando esto en ningún caso es así, ¡ni “debe pensarse” que es así! Pero si nos referimos a la menopausia, el tema se maximiza y en consecuencia se imponen tratamientos agresivos, costosos y peligrosos para la salud de las mujeres como ha quedado demostrado con la Terapia Hormonal Sustitutoria (THS), culpable de miles y miles de cánceres en mujeres de todo el mundo. Sólo en los Estados Unidos se ha comprobado que la no prescripción de THS evita al año más de 40.000 cánceres en otras tantas mujeres. Es decir, las sensibilidades con la que se promueven y aplican las políticas de salud son masculinas; esto parece quedar claro. Y, las secuelas, ya se sabe, las sufren las mujeres.

Luego están los viejos tópicos de que “la mujer es el sexo débil”, o de que “está protegida por las hormonas”. También se dice que las mujeres tienen los huesos más blandos... En fin, a las mujeres se les acusa de estar siempre quejándose, de gestionar mal el dolor, de abusar de los psicofármacos... O de que, finalmente, están mucho más “locas” que los hombres. A este respecto hay estadísticas que hablan de un 85% de mujeres con problemas mentales frente a un 15% de hombres. ¿Alguien puede creerse esto? Pues no. Es decir, en el mundo de la salud, en la práctica médica, “hace falta un compromiso político global para contemplar este campo desde la perspectiva de género”, insiste Valls-Llobet. “Sólo en Cataluña”, se atreve a decir, “si se redujese el consumo de fármacos innecesarios prescritos a mujeres podrían contratarse 400 médicos más”.

Queda claro, pues, que hay una medicina de mujeres y otra de hombres que nos conviene corregir e integrar. Si no, el gasto sanitario seguirá creciendo y la salud, sobre todo la de las mujeres, seguirá empeorando. Valls-Llobet y otros expertos reclaman que los presupuestos sanitarios tengan en cuenta la perspectiva de género. Y aunque la situación social que tenemos no ayuda mucho a ello, no cabe otra salida que insistir. Desde luego poco ayuda la educación recibida hasta ahora; tampoco el que muchas mujeres tengan que cargar con una doble jornada laboral (fuera y dentro de casa) o que constantemente se les mine la autoestima. Y menos ayudará que siga considerándoseles conejos de indias en temas como la anticoncepción y las ya citadas menstruación y menopausia.

Hay un dato sobre la incidencia del cáncer de mama en mujeres, extraído de un trabajo que se hizo sobre “salud y perspectiva de género”, que alarmó en su momento a los expertos. El cáncer de mama tenía, en este caso, una mayor incidencia entre las mujeres de clase social alta. ¿Por qué? Porque ciertas cremas de belleza que usaban (¡las más caras y mejores, por supuesto!) contenían elementos cancerígenos como los parabenes, que no son más que esos productos químicos utilizados como conservantes en la industria cosmética y farmacéutica. Un ejemplo más que explica cómo se “usa” a la mujer en una red confusa de salud y de belleza.

Y es que salud no es sólo padecer dolor de cabeza o estar deprimido, sufrir una rotura o tener que someterse a un proceso quirúrgico complejo. No, es mucho más. “La salud es una cuestión psicosocial y medioambiental. Y siempre han de tenerse en cuenta estas cuestiones a la hora de atender a una persona”, explica Valls-Llobet. Sin embargo, la asistencia sanitaria ha tendido hasta ahora a medicalizar el cuerpo de las mujeres frente al de los hombres, en lugar de buscar las causas reales de las enfermedades que padecen para conseguir un mejor tratamiento.

Ahora sólo falta convencer a los hombres. Según la endocrinóloga catalana, los que más rápido cambian son aquellos que de pronto se tropiezan con una mujer enferma en su entorno. “Estos cambian rápido y pasan a ser nuestros aliados”. Al resto, a los políticos y gestores sobre todo, a esos sólo cabe convencerles enseñándoles que una gestión sanitaria que tiene en cuenta al género resulta más eficiente y más barata. Además de ayudar a hacer mejor el diagnóstico, aplicar políticas de género en salud servirá para entender y tratar mejor las enfermedades, y redundará en ahorro; de eso ya no hay dudas. “La economía... Eso sí que convence a los hombres”, concluye Valls-Llobet.

1 Comment
  1. celine says

    Muy interesante. Es la constatación de una sospecha que salta siempre que se visita al médico. Sobre todo si acostumbras -como hacen casi todas las mujeres- a acompañar a algún paciente varón. Desde la mirada, al tono de voz, al tiempo de la visita, a la solución al problema: hay ejercicio de la medicina para varones y para mujeres, sin duda. Pero no, como debería ser, porque sus necesidades y problemas sean distintos y requieran enfoques diferentes, sino porque en las segundas se emplea menos tiempo y atención. Es como los padres que dan a sus niños regalitos para no tener que darles el preciado tiempo y esfuerzo de sus estúpidas existencias.

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