La juventud que investiga, ¿qué será de ella?

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La ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, conversa con varios niños en su visita la feria 'Empírika 2010', el pasado jueves, en Salamanca. / J. M. García (Efe)

¡Nos lo habíamos creído! Esta es una de las frases recurrentes que hoy decenas de jóvenes investigadores españoles repiten cuando se les pregunta por su situación. Jóvenes que vieron, ilusionados, cómo en los últimos años, desde las más altas instancias del Estado, se les animaba a quedarse en España con medidas concretas como la creación de nuevas becas, con más dotación económica; la construcción de importantes centros de investigación; o incrementando, incluso, el presupuesto estatal cada año, sobre todo a partir de 2005. A muchos de ellos se les dijo expresamente que tendrían futuro aquí. Se creó el Ministerio de Ciencia e Innovación que era una forma de afianzar el camino emprendido, y que culminaría el 19 de mayo pasado con la presentación, en el Congreso de los Diputados, del Proyecto de Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación para su tramitación parlamentaria.

También la nueva Ley de Economía Sostenible venía a reforzar la investigación en España, se dijo. Fue como si de pronto este país hubiese tomado conciencia de que sin investigación no se podía vivir ya o, lo que es lo mismo, desarrollarse, crecer, crear empleo estable, afianzar y mejorar la productividad, consolidar los logros sociales y el estado del bienestar... Mas todo parece que fue un sueño, o casi.

Como si hubiera bajado la niebla, de nuevo una inmensa sombra cubrió el inconsciente colectivo de este país y, al menos en lo que a investigar se refiere, el desánimo y la frase aquella, olvidada, ya mítica, de don Miguel de Unamuno “¡que inventen ellos!” cobró otra vez vigencia. La crisis, y con ella la cruda realidad, han vuelto a poner a la investigación española otra vez en ese lugar del que siempre está intentando huír, y aquella apuesta celebrada y optimista de hace unos años que hacía tan felices a cientos y cientos de jóvenes investigadores españoles se está quedando en mera ilusión.

Y la realidad es que el presupuesto global para investigación en el ejercicio del año 2011 se reduce un 7%. Y esto va a suponer, en opinión de muchos investigadores, una grave quiebra generacional y una pérdida de un buen número de cerebros jóvenes, mejor preparados que nunca, que tendrán que ganarse su sustento más allá de los Pirineos.

Elena Navarro pertenece a la segunda promoción de Biotecnología, una carrera de reciente creación en Sevilla que, cómo dice el científico José López Barneo, es de esas carreras que “permiten formar médicos... para que curen al enfermo sin necesidad de tener que acercarse a él”. Elena, cuando escucha esta frase, sonríe, y asiente, porque, efectivamente, lo que a ella le gustaría, desde su profesión de investigadora, es encontrar herramientas que sirviesen para curar las enfermedades, en su caso relacionadas con la degeneración neuronal, como el parkinson o el alzheimer.

Pero está claro que Elena es una afortunada; ha conseguido una beca predoctoral FPI (Formación de Personal Investigador) que le permitirá durante los próximos cuatro años al menos, con un modesto salario de 1.137 € al mes, desarrollar su proyecto de tesis doctoral —Estudio de la fisiología de células madres del cuerpo carotídeo— que, en síntesis, quiere decir que va a encaminar sus esfuerzos a resolver las incógnitas que plantea la terapia celular.

Lo incomprensible es que esta joven licenciada sea rara avis en su entorno. Cierto es que hay algún que otro afortunado como ella, al haber conseguido también una beca. Pero lo normal, ahora, es que esta segunda promoción de licenciados en Biotecnología, que acaba de “poner en el mercado laboral” a 60 nuevos investigadores en Sevilla, no tenga futuro; simplemente porque no hay empresas ni centros de investigación que puedan absorberlos. “La mayoría de mis compañeros no tienen trabajo ni saben qué hacer con su vida ni a dónde ir o a quién acudir ahora mismo”, resume esta almeriense afincada en la capital hispalense.

Igual de afortunada que Elena es Sonia Romo, licenciada en Bioquímica; ella también  ha conseguido una beca predoctoral FPI, en su caso, del Ministerio de Ciencia e Innovación. Ambas pasarán a formar parte (en calidad de becarias) de ese grupo elegido de 300 investigadores —la mayoría consagrados en Europa y algunos también en Estados Unidos— que dentro de unas semanas, cuando ya esté inaugurado, ocuparán las flamantes instalaciones del IBIS (Instituto de Biomedicina de Sevilla), uno de los proyectos de investigación más ambicioso que se hayan puesto en marcha últimamente en este país, cuyo eje científico es el deseo, pionero en España, de combinar en el día a día la investigación, la docencia y la asistencia clínica a los pacientes.

Sonia cobra un poco más que Elena porque además de la beca tiene un contrato; sus 1.400 € al mes le permitirán en los próximos cuatro años, al menos, tener la tranquilidad suficiente para adentrarse en la Enfermedad de Huntington, conocida también como el baile de San Vito. Pero ni Sonia ni Elena tienen claro que ocurrirá después, cuando se les acabe la beca, aunque ambas creen que tendrán que irse de España; a Estados Unidos, quizá; o a cualquier otro país europeo, como Francia, Suiza o Alemania donde los presupuestos para investigar no se han visto afectados por la crisis; al contrario, los han incrementado. “Porque no nos imaginamos haciendo aquí el post doctorado”, dice Sonia. “A ese nivel no suele haber ofertas... ni muchas posibilidades”. Así que ya se verá, el destino parece estar claro: irse de aquí.

Mientras tanto, el investigador especialista en Terapia celular y fisiología molecular, Juan José Toledo, además de catedrático de Fisiología Médica y Biofísica en Facultad de Medicina de Sevilla, explica que no sólo es cuestión de dinero lo que ocurre con la investigación en España; falta una estrategia a medio y largo plazo. “En mi opinión”, dice, “podría haber dinero suficiente para investigar si se controlase a quién se le da y qué se hace con él. El problema es que no se reparte adecuadamente ni se evalúa a quién lo recibe para ver qué resultados obtiene”. Toledo está convencido que hay empresas que maquillan sus cuentas de resultados económicos con ese dinero que reciben para investigar, pero que ellas lo emplean para otras cosas. Falta seriedad y control. “Hay demasiado gasto y poca producción”, resume. Y tal vez tenga razón en esto, pues, como se sabe, de los 5.354 millones de euros presupuestados para 2011 por el Ministerio, un 60% son créditos a la investigación. “Pero ¿qué investigación?, se pregunta Toledo. “¿Dónde están los resultados de impacto científico?”, insiste.

Lo que está pasando ahora “es grave”, reitera este experto en terapia celular. La mejor generación de investigadores que ha dado este país va a tener que irse otra vez, cuando se creía que iba a ser al revés; que volverían los que se habían ido antes. Da la impresión de que en España aún no somos conscientes de lo importante que es investigar con lo mirada puesta a largo plazo. Ni siquiera los políticos son capaces de entender que cualquier proyecto de investigación tiene un recorrido muy largo. “Aquí, con frecuencia, se utiliza la ciencia para ponerse medallas”.

Sonia y Elena se pasan el día en el laboratorio. “Nunca encontramos la hora de irnos de aquí; siempre hay algo que hacer”. Y es que investigar es muy duro. “No importa la hora; hay que estar disponible siempre”, reconoce Toledo. Los problemas vendrán cuando decenas de jóvenes investigadores como Sonia y Elena, aun queriendo estar disponible, no tengan nada que hacer porque la investigación en España ha vuelto a dejar de suscitar interés.

2 Comments
  1. Joaquín says

    Es clave intentar entender la situación actual en este mundo de la investigacion biomedica, comparto la sintesis que se hace en el articulo. En relación a que no todos los fondos asignados a investigación son dedicados a ello, es cierto, ejemplo muy común en medicina sería los ensayos clínicos tipo 4 que aportan amplios beneficios a los médicos que los difunden (salarios encubiertos), no aportan conocimiento científico,es marketing para el laboratorio farmaceutico y se considera investigación. Pero seguimos mirando para otro lado.

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