Las promesas y la dieta del sentido común

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No quisiera ser agorero ni meterle a nadie el dedo en el ojo, pero, como al primero que le está ocurriendo es a mí, he pensado que no estaría de más escribir este primer artículo del año en el blog de Salud sobre aquellas... ya lejanas... promesas —para muchos, como si hubiera pasado por ellas un siglo de olvidos— que hicimos el día de Nochevieja y que en un par de semanas han caído en saco roto. ¡Qué lejos queda todo, verdad!

Ni qué decir tiene que cada uno es muy libre de prometer e incumplir lo que quiera. ¡Faltaría más! Pero, ¿por qué prometemos si a la menor incumplimos? Si respondiera el filósofo diría que el prometer, incumplir, mariposear... es condición del alma humana; pero si fuera el psicólogo el que argumentase al respecto, añadiría algo así cómo que en esa balanza en la que cada uno se instala buscando el equilibrio, siempre anda el inconsciente al acecho para hacernos transgredir; compensamos nuestras frustraciones incumpliendo la norma que nos hemos impuesto. Por ejemplo: si alguien se cree abandonado y sufre de amores —es un decir—, o si ha prometido dejar de fumar —algo tan propio en estos días— podría caer fácilmente en la gula. ¿No?

¡Y ya está aquí la dieta! La comida que es, en nuestra sociedad opulenta, el Gran Huevo de Colón, el nudo gordiano que todo lo ata, desata y luego lía. Nos pasamos la mitad del día comiendo y la otra mitad yendo al gimnasio. Porque, en este terreno, y sin ir más lejos, los usos y abusos navideños han dejado miles de danificados. A más de uno el cinturón hoy se le queda corto y anda como perro enjaulado penando por gimnasios, mendigando dietas milagrosas, solicitando favores de no sé que santo para que le alivie del peso, o buscando pócimas, al estilo de Asterix, que por arte de birlibirloque le devuelvan su body del verano. Ese cuerpo que tanto le cuesta a uno aceptar cuando se pone delante del televisor y ve a esos fideos de personas (mujeres, principalmente) que flotan, parece, en el aire, de lo delgadas y pulidas que están.

Con la comida hemos topado, amigo Sancho. ¡Y con la dieta, vaya!

Intentaré reflexionar sobre este “drama”, que tanto atormenta a nuestra consumista sociedad, a partir de la propia experiencia y de las muchas razones que algunos expertos esgrimen para explicar que no se trata de adelgazar o de engordar, sino de aprender a comer. Es decir, la primera lección consiste en concentrarse unos segundos ¡sólo unos segundos! antes de llevarse cualquier bocado a la boca para, acto seguido, aplicar el sentido común. ¡Ay, el sentido común! ¿Tengo ahora hambre? ¿Realmente necesito comer más? ¡Pero si tengo reservas de sobra...!

Dice Pedro Pablo García Luna, jefe de la Unidad de Nutrición del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, que lo primero que toda persona ha de entender es que se come para vivir y no como piensan algunos: que se vive para comer. “Que antes sí, en los albores de la especie humana”, explica el médico, “ésta comía sin control cuanto podía en ciertas épocas del año, a fin de almacenar reservas para cuando llegase la escasez”. Vamos, como los pobres de antaño, de cuando vivían nuestros bisabuelos, que si celebraban una boda aprovechaban para hartarse hasta reventar, o si era Navidad engullían pollo de corral hasta acabar con las plumas; eso, aunque éste fuese el único hartón del año.  Pero hoy ya no, hoy la comida abunda, se encuentra en todas partes, es rica y abundante, y relativamente barata. Así que hay que cambiar el chip.

Y aquí llega la segunda lección que, como toda lección que se precie, es imprescindible aprenderla: No hay razón alguna para no comer de todo; cualquier cosa es buena si se toma con moderación, dijo y dejo escrito el gran gurú de la nutrición en España, el doctor Francisco Grande Covián. Mejor comer cinco veces que tres al día; el objetivo es que el organismo “no sienta carencias” ni se atraque.

El médico de familia y consagrado experto en dietas —tiene una lista de espera que ocupa varios meses—, Julio Romero, es el paradigma del sentido común. Para él no existe más misterio en lo del peso y la alimentación que el de “aprender a comer”. “Si queremos estar sanos y mantener un peso correcto a lo largo de la vida no tenemos más remedio que aprender a gestionar con criterio nuestra alimentación”, explica. Él cuenta que llegó a esta conclusión después de observar que en su consulta del SAS (Servicio Andaluz de Salud), la mayoría de los enfermos que tenía lo eran por problemas del tipo hipertensión, colesterol en exceso, obesidad, artrosis... “Todas patologías, con más o menos culpa, vinculadas a la dieta y a una mala práctica de ésta”, resume. Y es que somos lo que comemos.

Y aquí llega la tercera lección. Una lección que no es otra... que seguir aplicando el sentido común dichoso y unas breves y precisas normas para que ya, desde hoy mismo, quien lo desee empiece a perder peso. Se trata de algo tan sencillo como obligar a nuestro cuerpo a que “tire” de las reservas que almacena. En otras palabras: si necesita 1.500 calorías al día para funcionar con normalidad, habrá que conseguir por todos los medios que en la ingesta “no le demos” esa cantidad. Si sólo comemos 1.400 calorías por ejemplo, estaremos obligando al organismo a extraer de los depósitos de reserva (de grasa) 100 calorías diarias en este caso y, ¡oh, milagro!, al cabo de algún tiempo estaremos observando como los michelines se reducen. Así de sencillo.

Por tanto, para iniciar ese maravilloso cambio que desea usted y ya vislumbra al final del túnel que ahora le tapona el peso, apunte estas recomendaciones precisas y póngalas ya en práctica: Nunca más... —nunca más quiere decir sólo hasta que usted haya alcanzado el peso ideal, claro; luego, cuando ya haya aprendido a comer, podrá volver a darse de vez en cuando un homenaje—. Nunca más desde hoy tome una chuchería, ni un fruto seco, ni coma a deshora. Nunca más vuelva a beber alcohol, refrescos, bebidas gaseosas, ni zumos de esos concentrados en conserva. Nunca más ni un grano de azúcar en su paladar ni productos que la contengan. Nunca más de dos cucharadas soperas de aceite de oliva en el día (el gran elixir de la vida), ni más de una rebanada de pan... que tomará usted por la mañana, en el desayuno, a ser posible. Ah! y haga ejercicio moderado, regular y constante tres o cuatro veces por semana.

Si estas “cuatro tonterías” las cumple (ya ve que no le estoy diciendo que no coma), va a ver enseguida los cambios en su cuerpo. Bueno, enseguida, enseguida, no; pero sí en un tiempo...

Ánimo, pues.

Posdata.— Continuaré en próxima entrega con alguna otra reflexión de mis maestros, desmontando tópicos sobre esas “dietas” milagro que nos invaden, enumerando y recordando esos proyectos y buenas intenciones que estamos casi todos a punto de abandonar y ¡cómo no!, hablando del tabaco que es de lo que ahora toca y de lo que todo el mundo habla. Mientras tanto, salud y buen comienzo en esa recuperación de las formas... y del cuerpo.

7 Comments
  1. celine says

    Un pero a lo de las calorías, don Joaquín: ¿no es verdad que a veces, el cuerpo echa mano de otras reservas que no son de grasa? Así, se producirían estados de carencia y eso hace pupa.

  2. Gemma Bruna says

    Joaquín

    Sólo felicitarte por el artículo que publicaste recientemente en El País «Enfermeros de si mismos», en el que se insiste sobre la autorresponsabilidad del usuario con su propia salud y en la necesidad de que cada vez sea más activo, independiente y participativo en este ámbito. El Colegio de Enfermería de Barcelona cuenta con Enfermera virtual http://www.enfermeravirtual.com, un portal de educación para la salud que desde una vertiente enfermera y sin centrarse en la enfermedad, como hacen la mayoría de webs, precisamente intenta ofrecer información y consejos de salud para capacitar al usuario para que tome decisiones saludables. Se trata de un proyecto pionero que enlaza perfectamente con esta filosofía. Si es de tu interés nos gustaría ponernos en contacto contigo para ampliar la información.

    Saludos.

    Gemma Bruna
    Responsable de comunicación del Colegio Oficial de Enfermería de Barcelona
    gbruna@coib.cat
    93 212 81 08

  3. Maria says

    Pues nada , cada uno ya sabe lo que tiene que hacer, una suneregcia es hacer como los tres monos.Y el que no le interese pues con no leerloVG

  4. David says

    Saber que nunca he masoneado a alguien en mi vida me coloca extranada, me presupone que es una practica masculina, el poder debe ser, porque si una manosea se presupone una invitacion sexual 0 0

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