Tópicos, más dietas… y el señor Equis

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Apenas una semana después de las reflexiones que hice aquí, sobre La dieta del sentido común, vuelvo a este blog convencido de que el exhorto para comenzar a practicarla, aunque seguramente aceptado de buen grado, ya ha caído en saco roto otra vez. ¿Me equivoco? ¿No, verdad? En fin, que, aún a riesgo de insistir en lo obvio, recordaré sucintamente la propuesta, al tiempo que prometo olvidarme del tema.

Como ocurre en estos casos —que por la noche “todo el mundo está dispuesto a ir a Roma”, mientras por la mañana se niega sin rubor lo dicho y se repite cualquier cosa para justificarse: “mejor empiezo con esto otro día, cuando tenga mejor ánimo”—, así ha ocurrido ahora con La dieta del sentido común y esas propuestas que, en síntesis, resumo en dos puntos: comer de todo a poco, en pequeñas cantidades, y hacerlo varias veces al día, uno; y, dos: practicar moderada y regularmente ejercicio. Nada más... Y nada menos.

Mas, dado que el sentido común abunda poco (no hay más que ver las plaga de obesidad que nos invade), y sí los charlatanes que embaucan a los crédulos, no estará de más citar aquí algunas de esas dietas extrañas (las más, puro esperpento) que por ahí se ofrecen y que casi nunca sirven para nada aunque las avalen estadísticas con cifras de varios ceros debido a sus numerosos practicantes.

Partiendo de la idea de que en sólo tres semanas, esforzándose, uno coge el hábito para hacer lo que desea, pienso que mejor será empeñarse en ese esfuerzo útil, y no en el inútil que nos llevará a la postre, por ejemplo, a una de esas dietas péndulo que muchas personas practican durante décadas, a veces hasta la muerte. Ora pierdo peso, ora lo cojo; ora lo pierdo, ora lo cojo... La explicación a este desaguisado es sencilla: si uno somete a su cuerpo a un estrés alimentario exagerado, en cuanto vuelve a la normalidad (¡y recupera los hábitos que tenía anteriormente!) vuelve a coger peso. Es lo lógico. Así que, ya de entrada, deberían descartarse tentaciones y principios que llevan a someter a nuestro cuerpo a experimentos extremos, que tantos seguidores tienen por otra parte, y evitar con ello cualquier situación “flageladora” que nada bueno le traerá a los practicantes, salvo quebraderos de cabeza y sufrimientos.

En esta línea, hay dietas para todos los gustos, y a cuál más esperpéntica: la de alimentarse sólo a fruta... o sólo con carne... o la de ponerse hasta las trancas de pan integral... o de aceite de oliva. ¡Qué más da! Lo que es consumido de una forma compulsiva siempre acarreará riesgos y desestabilización. Por el contrario, el comportamiento moderado en la ingesta de alimentos siempre es bueno, maravilloso para el equilibrio del cuerpo, ya sea lo que comemos aceite de oliva virgen, pan o fruta. E igual sucede con esos ayunos que algunos proponen. Una cosa es reducir las cantidades a la mínima expresión de forma progresiva (o ayunar incluso un día aunque ingiriendo líquidos) y otra muy distinta es estar una semana alimentándose sólo de brebajes como ocurre con la dieta del sirope para, al cabo de ese tiempo de excepción, volver otra vez a la normalidad de golpe. Claro, los kilos que se pierden en un soplo... se recuperan en otro. ¡Menuda frustración!

Ni comer fruta o no, antes o después de las comidas, ni cenar o dejar de hacerlo, hará que uno adelgace o engorde más o menos. Cada individuo es único y, en ese sentido, el metabolismo en cada caso será también quien muestre cómo se asimilan los alimentos. De ahí la conveniencia de que sea un médico experto el que en última instancia nos oriente y dé las pautas para el proyecto personal de adelgazamiento; sí, que sea un médico y no un de esos charlatanes sacacuartos que abundan tanto por ahí. En todo caso, lo que sí contará siempre es la cantidad de calorías que uno ingiere al cabo del día; esto al margen, claro, de lo que digan los médicos expertos.

Por supuesto que los medicamentos, salvo que el profesional sanitario los prescriba, y eso en casos muy concretos, deben desecharse. Tampoco es aconsejable utilizar esas “barritas” sustitutivas de alimentos que no son más que trampas contra el proceso natural de alimentarse, pérdida o adquisición de peso. No se arregla un cuerpo engañándolo, que es lo que hacemos cuando le damos un fármaco, y sí con propuestas “naturales”, puede decirse, que lo conducen a esa vida  en armonía, sana y en comunión con la naturaleza que perseguimos. Los fármacos no hacen más que alimentar falsas expectativas en la mente y, cuando dejan de tomarse, ocurre como con las mareas, que el agua/cuerpo vuelve  al sitio. Como la línea de playa del océano, resistente a los embates de los vientos, también el cuerpo vuelve a su sitio y recupera al poco tiempo, casi siempre, los kilos perdidos con fármacos.

Dice el médicos dietista Julio Romero —citado en el artículo anterior —, que “una vez educada la voluntad y adquirido el hábito, era relativamente fácil transitar por el mundo de la comida”. Y es que en estos tiempos de opulencias culinarias, reprimirse ante esa maravillosa oferta de alimentos que la vida nos ofrece, y no abusar de ellos, no caer en sus redes (gula) ni sucumbir a esos peligros, es muy difícil. Es decir, que, llegado el caso de una reunión gastronómica por medio, a la que uno no puede sustraerse —la comida de Navidad, por ejemplo; o una boda—, no debería existir problema en desinhibirse y comer a discreción, comer lo que a uno le plazca, siempre a sabiendas y entendiendo (¡y aceptando!) que en los dos, tres días siguientes a esa opípara comida, deberán ingerirse muchas menos calorías para compensar los excesos, hasta reequilibrar la ingesta de calorías/día que uno ya sabe (¡porque aprendió a comer!) que no puede sobrepasar. Dicho de otro modo, tras una cena abundante lo que procede al día siguiente es tomar sólo ensalada... Nada más. ¿Se entiende, verdad?

Y para que lo que cuento no sea teoría sólo, he aquí un ejemplo que bien podría ilustrarnos sobre esas reflexiones referidas más arriba. El ejemplo me lo dio Julio Romero, médico de familia y nutricionista. Y se refiere a aquel señor que cada fin de semana, el viernes concretamente, tenía el hábito, practicado durante años, de acudir a un restaurante a cenar con su mujer. Si el protagonista de esta historia no hubiera sido paciente de este médico, no lo traeríamos aquí. Pero es que este señor —llamémosle señor Equis— llevaba ya un año intentando perder peso y cada vez que le tocaba ir a consulta se presentaba con la misma cantinela: “Mire usted, doctor, me cuesta horrores perder un gramo de peso; aún así lo intento, no crea. Durante toda la semana... mi mujer me pesa cada cosa que como, sigo a rajatabla sus indicaciones, pero... Pero cuando llega el viernes por la noche no puedo reprimirme y... ya sabe, allí, en el restaurante, me desquito. Mi chuletón de 400 gramos y pico no hay quien me lo quite... ¡Y a tomar por culo todo!”, relataba el pobre hombre, semana tras semana, sin avanzar un ápice en su esfuerzo de hacer bajar la báscula. A esto el médico le explicaba: “Verá usted, señor Equis, tiene que buscar en la carta algo, ¡algo!, algo que le satisfaga igual que la carne... Tiene que encontrarlo... Seguro que hay una verdura, un producto equivalente en esa carta que le satisfaga plenamente, con menos calorías y que le ayude a olvidar esas ansias de comer carne que tiene”.

Pasaron varios meses más en este laberinto, médico y paciente, sin salir del embrollo, hasta que un buen día llegó el señor Equis con gesto complacido y sonriente. “¡Eureka, doctor, eureka! Al fin se ha producido el milagro. Sabe usted –le explicaba–, que he hallado la solución. El viernes pasado, cuando fuimos a cenar al restaurante, otra vez me impuse la obligación de pedir un plato alternativo. ¿Qué como, qué como?, me preguntaba angustiado y abatido por el miedo. Hasta que no sé por qué, pero se me ocurrió pedir unos espárragos del tiempo a la plancha, regados con un chorro de aceite de oliva virgen... ¡Qué placer! Oiga, doctor, ¡qué placer! Enseguida se me quitaron las ganas de comer carne...”

Y de este modo, moraleja, el bueno del señor Equis cambió sus hábitos alimentarios y hoy está hecho un figurín.

Con esto doy por concluidos mi alegato sobre dietas, tópicos y otros eventos culinarios gastronómicos. Tómense en serio, en cualquier caso, esto que les he dicho. No es ninguna broma que el exceso de peso facilita la aparición de decenas de enfermedades y, si uno se muriese de golpe, bueno, sería desagradable, pero podría aceptarse. El problema es que los obesos sufren los últimos años de su vida mil calvarios. Así que, a cuidarse. Que somos lo que comemos, no se olvide.

Posdata.– Tenía previsto aquí hablar también de ese esperpéntico y delirante comportamiento que algunos españoles están teniendo con relación a la ley del tabaco. Pero ya no voy a hacerlo. Para qué; dejémoslo correr... Si se retratan ellos solos. Como con el tema de los toros, el choriceo nacional generalizado, la corrupción a gran escala y alguna otra salvajada que por estos pagos defendemos, se confirma aquel eslogan que tanto éxito tuvo entre los foráneos que venían a visitarnos: “¡España es diferente!” Y tanto que es diferente. Para lo bueno y, sobre todo, en lo malo. Y esto es lo preocupante porque, quizá, dentro de un milenio o dos seguirán viniendo a vernos del mundo mundial... porque nos crecen las orejas o porque nos ha salido rabo.

2 Comments
  1. Samual Voeltz says

    Gracias por la información me sirve de mucho para ampliar mis conocimientos sobre esta materia

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