Con nombre de mujer

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Dolores Marrero, en una imagen de 2002. / faycan.org

A Lola la pobreza “le enderezó” su camino a los 13 o 14 años. No recuerda la edad con exactitud,  pero sí el momento. Un momento que ha marcado una vida entera. “Un día, en el colegio, me ofrecí para  llevar un encargo de una profesora de Cáritas Jesús a las cuevas de la montañas”, cuenta. Nunca había ido  a aquella parte de la isla de Gran Canaria, situada cerca de la localidad de Aruca Casco. No sabía a lo que iba, ni lo que la esperaba. Lola era una adolescente canaria perteneciente a una familia de labradores “con posibilidades” que descubrió una realidad que le era ajena y desconocida: la pobreza y la miseria. “Recuerdo a una familia de nueve personas que tenían que dormir en dos camas y el bebé en una caja y a una mujer tuberculosa, con hijos a los que no podía alimentar. Ella se tapaba con una manta mientras  el resto lo hacía con sacos. Aquello me impactó y me enganché”. Movilizó a la familia, a sus amigos.. "A todos les pedí dinero para llevarles comida, ropa... cualquier cosa que cubriera sus necesidades básicas". Y así empezó, sin saberlo, a trazar un camino que recorrería toda su vida. Desde entonces, Lola ha escolarizado niños de las chabolas de Altavista y del Palacio del Hielo, ya desaparecido. Por su labor continuada en favor de los más pobres fue reconocida Mujer del Año 2002 por el Ayuntamiento de Las Palmas.

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Ahora, Dolores Marrero Hernández tiene 74 años y no ve el momento de retirarse. Este año es su año. El Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad ha decidido homenajear en el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, a las Mujeres Mayores. ¿Los motivos? Según reza el Informe sobre las mujeres mayores en España, "las mujeres mayores españolas representan casi el 10% de la población total española. Estos cuatro millones y medio de mujeres mayores de 65 años nacieron todas ellas antes del año 1946 y han atravesado circunstancias históricas que acarrearon a nuestro país difíciles situaciones económicas, políticas y sociales. La posición actual de España, con altas tasas de desarrollo y bienestar -a pesar de los difíciles momentos económicos-, es consecuencia en buena parte del esfuerzo y buen hacer de estas generaciones de mujeres. La mayoría de ellas, en su infancia y juventud, vivieron en un país sumergido en la pobreza, contribuyeron a superar con su trabajo desde muy temprana edad dentro de la unidad familiar, simultaneando las tareas domésticas, el cuidado de personas y un trabajo del sistema productivo en un marco legal sin protección".

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Lola ha pasado toda su vida cuidando personas. El germen fueron aquellas mujeres enfermas que no podían cuidarse ni ellas ni a sus hijos. “Les ayudé hasta que les ganó la batalla la enfermedad”, afirma. No fue fácil. Ser mujer, al principio, lo hizo más difícil. ¿Qué chica en aquella época visitaba sola aquellas cuevas? “Si me retrasaba, en mi casa, mis padres y mis hermanos pensaban lo peor, que me había pasado algo”. Pero aquella canaria de firmes convicciones y hablar suave sabía lo que hacía y los temores de los más cercanos no la iban a alejar de aquella labor que había emprendido. Estudió magisterio y arrastró en su lucha a otras como ella. “Ya tenía un sueldo y no tenía que tirar de las amigas”, se ríe. Se reorganizaron dentro de la red de Cáritas, que era la asociación que allí prestaba asistencia a los más desfavorecidos. Había mucho que hacer con aquellos niños  y otros tantos en la misma situación. Entre todas lograron escolarizar a 46 niños. “Los registramos porque sus padres no los habían incrito en el Registro Civil y llegamos a un compromiso con sus madres. Ellas nos pedían comida y nosotros se la proporcionábamos a cambio de que los niños vinieran a clase. Ese era el pacto al que llegamos y la forma que hallamos para lograr que tuvieran una educación”. Comida por educación. “A pesar del logro de conseguir que los pequeños fueran a la escuela, no conseguimos grandes avances con ellos. La mayoría llevaba un retraso notable y sólo uno consiguió el Graduado Escolar, pero aquello fue importante: sentamos la semillita de la educación”. Y no abandonaron. Año tras año trabajaron con ellos y con las familias.

Para entonces, ella se habían casado con otro maestro. “Lo tuve más fácil que otras. Cuando me casé, mi marido me apoyó en todo. No todos lo hacían. Él me llevaba en coche hasta allí. No subía, porque el coche no podia llegar arriba, pero allí estaba, apoyándome”. Corrían los años 80. "Entonces era muy raro tanto lo que yo hacía,como que él estuviera dispuesto a que yo me dedicara a ir por chabolas y otros sitios conflictivos”. Lola tampoco renunció a ser madre, a pesar de su trabajo y dedicación a otros niños. El matrimonio tuvo tres hijos que convivían y crecier0n con aquellos niños. “Se compenetraron muy bien. Mi hija en verano les daba clases de apoyo".

Lola recuerda a muchos de ellos, aunque la red se llegó a extender hasta a ayudar a unos 200. “Una muestra muy grande que nos permitió realizar nuestro primer estudio sobre el fracaso escolar en Las Palmas de Gran Canaria”. Entonces, llegaron las dificultades. Apareció la droga y el frágil pacto se rompió con muchos. La línea que unía a unos y a otros era muy delgada. Ellos ya tenían dinero y no nos necesitaban. “El cebo que los ataba a nosotros desapareció, pero nosotras seguíamos con nuestra labor”.

Y así creó la asociación Faycan, una asociación que  prestaba servicios de limpieza y mantenimiento a empresas, particulares e instituciones para crear puestos dignos de trabajo. “Trabajamos con criterios de solidaridad, calidad y eficacia”, se lee literalmente en su web. Y Lola lo explica. “No se trataba sólo de escolarizar a los niños, sino de 'introducir' en el mundo real también a los padres; de buscarles un trabajo y una solución. Las madres eran niñas de 24 ó 25 años que nunca habían trabajado y que se limitaban a sobrevivir y a pedirnos comida y se trataba de que consiguieran valerse por sí mismas”. La fórmula que idearon era simple, pero funcionaba. Ellos los enseñaban un trabajo secillo -limpeza de hogares u oficinas-, los daban de alta en la Seguridad Social, les pagaban un sueldo y buscaban empresas que los emplearan. La fórmula era sencilla a pesar de que las empresas eran reacias a contratar personas sin disciplina ni experiencia en el trabajo. “Nos costó mucho esfuerzo y muchas dificultades, pero logramos montar una madeja empresarial de 36 trabajadores que aún persiste”.

Muchos se han torcido en el camino. No sólo se trataba de una rehabilitación social y laboral, sino que había desengancharles de sus adicciones.  “Como compromiso, les exigíamos un análisis de sangre semanal. Una amiga, que trabajaba en el hospital, nos lo hacía gratis pero luego descubrimos que el análisis no hacía falta. Una sola mirada y ya detectábamos quien había roto el compromiso de mantenerse limpio”. La droga, el alcochol, la ludopatía... se delataban solas. Ahora, la crisis económica se ha convertido en su mayor enemigo. Y en esta cuesta llena de obstáculos y dificultades, su mayor gratificación es la independencia que alcanzan algunos de "sus chicos". Mientras, los proyectos de Lola no cesan. Aún le han quedado fuerzas para crear otros como "Calor y café", una especie de centro de acogida de paso para inmigrantes en el que parar un rato a tomar algo caliente, dormir y cubrir otras pequeñas necesidades.

Así, día a día. ¿Hasta cuándo? “Hasta que el cuerpo aguante. Alguien tiene que tirar de este carro”. Lola es dura de pelar. Ella, como el resto de estos cuatro millones de mujeres mayores de las que habla el estudio, son las mujeres que hicieron la transición demográfica, cambiando la estructura de la familia extensa a una nuclear, las que reivindicaron la autonomía de la mujer y su presencia en un espacio público y proyectaron una vida mejor para sus hijos, en especial las hijas, basada en la educación y la formación, facilitándoles unos medios de los que ellas carecieron.

Son ellas, las que acogieron entusiastas los nuevos modelos de sociedad, introduciendo a nuestro país en la modernidad y las que han transmitido y siguen trasmitiendo a sus hijos e hijas, nietos y nietas nuestro patrimonio cultural y de valores. Reconocer sus aportaciones a la sociedad es una oportunidad que debe ser aprovechada para el desarrollo de su vida activa, para proporcionarles una mayor seguridad y lograr una ciudadanía plena.

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