Un secuestro accidentado

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La noche del 23 de julio un Ford Fiesta de color gris volcaba en la autopista AP-7 a la altura de Corbera, Valencia. En su interior, dos hombres y una mujer. Uno de ellos, el conductor, perdió el control del vehículo -quizás por cansancio-, y no pudo impedir que el vehículo diera tumbos por la autopista hasta que paró en seco. El viaje había sido largo, y aún restaban muchos kilómetros que debía recorrer apremiado por la acción que intentaban ocultar junto a su hermano, el otro viajero. De Italia a Marruecos. Los viajantes habían salido un día antes de viaje desde Marostica, al nordeste de Italia, y no pensaban parar hasta llegar a Marruecos. Sin prisa, pero sin pausa, para ocultar un rapto y una historia de malos tratos. Una historia que truncó el asfalto. Una bocanada de libertad para una mujer.

Las identidades de los tres personajes, de nacionalidad marroquí, permanecen en el anonimato. A la mujer, la llamaremos Irina y, a ellos, Hamed y Hassan. Irina y Hamed se comprometieron hace tres años. Su vida en común no distaba de la de muchas parejas. Discusiones sí, pero las justas. Hasta que hace unos meses los puños desplazaron a las palabras. Y el primer moratón se instaló en el pómulo de ella porque no le había planchado una camisa. Irina decidió no permanecer en silencio. Venció su educación (aquella según la que el hombre manda y la hembra obedece) y la falta de apoyo (el matrimonio vivía con los hermanos de él) y acudió a los Carabinieri. Ellos le advirtieron. Sólo le permitirían aquel exceso una vez. Ni una más. La próxima, iría al calabozo. La historia ocupó una página del periódico local y eso le enfureció. Era el hazmerreir de sus compañeros de trabajo. Su orgullo masculino quedó herido y su honor maltratado e ideó la venganza. En casa, la rutina volvió a adueñarse de su vida. El parecía haber recobrado su comportamiento anterior, y ella… ella, le observaba desde la distancia y la desconfianza. Si le había levantado la mano en una ocasión, podría repetirse.

El pasado 22 de junio -siempre según el relato realizado por Irina ante la Guardia Civil-, Hamed le pidió su documentación con la excusa de ir a renovar los permisos de residencia. Y ella se los entregó. Entonces, se descubrieron sus intenciones. Hamed y Hassan fueron a por ella. La amordazaron  y ataron de piernas y manos. Irina no podía gritar. No podía suplicar. No podía escapar. Y aún así, tuvo una oportunidad que aprovechó. Logró desprenderse de la cinta que la censuraba los labios y gritó por la ventana. Fue inútil. Nadie la escuchó. Entre los dos, la bajaron al garaje de la casa y la metieron en el coche. Emprendieron camino con un destino incierto, al menos para ella.

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La carretera se sucedía sin que ellos la desvelaran el final de aquel viaje. Y…sus intenciones. Hubo varias paradas, pero no la dejaron descender del vehículo. Le ofrecieron comida, pero ella no se fiaba. ¿Y si estaba envenenada? En el trayecto la retiraron su mordaza. A cambio, ella prometió no gritar. Prometió sumisión y cumplió por miedo. Al atravesar la frontera, no hizo ademán de pedir ayuda a los agentes. Se rindió a su destino, al menos en apariencia. El sueño la venció en el asiento trasero, junto al marido que la vigilaba…hasta que un golpe y las vueltas del coche la despertaron. Habían volcado. Magullada, observó cómo Hassan sacaba a su marido del coche. Después, le llegó el turno a ella. La gente se acercó para ayudarles y ella aprovechó el momento. Narró a los agentes su desgracia.

Los hermanos pasaron una noche entre rejas hasta que la juez les tomó declaración y dictó auto de prisión provisional, comunicada y sin fianza por un delito de lesiones y otro de detención ilegal.  Y la prohibición de acercarse a ella. Ellos negaron la versión de ella. Cada una de sus palabras. Según su historia, llevaban a Irina a casa porque estaba deprimida al no poder quedarse embarazada. Su palabra contra la de ella, pero las marcas de las lesiones en el muslo y en las muñecas por las ataduras de la mujer hizo inclinar la balanza de la justicia a favor de Irina. Ellos repitían una y otra vez: “Somos víctimas de la mujeres”. La justicia tendrá la última palabra.

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