Así habla el fuego

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Un avión realiza tareas de extinción del incendió declarado en los Montes de Málaga a finales de agosto. / D. Pérez (Efe)

Temperaturas máximas de 38 grados en el interior y litoral de Alicante, y de 37 grados en el interior sur de Valencia. La administración alerta: nivel de preemergencia. Prohibición de realizar cualquier tipo de fuego, incluso en las zonas recreativas autorizadas. También en índice de riesgo rojo Castilla y León, La Rioja, Navarra, Castilla-La Mancha, Canarias, Extremadura, Murcia, Comunidad Valencia y Cataluña. El resto del territorio nacional bajo índices amarillo y naranja. Temperaturas como éstas se han sucedido durante los días del verano. Y, sin embargo, 2011 está siendo un buen año para los bosques. Desde comienzos del año sólo han ardido 30.657 hectáreas de superficie forestal, frente a la media de los últimos diez años que oscilaba en los 59.593. Menos superficie quemada y menos  incendios. En los primeros seis meses, sólo se han registrado 8.364 incendios en zonas como Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y León y Zamora principalmente.

Cada incendio es diferente. El lugar puede determinar si un incendio es o no provocado. Zonas de mayor interés económico son susceptibles de prenderse por un incendiario.  ¿Qué pasa cuándo no es natural? ¿Qué pistas señalan a un pirómano? ¿Cómo se determina su culpabilidad? El fuego arrasa, pero en sus cenizas los investigadores hallan pistas que les harán llegar a su autor. Averiguar cuál ha sido la causa que ha desatado el infierno no es una tarea sencilla. Recogida de muestras, fotografías, análisis de pruebas en el laboratorio… El trabajo de los investigadores de incendios es una labor de detectives, con la peculiaridad de que en la mayoría de los casos los indicios han desaparecido devorados por las propias llamas, o están deterioradas. La Guardia Civil interviene desde las primeras labores de extinción de un fuego hasta la detención y puesta a disposición del delincuente.

El fuego habla. Su dirección, su intensidad, su posible comportamiento anómalo… son señales que sirven para averiguar si un incendio ha sido provocado o se ha debido a causas fortuitas. Como en cualquier otro crimen, descubrir el lugar en el que se ha iniciado el fuego, encontrar el foco primario, es la pieza clave. Pero… ¿cómo? Desandando sus pasos. En los bosques, es importante determinar los modelos geométricos de propagación, dibujos que hace la expansión del incendio, y que depende del terreno y del viento. Y en esta tarea de fijar  el origen y la evolución del fuego es esencial conseguir la situación meteorológica previa al incendio  y del momento en el que se está produciendo éste.

Dos agentes del Seprona recogen pruebas tras un incendio. /guardiacivil.es

Los investigadores deben leer las marcas del fuego. Por ejemplo, una vez sofocado el incendio, siguen el rastro negro que queda en los árboles, piedras y plantas desde el final de la zona quemada hasta el final. En los edificios, siguen el rastro  en paredes, suelos y en las vigas. Los investigadores estudian la dilatación y deformación de los materiales y la carbonización.Así, fijándose  en las caras más afectadas por la acción del calor se sabe en qué dirección se recibió el impacto de las llamas. Por ejemplo, los listones de madera de las maderas señalan la dirección del fuego: cuanto más quemados, más cerca del foco han estado aunque no siempre es así.

El color del humor es fundamental en los incendios de edificios o naves industriales porque indica qué tipo de acelerante de la combustión participa y alimenta el fuego. Un fuego negro indica existencia de petróleo. En el bosque, si las cenizas son negras indican que el combustible no se consumió y si son blancas, que sí lo hizo. Cuando se ha apagado el último rescoldo en un edificio, lo que queda es una estructura de hormigón y metal carbonizado y retorcido. También puede haber más de un foco y esto no supone que  el fuego haya sido intencionado.

Determinado el foco, se procede a la inspección ocular de la escena del crimen por los agentes del Seprona. Igual que en un homicidio, se acordona la zona y se escudriña. Las muestras recogidas se trasladan al laboratorio para determinar el origen del fuego. También son importantes los testigos, máxime si se piensa que el fuego es intencionado. Cuando existe esta sospecha, hay que detectar en las muestras  si existen restos de productos inflamables. Se realiza un examen inicial usando “esnifadores”, detectores portátiles de vapores que señalan la presencia de restos de productos inflamables, pero que son incapaces de distinguir si se trata de gasóleo o gasolina.Dichas muestras tienen que ser protegidas, para evitar su contaminación con otras fuentes extrañas. Para ello, generalmente, se guardan en recipientes de metal estanco o también en bolsas de nailon precintadas.

Pero ninguno de los métodos empleados tiene una eficacia del cien por cien. Además, a veces los saboteadores tienen éxito en su intento de hacer desaparecer los restos de los acelerantes químicos que puedan delatarles. Lo hacen mezclando la gasolina con otras sustancias que producen un fenómeno llamado pirólisis, y que consiste en la descomposición química de un producto determinado. El uso de estos productos de pirólisis sirve tanto para destruir los restos del acelerante como para enmascararlos.

Si los investigadores tienen suerte y encuentran restos de  gasolina, sólo les resta determinar la marca, una tarea sencilla ya que cada fabricante usa una clase diferente de tinte para su producto, que no se evaporan durante el incendio. Por tanto, pueden recuperarse lavando las muestras con petano, y luego se identifican mediante cromatografía, una técnica que se usa para reconocer productos químicos mediante la separación de las proteínas que los componen. Y conociendo de qué tinte se trata, se sabe la marca de gasolina, el fabricante y las tiendas donde se vende.

No es fácil poner rostro al autor de un incendio, sobre todo a alguno que ha logrado poner en jaque a los investigadores durante un tiempo. Hay muchos casos que esbozan la inteligencia de algunos de estos tipos de delincuentes. Es el caso de Galo Sebastián. Llegó a retar a los agentes hasta en 30 incendios. “Con él se estableció un pulso. Y cuanto más hablaba la prensa de sus crímenes, más se animaba a cometerlos”. Así describía un cabo de la guardia civil a este incendiario de Galapagar en 2006. Entonces, todas las noches se prendía una parte del bosque, pero no conseguían localizarlo. Trataron de cazarle durante semanas, y nada. Jugaba con ellos. Y se estableció un reto entre ellos. La partida de ajedrez se complicaba. Era un asesino en potencia.

La Operación Antorcha se iniciaba en agosto de 2005 en los bosques madrileños. Galapagar, Villalba, San Lorenzo de El Escorial, Torrelodones…Más de doscientos efectivos rastreaban la zona intentando anticiparse al asesino de los bosques, pero él siempre les sorprendía. Y ellos se desanimaban. Los fuegos se sucedían: una llamarada en una zona, y casi al mismo tiempo,  otra a unos cuantos kilómetros. Conocía perfectamente el terreno. Y los guardias estudiaban sus métodos e intentaban adivinar sus secuencias con reglas estadísticas. Utilizaba artificios, fabricaba coartadas…con una mente calculadora y fría. Su secreto era utilizar mechas lentas, hacía surcos en el terreno para que no hubiera gramíneas y así asegurarse de que el recorrido de la mecha hasta dónde había dispuesto las cerillas no contactara con algún material que lo hiciera arder antes de tiempo. Cuando la mecha prendía, él ya estaba en otro sitio y tenía su coartada perfecta.

El 6 de agosto de 2006 fue la gran llamarada en Galapagar. Casi un mes después, la Policía local detenía a Galo Sebastián, de 32 años. En su coche y casa tenía almacenado todo un arsenal para provocar incendios, pero en su declaración confesó ser un amante de la naturaleza. Galo fue miembro de un retén forestal en Ávila y era hermano y compañero de piso del segundo responsable del de Valdemorillo. Las pruebas no mentían: en casi todas las ocasiones llamaba a su hermano para avisar de los incendios que, casualmente, se producían cuando estaba de guardia y, de hecho, él colaboró en algunos de los incendios. Cuando fue detenido, se apagaron los fuegos. El informe psicológico determinó que no era un pirómano, sino un incendiario. Un estratega que se vanagloriaba de que controlaba las llamas. Y es que lo más difícil en la investigación de los incendios es determinar la culpa. Los fuegos hablan, pero no tanto como los asesinatos.


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