Historia de una obsesión

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Miembros de la policía custodian a los tres acusados por el asesinato de Miguel Ángel Salgado, durante la vista celebrada el pasado 16 de noviembre en la Audiencia de Madrid. / Efe

14 de marzo de 2007. Un juez de Madrid entrega la custodia de su hija a Miguel Ángel Salgado, tras años de litigio con su madre, María Dolores Martín Pozo, una abogada penalista de la que se había separado en 2000.  Su primera victoria después de aquella pesadilla judicial. Esa misma tarde, sobre las siete, volvía de trabajar a su casa en el número 3 de la calle de los Caretos de la localidad madrileña de Ciempozuelos sin saber que un hombre le esperaba, escondido, en una pequeña habitación junto al ascensor que accedía a las viviendas de la urbanización. Se acercó a él y le descerrajó tres tiros con una pistola de 9 milímetros. El primero en la mano cuando Miguel Ángel intentó evitar el disparo. El segundo, le alcanzó en el hombro  mientras intentaba huir. Miguel Ángel cayó junto a las escaleras boca abajo. Su asesino le asestó el tercero en la cabeza. "Fue una ejecución", lo calificó la Guardia Civil. Murió casi en el acto.

Murió, sin quizás saber que conseguir a su pequeña le había arrebatado la vida. Un año después los investigadores detuvieron a su ex mujer como inductora del crimen, a un amigo, Eloy Sánchez Barba, como intermediario, y a Charles Michael Guarín como autor material del asesinato. Los guardias civiles lograron, tras investigarles, rastrear sus movimientos y registrar innumerables escuchas telefónicas dibujar el papel exacto de cada uno en un crimen que creyeron perfecto. Los tres han compartido ahora asiento en el banquillo de los acusados en la Audiencia Provincial de Madrid. Ninguno ha reconocido  su culpabilidad y tejieron su defensa en un ataque contra el resto de los actores. La gran ausencia; la víctima. Miguel Ángel había rehecho su vida. Iba a cambiarse de trabajo para pasar más tiempo con su hija, que ahora vive en un centro de menores de la Comunidad de Madrid. Una vida truncada por María Dolores, para quien el Ministerio Público ha elevado la petición de pena de 43 a 45 años.

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¿Quién podía tener motivos para asesinar a un informático ? Aquel marzo de 2007, varias líneas de investigación se pusieron sobre la mesa. ¿Un crimen de rol?  ¿Un ajuste de cuentas relacionado con la 'banda de Alexander Byron'? ¿Un crimen pasional? Ninguna de las dos primeras se sostenía. La víctima no tenía ningún lado oscuro. Ni deudas. Ni enemigos. Tenía 37 años y era jefe financiero de la empresa DMI computer. Tampoco tenía problemas en el trabajo. Era, en definitiva, una persona normal. Pero lo que sí despertó la curiosidad de los agentes de Homicidios de la Guardia Civil  es que fue la propia María Dolores quien sugirió la pista del juego del rol durante su declaración. ¿Por qué quería dibujar a un hombre conflictivo ante los agentes? Ellos no habían conseguido ni una pista de que la víctima participara en ninguna actividad siquiera un poco peligrosa. Su único lado oscuro era ella. La misma que, según relataron algunos testigos esos días,  había amenazado a su ex con palabras duras, pero reveladoras: “He de verte muerto, estás muerto“, dijo. La misma que  declaró ante los agentes que “ era aficionado al rol, me maltrataba, era agresivo… .

Ella era la única que tenía un motivo para matarle y la única con la que mantenía una batalla judicial por la custodia de la hija de ambos. La letrada tenía miedo; miedo de perder la niña y, según relató el sargento de Homicidios durante el juicio, era capaz de manipular y de idear un plan para quitar de su camino a su ex. Y lo ideó. Entonces, hizo su entrada en escena Eloy Sánchez Barba, un guardaespaldas con conexiones en el mundo de la delincuencia. No le llamaron. Fue él quien saltó al campo de juego y se puso en contacto con ellos. Fue él quien se puso a su disposición, según dijo, para esclarecer el asesinato. En realidad, buscaba información sobre las pesquisas que estaban realizando los investigadores y, sin quererlo, les puso sobre la verdadera pista. Despertó tanto sus sospechas que le pusieron bajo vigilancia y así descubrieron cómo fue utilizado por María Dolores para asesinar a su ex. Escuchando su teléfono, los guardias conocieron a Charles, el sicario. En una conversación, éste le exigía a Eloy con amenazas el dinero pactado por el crimen. Así cayeron los tres. Tres llamadas de teléfono situaron a Eloy en el escenario del crimen, en Ciempozuelos, a la hora exacta del crimen y a menos de 200 metros del lugar. No sólo había contratado al 'profesional' sino que le llevó en coche hasta su casa el día del asesinato. Un grave error. A Eloy lo detuvieron el 21 de mayo de 2008. Su declaración judicial fue determinante para la posterior inculpación de la abogada y de Charles, con quien, según los agentes, tenía  "una relación de sumisión y subordinación".

Sin embargo, el crimen fue una obra de María Dolores. No les cabía duda. Poco a poco los testigos que iban desfilando ante ellos iban retratando su carácter frío y manipulador en los folios del sumario. Esos mismos testimonios se han escuchado ahora en voz alta en el proceso. “Nunca perdonó a su ex marido desde que decidiera separarse de ella en 2003”, han dicho los familiares de la víctima. “Cuando se separó –declaró Carmen, con quien Miguel Ángel había rehecho su vida–, lo amenazó con darle en lo que más le dolía, su hija”. Y se convirtió en una obsesión. Lo acusó de ser un mal padre y una persona violenta y convirtió el proceso de separación y divorcio en un calvario salpicado de denuncias falsas que incluían los presuntos abusos sexuales a su hija. La relación se enturbiaba y los jueces los obligaron a que el régimen de visitas se efectuase en un punto de encuentro. No sirvió. En 2003, Miguel vio a la niña por última vez porque la abogada decidió desobedecer las órdenes del juez.  Sus mentiras y falacias motivaron que se archivaran sus denuncias por abusos de forma que el juez de familia determinó un régimen de visitas a favor del padre cada 15 días en presencia de profesionales. Dolores volvió a desobedecer sistemáticamente la resolución judicial. A pesar de ser abogada y conocer el terreno en el que se movía, la cegaba el deseo enfermizo de desterrar a Miguel Ángel como padre en favor del que era entonces su compañero. Los psicólogos determinaron que Dolores ejercía el llamado síndrome de alienación parental para romper el vínculo de su hija con su progenitor. El fiscal pidió el cambio de guarda en favor del padre y, en la sentencia de divorcio, el juez le concedió la custodia.

Pero, mientras la letrada ideaba su batalla judicial, ya había puesto en marcha su plan B para hacerlo  desaparecer definitivamente de su vida y la de su hija. Dolores era desde diciembre de 2006 apoderada de la empresa de Eloy, Cesigur Seguridad S.A., que se encargaba de la vigilancia y protección de bienes, establecimientos, espectáculos y le representaba en varias causas ante los tribunales. Sabía que se movía bien en la noche, en determinados tipos de ambiente, y le encargó contratar a alguien para que se encargara de él. Hubo varios intentos.

Tres días antes de morir, Miguel Ángel  contó a su familia que un vehículo lo había seguido desde su trabajo y había embestido su coche hasta lograr sacarlo de la carretera. Un día antes una moto de gran cilindrada le había seguido hasta su casa. Sólo denunció el primer caso. En el tercer intento, cayó.

Ni Eloy ni el sicario han reconocido ahora su implicación. Durante el juicio, se culparon el uno al otro de la responsabilidad del crimen. Según la versión que mantuvo,  había montado una empresa de seguridad en obras y discotecas con la pareja de María Dolores, a quien conoció después, pero negó que fuera ella quien le pidiera matar a su  ex marido, sino darle un susto. “Ni siquiera la conocía”, declaró. El plan, añadió, transcurrió así: un amigo le presentó al sicario, Charles Michael, en el Palacio de Gaviria. Era un cobrador de morosos y de deudas. Fue él quien le habló de María Dolores. Y fue, siempre según su testimonio, ella quien quedó con Charles en una cafetería de la madrileña Gran Vía para darle una foto de su ex marido y la dirección de su piso en Ciempozuelos. Lo que decía no coincidía con las pruebas. Eloy compró un móvil para que Charles Michael le llamara y quien le acompañó varias veces a ver la casa de la víctima hasta que el día del crimen ambos se desplazaron a Ciempozuelos. Charles Michael entró en la urbanización y, poco tiempo después, salió diciendo que “todo estaba arreglado”. Después,  llamó por teléfono a María Dolores para decirle lo mismo. Eloy también reconoció haber pagado 17.000 euros a Charles pero, aclaró en el juicio, para comprarse un coche.

Charles Michael, por su parte, negó haber estado en Ciempozuelos, los contactos con María Dolores e, incluso, poseer una pistola. Además, se definió como “un hombre de negocios” que consideraba que los agentes debían  haber realizado mejor su trabajo. ¿Y de qué conocía a Eloy?, le preguntaron. Según él, contactó con él para informarse sobre temas de seguridad. “Debe tener miedo, pero no de mí. Eloy mezcla verdades con mentiras. Me habló de que tenía una amiga con problemas con un pederasta. Otro día me contó que se habían cargado al ex marido de su amiga y, al preguntarle si había sido la mujer, me dijo que no". ¿Y por qué los agentes le escucharon en diversas escuchas pedir dinero a Eloy?, repreguntaron.  “Le había prestado dinero cuando no tenía liquidez. Quería recuperarlo para comprarme un coche y no tener broncas con mi mujer”, se defendió.

También negó los hechos la ideóloga del crimen. De Eloy dijo que era confidente de la Guardia Civil y que la había incriminado para librarse de sus causas por drogas. Negó saber que el juez le había dado la custodia a su ex y afirmó haberse enterado de su muerte por los medios. Sin embargo, en una de las escuchas telefónicas, se escuchó cómo preguntó a María Emilia Casas, entonces  presidenta del Tribunal Constitucional, cómo debía recurrir la custodia. Estaba tan desesperada que buscó la forma de acceder a ella para pedirla ayuda, a pesar de que no la conocía.

Las distintas versiones de los acusados y el relato de los hechos no cuadraron en la sala de la Audiencia. Sin embargo, la acusación particular y el fiscal rebajaron de 39 a 13 años la solicitud de cárcel para Eloy, el supuesto intermediario en la aplicación de la atenuante muy cualificada de ayuda a la Guardia Civil para esclarecer los hechos gracias a su confesión parcial. También apreciaron la atenuante de reparación parcial del daño, pues en el juicio ‘donó’ su piso como responsabilidad civil a los familiares de la víctima.

La parte más dura fue para la ex exposa. El Fiscal dijo: “Solo podemos evitar la derrota de la víctima con una condena, aunque su hija sufra una cadena perpetua” y después elevó su petición de condena de 43 a 45 años. María Dolores utilizó su último turno de palabra en el juicio para defender su inocencia. Lo hizo sin llorar, tal y como le había prometido a su hija: “No voy a llorar porque mi vida se derrotaría. Ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos. Amo a mis hijos por encima de todo y voy a luchar por ellos aunque me cueste la vida”. Aún retumbaban en la sala otras palabras suyas,  escuchadas días antes en una grabación de los agentes de Homicidios de la Guardia Civil. María Dolores decía: “Pobrecito. Está muerto. Anda, que se pudra bajo tierra y se lo coman las víboras bajo tierra por no cumplir con sus deberes como padre”.  Con la primeras palabras, concluyó el juicio ante la Audiencia de Madrid. Con las segundas, puso punto y final a su historia emocional con Miguel Ángel. Sólo le resta esperar el veredicto.

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