El ‘capo de la prostitución’, en el banquillo

El rumano Ioan Clamparu, 'Cabeza de cerdo', a su llegada, este martes, a la Audiencia Provincial de Madrid, donde se le juzga. / Juanjo Martín (Efe)

Su abogado ha pedido su absolución. La Fiscalía 28 años de prisión por cuatro delitos de prostitución, uno de ellos de una menor, y otro de aborto. Se llama Ioan Clamparu, pero se le conoce como 'Cabeza de Cerdo'. Esta semana, dos mujeres le señalaron en la Audiencia Provincial de Madrid como el rey de la prostitución. Un explotador. Un traficante. El mayor proxeneta de Europa, según la Policía.  Imperturbable y con una fiera mirada marcando sus ojos azules entró en el edificio judicial escoltado por dos agentes de la Guardia Civil.  La misma frialdad con la que presenció su detención el pasado mes de septiembre tras permanecer diez años en búsqueda y captura. En aquel momento los agentes que le pusieron las esposas argumentaron que fue detenido al ser presionado por el cerco policial, aunque ayer su abogado defensor, Juan Carlos Orbañanos, dijo en la Audiencia que  se dejó detener "por sufrir persecución política". Lo cierto es que se les había escapado en 2004 cuando detuvieron a sus compinches. Desde entonces, le perseguían. Su red estaba detrás de la explotación de prostitutas rumanas en la Casa de Campo y el Polígono Marconi, aunque también tenía contactos en otros países como Italia, Irlanda, Francia y Reino Unido. De hecho, el día de su detención, estaba en la lista de los más buscados por la Policía Española, la de su propio país, y de la Interpol. Cuando le detuvieron, "estaba harto de huir por medio mundo", confesó. Pensó que tenía todo atado y que sus delitos habían prescrito, pero lo había calculado mal.

Finales de 2000. Andrea tenía 17 años. Este martes se sentaba en una silla del tribunal madrileño y ponía un nombre ficticio a una historia  de prostitución y esclavitud. Un pseudónimo para una historia real. Doce años después esta rumana relató a la Sala, con voz débil, sus cicatrices tras un biombo. Narró cómo la obligó a prostituirse, la agredió y la forzó a abortar. Lo hizo tapada y con gafas de sol. Lo hizo con miedo para no ser identificada por los miembros de la banda. Andrea goza de la condición de testigo protegida y, a pesar del tiempo transcurrido, aún teme por su vida.

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Su historia no dista de la de miles de jóvenes explotadas por las mafias de explotación sexual.  Mijhail, un conocido, la llamó a Rumanía para ofrecerle un trabajo de camarera. Embarazada, la joven aceptó la oferta. “No podía contárselo a mi madre”, dijo. Todo parecía fácil. Su ‘amigo’ le facilitó un pasaporte en el que figuraba como mayor de edad y, cuando llegó a España, la alojaron en un piso junto a otras dos jóvenes en Carabanchel Alto, al lado de un cuartel. Ahí acabó la aventura y empezó el infierno.  Su lugar de trabajo no era un bar, ni un restaurante. Era la Casa de Campo y su trabajo consistiría en vender su cuerpo a cualquiera que pagara por él. “No me quedó otra”, afirmó. Le dije a Monika, una mujer que se encargaba de las jóvenes, que no quería dedicarme a eso". No sirvió de nada.

A su jefe le conocería al día siguiente. Era alto, robusto, adusto, con la mirada hierática. Todos le apodaban 'Cabeza de cerdo'. Intentó convencer a Clamparu. Le dijo que ella no quería prostituirse; que realmente había venido a trabajar a España de camarera… “Me dio un puñetazo. Me dijo que o hacía lo que decía o me mataba a mí y mi familia”. Cada día de diez de la noche a cinco de la madrugada Andrea acudía a su lugar de trabajo y hacía lo que le decían. Las mejores noches conseguía reunir unos 600 euros que debía entregar a sus dueños para supuestamente pagar el pasaporte, el viaje y su estancia en España. La pagaban por su cuerpo y ella les pagaba para que la dejaran vivir. Una deuda de fuego.

Andrea aseguró al tribunal que no tuvo oportunidad de escapar. Estaba aterrada. Casi tres semanas después, se atrevió a contarles a sus jefes que estaba embarazada. Clamparu la obligó a abortar. Fue el 7 de noviembre de 2000. Ellos buscaron la clínica y la acompañaron para asegurarse de que hacía lo que la decían. No la dejaron descansar. No hubo tregua. Tuvo que prostituirse  a pesar de las hemorragias que sufría. Días después acudió a los hospitales de La Paz y Doce de Octubre por los dolores y las heridas que no podían curar. En una carta que halló la Policía más tarde dejó escrito: “Desde que he hecho esto tengo pesadillas de un niño que me pregunta por qué le he matado. Sólo Dios sabe que no he querido matarlo”.

A Andrea le sucedió Madalina, otra víctima de la red. La misma historia. A ella también la captó la red de Cabeza de cerdo, al que calificó como el jefe de todo,  con el mismo modus operandi. Madalina explicó que el 'gran jefe' controlaba "a más de cien chicas en la Casa de Campo". Su suplicio duró tres meses, hasta que consiguió escapar. "Era el que mandaba a los demás. Al principio te decían que una parte del dinero era para ti. Luego no era así y tampoco te podías enfrentar a ellos". Varios policías, que iniciaron la investigación a raíz de una denuncia y que declararon ayer en el juicio acreditaron estos testimonios y su terror. "Iban armados y las pegaban auténticas palizas (...) Eran implacables a la hora de propinarles palizas. Algunas de las mujeres tenían un nivel anímico muy bajo y sentían un miedo terrible por el acusado. Una de las chicas vino en un estado lamentable y pasó directamente al hospital y a una casa de acogida", dijeron. Él las convencía a golpes y les contaba lo que les hacía a las que no se plegaban a sus órdenes. Algunas, les dijo, las había descuartizado y había esparcido sus restos por el campo.

Ellas hablaron. Clamparu se negó a declarar. Su abogado se limitó a argumentar que era víctima de una persecución política de las autoridades de Bucarest. Millonario, casi inmune, quizás no quiso seguir viviendo en continua huida. A sus 43 años, ya ha sido condenado por un tribunal de su país de origen a trece años de cárcel. Ahora puede engrosas otra condena. Andrea no ha solicitado que la compensen por aquella pesadilla. “Me conformo con que vaya a la cárcel”, dijo en la Sala.  Ella tuvo la valentía de relatar su terror. Otras dos chicas no comparecieron en el juicio. A ella le basta con ser una de las dos mujeres que consigan su segunda condena, pero quizás sea ella la que tenga que vivir para siempre en una continua huída; su prisión.