En salud, la ‘violencia estructural’ también es de derechas

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Alberto Ruiz-Gallardón conversa con la diputada socialista Ángelez Álvarez, autora de la pregunta sobre el aborto que motivó la polémica respuesta del ministro de Justicia, el pasado día 7. / Fernando Alvarado (Efe)

Ice age coming (llega la Edad de Hielo), ha comentado en su Twitter Eduardo Madina, número dos del Grupo Parlamentario Socialista y elegido, recientemente, por el Foro Económico Mundial uno de los Jóvenes Líderes Mundiales con más futuro entre los cientos de jóvenes presentados de 59 países, según cuenta en su blog Raimundo Castro. Madina escribió este tuit después de escuchar hace unos días —al quedarse helado, se supone—, el alegato demagógico y tramposo, sí tramposo, del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, en defensa de la modificación de la vigente ley del aborto, la conocida Ley de Salud Sexual y Reproductiva. Y ¡ojo!, porque aunque parezca que el camino está andado, nada más lejos de eso. Efectivamente, puede llegar la Edad de Hielo otra vez y los españoles, como siempre, tener que retornar a las cavernas; eso sí, rescatando la vieja boina que tanto dio que hablar y nos distinguió en Europa con el tan jacarandosamente celebrado Spain is different. Las huestes reaccionarias, con lanza en ristre, vienen a por todas... ¡Y si no al tiempo! Por eso, como brillantemente apunta, también en este mismo periódico, Juan Carlos Monedero, "alguien se quedó dormido..." Y eso si que no conviene; cualquier cosa menos quedarse dormidos.

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Y es que no creen suficiente las oligarquías financieras, políticas y mediáticas que para salir de este agujero negro que es la crisis baste con apretarle las clavijas laborales, salariales y hacer leyes regresivas contra el pueblo (dicho así, en general, pues ellos no son “pueblo”, aunque quieran hacer creer que sí), sino que también han de escarbar en nuestra condición humana y moral y ya de paso, en un terreno más práctico, fastidiarnos la salud y lo que haga falta con tal de señorear sobre nuestras vidas, que es lo que por otra parte han hecho siempre. Y así, el alegato en el Parlamento del ministro Gallardón, refiriéndose al problema del aborto como una consecuencia de la “violencia de género estructural” de la sociedad, y que, por tanto, coarta a las mujeres, obligándolas a abortar, no es más que veneno puro, destilado con inquina, y edulcorado con verborrea y jerigonza, palabrería hueca, sin un sólo argumento racional que lo sustente.

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Podría haber dicho el ministro que la derecha abortó siempre cuando y dónde quiso; siempre que lo necesitó. Que para eso tenía el dinero necesario si hacía falta irse a Londres o a París, o a clínicas privadas camufladas... O disponía de esos amigos poderosos que, en un aprieto, siempre te resuelven el problema sin más explicación. Y podría haber dicho también el ministro que a ellos lo que les molesta de verdad es que las mujeres decidan, que sean libres, que dispongan de su cuerpo y de su vida... como parece que disponen los hombres porque —creo que nadie se atreverá a ponerlo en duda—, si los hombres pariesen, el problema del aborto ya estaría resuelto hace tiempo.

No se trata, pues, de abortar o no, como ampliamente se señala en este reportaje de El País. Se trata de un asunto de salud. A estas alturas da vergüenza tener que repetirlo. Nadie aborta por diversión, y a nadie se le obliga a abortar. Y tampoco nadie duda de que cada vez que este hecho ocurre se origina un verdadero drama y un problema de salud (mental, física... qué más da) para esa mujer; una mujer que jamás imaginó que fuera a verse en tal situación. Pero como esto poco importa —lo que importa es controlar, someter, tener la sartén por el mango, imponer a los otros “mis” valores—, el señor ministro de Justicia y los que le aplaudieron a rabiar en el Parlamento prefieren que esa mujer sufra, sufra y se fastidie, lleve adelante el embarazo y arrastre de por vida, recalco, las consecuencia, el castigo... Es decir, un castigo argumentado a partir de ese subterfugio que es la fe y que nada tiene que ver con la razón. Un castigo —no nos cansaremos de repetir que esto es lo que quieren los fundamentalistas de este tema: castigar a la mujer pues, ¿cómo va ella a decidir por sí misma, si “es mía”?—; un castigo que llega por una acción —que vete tú a saber por qué y cómo ocurrió— a la que se prejuzga siempre según esa moral particular, religiosa, que nada tiene que ver en este caso con la aconfesional de nuestro Estado. Una acción (la de abortar) para la que la realidad, ¡la realidad! sugiere que, haciendo lo razonable y lo, afortunadamente ya, establecido por ley, contribuirá a evitar grandes males y sufrimientos a miles de mujeres —sólo en 2010 abortaron en España 111.031 según datos del Ministerio de Sanidad— a las que se les condena a no abortar o a hacerlo clandestinamente poniendo en riesgo su vida.

Pues no. La derecha quiere que las mujeres se sometan a la tiranía de “su” ley del aborto. Cuando la ley lo que ha de hacer es propiciar el bien común, causar el menos daño, apoyar a los más débiles o a los más pobres o a los menos preparados intelectual y moralmente para ejercer su libertad. Los poderosos no necesitan de esas leyes porque ellos hacen con su dinero lo que quieren. ¿O no es así? Por tanto déjese señor ministro de ser Pepito Grillo y de buscar el aplauso fácil de la clac y reconozca que está fastidiando por fastidiar a miles de mujeres para satisfacer sus deseos y los de los suyos; ésos que se escudan en sus creencias para combatir argumentos científicos. Y así no hay manera, ¿verdad?

Estamos hablando de salud. ¿Y no es salud acaso poder resolver con garantías sanitarias un problema, también sanitario, como es un embarazo no deseado? Déjese de violencia estructural y atienda a lo que la razón dicta. ¡Pero si la ley no obliga a nadie a abortar! Incluso usted y los que piensan como usted pueden hacer todo el proselitismo que quieran al respecto —de hecho lo hacen—, o asesorar a aquellas embarazadas que dudan, que aceptan escucharles, y que creen que con sus palabras regalándole el oído se les van a curar todos los males y acabar sus problemas de embarazo. La ley no les impide ejercer su libertad ni les obliga a ustedes a abortar, insisto. Pero la Ley de Salud Sexual y Reproductiva es un instrumento eficaz, más que probado, como recoge en el comunicado emitido por la Federación de Planificación Familiar Estatal (FPFE), nada más oír sus palabras. Una ley que contribuye a hacer más fácil y mejor la vida de muchos miles de mujeres cada año. Dejen ya la ley en paz, ¡qué tanto esfuerzo ha costado conseguirla!, ¡y que tanto bien está haciendo! y sea usted generoso y piense en esas miles de mujeres a  las que cada año condenará otra vez a la clandestinidad, a la ocultación, al miedo, al riesgo... Al riesgo de ir a la cárcel o a la muerte, quién sabe.

No haga retroceder, ministro, a las mujeres, otra vez, por el túnel del tiempo, como escribe José Ángel Lozoya, para acabar, sin remisión, en la Edad del Hielo.

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