Marta, la voz de las víctimas de trata

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Marta González, coordinadora de Proyecto Esperanza contra la trata de mujeres. / Proyecto Esperanza

Un código de barras tatuado como símbolo de la deuda contraída. Un bocadillo a cambio de un favor sexual. Son detalles, escabrosos, de la esclavitud sexual que sufren muchas mujeres en nuestro país. Un tipo de esclavitud que traspasa fronteras y que se adapta a los tiempos porque el sexo sigue siendo un negocio con grandes réditos. Materia prima no les falta a los negreros del siglo XXI. Mujeres sometidas, violadas, golpeadas, maltratadas, prostituidas… es la letra pequeña de un negocio en el que sólo hay un ganador y que no es fácil abandonar. “Cuando una mujer desafía a una red que la somete y la cosifica, la venganza posterior -el castigo-, es un mensaje también para el resto de las mujeres. Si han sido testigo de este castigo, basta la simple amenaza -el ya sabes lo que le ocurrió a …-, como forma de someterlas. Estos mensajes no sólo lo utilizan la red que la somete sino otras cuando estos castigos se han difundido “excesivamente” en medios de comunicación. A nosotras nos preocupa el hecho de que, al publicitar estos métodos, les hagamos el juego”, confiesa Marta González Manchón.

Marta se vinculó en la trata de mujeres en 1998, trabajando como voluntaria en el Departamento de Derechos Humanos de la ONG internacional, Alianza Global contra la Trata de Mujeres (GAATW) en Bangkok, Tailandia.  En 1999, junto a otras mujeres voluntarias, crearon el Proyecto Esperanza, para dar respuesta a esta realidad en España  proporcionándoles un apoyo integral especializado. Entonces este problema no “existía” en España. “Simplemente, no podía pasar. La Policía atendía casos aislados, pero no tenía donde derivarlos ni podía ofrecerles protección”. Actualmente coordina el Proyecto en Madrid en el que desarrolla funciones de identificación de casos, formación y sensibilización e incidencia Política. Su esfuerzo se ha concentrado en potenciar e impulsar la autonomía de la mujer que ha sufrido la trata, ayudándola a protagonizar su recuperación e integración social y a retomar las riendas de su vida.

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Desde entonces, por el Proyecto han pasado unas 600 mujeres. Muchas y variadas. No le gusta hablar de perfil de víctima, pero una aproximación podría ser la de mujeres entre 18 y 25 años, de escasa formación, que no han tenido muchas oportunidades y, por tanto, muy vulnerables; fáciles de ser engañadas y manipuladas. La experiencia de Marta es una  mirada sabia al complejo mundo de las redes. Conoce de cerca las marcas  de la esclavitud sexual. Las heridas de años de maltrato y vejaciones sexuales. Esta conversación transcurre cuando aún los informativos explican la detención de una banda de rumanos que tatuaba a ‘sus mujeres’ como signo de poder y posesión; como  recordatorio de quién era su amo y señor. La imagen de esta violencia es siempre un arma de doble filo. A su juicio, a veces se concede demasiada importancia a estos detalles y se hace poco hincapié en el valor de las mujeres para escaparse, recuperar su libertad y rehacer su vida.  “Hay que fortalecer el mensaje de que en España no hay impunidad para este tipo de delitos; hay que decirles a las víctimas de estos delitos que el tráfico de mujeres es un delito que se castiga y que ellas tienen derecho a protección”.

Los métodos de coacción para doblegar la voluntad de la víctima son distintos según el país de origen de la red y las víctimas. “Observamos que las redes (aunque no siempre son redes, a veces son personas) en cada caso se adaptan al contexto, incluso a las propias personas o a sus factores culturales. Tratan de condicionar la libertad de esa persona y se adaptan a su perfil concreto porque no se somete igual a personas de diferentes perfiles intelectuales y personales. Cada caso es un mundo y aunque ese mundo sea distinto, el objetivo al final siempre es el mismo; enriquecerse. En ocasiones, la simple amenaza verosímil y fundada es suficiente en países en los que la vida no vale un duro. No hace falta que se les encierre bajo llave o que se les propine una paliza”, explica.

Según los expertos policiales consultados, las redes rumanas son las más violentas. No tiemblan a la hora de ejercer la violencia física para asustar y doblegar la voluntad de las mujeres; palizas, puñetazos, violaciones en grupo... Son captadas en pueblos pequeños y el traficante conoce a la familia, es muy habitual que las amenacen con matar a sus padres, o a sus hijos si los tienen. No suelen hablar español y, en cuanto aterrizan, les quitan los billetes de vuelta, el pasaporte y el dinero y las vigilan de cerca. No tienen salida.

Cartel de una campaña contra la trata de personas impulsada por la Organización Internacional de las Migraciones. / oim.int

Como señala Marta, legislar es sólo el primer paso, pero no hay que desdeñar los avances conseguidos en este terreno en los últimos años. Se ha avanzado. No hay duda. El artículo 177 bis del Código Penal ya recoge de forma correcta este delito de forma que, para que una conducta sea recogida como trata de mujeres con fines de explotación sexual, ya no es imprescindible que sea una red, sino puede imputarse a una persona. También el hecho de que en la Ley de Extranjería no se limite a la definición de víctimas a personas en situación irregular. Sin embargo, señala, falta rodaje, medios y coordinación entre las diferentes autoridades. Forzar estos cambios legales ha sido su batalla en los últimos años. Ahora, la batalla será comprobar cómo se aplican dichos avances. Comprobar la efectividad de la extensión del periodo de reflexión a 30 días, por ejemplo. Esta figura persigue facilitar la recuperación física, psicológica y emocional de una víctima de trata, permitirle escapar de la influencia de los tratantes para que pueda decidir si colabora o no con las autoridades en la investigación y persecución de los autores del delito. Este periodo supone una importante garantía para las víctimas, especialmente para las que se encuentran en situación irregular, ya que durante el mismo no podrán ser devueltas o expulsadas del país. Además, les permite distanciarse física y psicológicamente de quienes la captaron.

Marta señala, además, que la colaboración con las autoridades no puede quedar reducida a  un canje. “La protección de las víctimas y la garantía de sus derechos no puede estar sometida a su colaboración con las autoridades. Aún no se ha definido si una víctima debe poner todos los esfuerzos que están a su alcance para que la Policía detenga a aquellos que la sometían o si, en cambio, sirve el mero hecho de denunciar. Ella es partidaria de lo último. Una vez que la víctima ha dado el primer paso y vence el muro, eso debería bastar para protegerla y otorgarla, por ejemplo, el permiso de residencia, sobre todo cuando está en proceso de recuperación”. Sin embargo, el talón de Aquiles sigue siendo la identificación de la víctima; acceder a ellas. La tarea más difícil es ganarse su confianza y,  en este punto, uno de los mayores obstáculos es el hecho de que sólo se habilite en esta tarea a las Fuerzas de Seguridad a diferencia de otros países en los que también se reconoce a las ong. Un arma de doble filo. “Muchas veces de quienes sienten más miedo es de la Policía y rechazan esa ayuda. Ni la entienden ni están en situación de actuar libremente. En 2011 el 90% de las mujeres que fueron identificados por la Policía rechazaron esa ayuda. Nosotras creemos que hacen un trabajo estupendo pero hay una parte de ese trabajo que no se puede dejar en sus manos. Aún así, la coordinación es buena; cuando hacen una redada o detectan a una posible víctima las derivan a organizaciones como la nuestra. Es fundamental que alguien les explique los derechos que tienen, las posibilidades, la situación del proceso judicial en el que se hayan inmersas o, simplemente, servirles para tener un domicilio para las citaciones judiciales y que no sean ellas quienes se expongan”.

Se exponen y mucho. Por eso, no son muchas las que vuelven a la calle. Una vez que han recibido apoyo integral es difícil que vuelvan a la calle. Sin embargo, no todo está dicho en este terreno. Marta aprende de cada mujer. Hay que trabajar desde su fortaleza porque, asegura, son mujeres con una gran capacidad de recuperación; con una gran valentía. Lo dice una de ellas. He aquí su mensaje: “Que tengan fe y paciencia, porque aunque hayamos sufrido un duro golpe, seguimos vivas. Y logramos éxitos al escapar, al denunciar, y no fuimos deportadas. Y que hay una luz, una esperanza de mejorar, que el proceso se hace muy “poco a poco”, como dicen los españoles”.

1 Comment
  1. Tu poema Es muy buena says

    A mi me gustado y mucho me cantaria tener contanto contigo me falta un poco de castillano pero gracias

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