Un siglo de infelicidad infantil

Cubierta de 'La estipe de los niños infelices', primera novela sobre el suicidio infantil.

"Néstor tenía once años, y ya había tratado de matarse cuatro veces: lo habían cogido corriendo hacia las vías del ferrocarril, había tratado de ahogarse en el río, se había tomado un frasco que creyó matarratas y había intentado saltar de la torre de la Catedral después de subir los 264 escalones. Palizas, maltratos y abusos sexuales llenaban una corta existencia que vivía sin esperanza. Pero no cejaba en su empeño. Estaba convencido de que se trataba de elegir bien. Aquel día de mayo, se coló entre las piernas de los embobados espectadores, se escabulló de los brazos de aquellos bomberos tan bien equipados, y se precipitó al interior del edificio en llamas. El humo le inundó la boca y la garganta, masticó carbonilla y sintió como sus ojos se hinchaban. La lengua le ardía, y notó el chisporroteo instantáneo que le dejaba sin pelo la cabeza y los brazos, las llamas que se comían la camisa y el pantalón ya hechos jirones de antes. La piel se le llenó de burbujas que estallaban, pero él ya había perdido el sentido, sin oxígeno y sin dolor, en un rincón, entre vigas carbonizadas, con el pequeño cráneo reventado por la presión y sus finos labios retraídos en una mueca indefinible”.

Palabras crudas para afrontar el grave problema del suicidio infantil, una realidad por muchos ignorada, pero latente en las dramáticas cifras de suicidio que cada año la Organización Mundial de la Salud nos recuerda en el Día mundial para la prevención del suicidio que se celebra cada 10 de septiembre y que Beatriz Becerra, escritora, ha escogido para presentar  “La estirpe de los niños infelices”, la primera novela que visibiliza este problema a través de diez casos de niños entre 11 y 14 años, ocurridos desde principios del siglo XX a nuestros días en lugares como Medellín, Israel, Austria, España… con circunstancias, motivos y métodos muy diversos. Un pequeño mosaico de historias de niños infelices, de criaturas sin hacer, frágiles, que sólo pretende, en palabras de su autora, darles voz y, si es posible, despertarnos la conciencia con un lenguaje ágil, directo y tierno.

Publicidad

El suicidio y el intento de suicidio en niños y adolescentes, aun siendo todavía un tema tabú confinado al secreto de la familia, ha pasado a constituir un problema médico y psiquiátrico, y, sobre todo, un problema humano y social de primer nivel. Diez años lleva la OMS promoviendo este día para fomentar compromisos para prevenir suicidios. Hablemos de cifras. El número de muertes por suicidio en el mundo supera las causadas conjuntamente por guerras, terrorismo y asesinatos. Cada 40 segundos una persona se suicida en el mundo. Cada año un millón de personas deciden acabar con su vida. Cada día hay,en promedio,casi 3.000 personas que ponen fin a su vida. Pero por cada suicidio hay veinte tentativas fallidas. Sin embargo, en medio siglo ha habido un cambio de tendencia: si en 1950 el 60 por ciento de los suicidios eran protagonizados por personas mayores de 45 años, actualmente el 55 por ciento de las personas que acaban con su vida son menores de esta edad. De hecho, el suicidio es la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 44 años, y entre los jóvenes de 10 a 24 años, globalmente, el suicidio constituye la segunda causa de muerte, sólo superada por los accidentes (que, en muchos casos, no son tales, sino suicidios y asesinatos).

Niños de primaria que apenas acaban de empezar a integrar en su estructura cognitiva la irreversibilidad de la muerte. Y, sin embargo, sigue existiendo falta de conciencia sobre el tema. La autora, con su obra, nos enfrenta a este asunto tabú a través de más 285 páginas descarnadas en las que se lanzan al lector preguntas como qué induce a un escolar a saltar por la ventana, a atiborrarse de pastillas o a colgarse de una viga y qué podemos hacer para prevenir esa agonía en nuestros niños y ahorrar a las familias la angustia y el sentimiento de culpabilidad intolerables. Y lo hace a través de estas diez vidas quebradas que se entrelazan en la existencia de una psicóloga gallega, Lola, experta en trastorno límite de la personalidad, que un día se embarca en un Congreso internacional sobre suicidio en Paraguay atraída por el nombre de una de las ponencias: “Suicidología infantil”. Es su propia historia personal llena de interrogantes con el el suicidio de uno de sus hermanos al que nunca conoció lo que hace acudir a la cita. Allí conoce a Adrián, un médico guatemalteco y experto en el tema, que acaba pidiéndole ayuda para acabar  un proyecto en el que lleva tiempo trabajando y que es precisamente recopilar un siglo de infelicidad infantil en diez historias de suicidio.

Fruto de esta investigación, la protagonista percibe cómo en España no se invierte en la prevención del suicidio. Descubre que no existe una iniciativa nacional de prevención del suicidio con la excepción de la Guardia Civil, los que habitualmente se enfrenta a evitar, notificar y hacer atestados sobre casos de suicidio. “Es mejor negar que ver. La invisibilidad, la vergüenza, el manto de fracaso que el suicidio lleva consigo… son inaceptables. El motivo está claro: por qué dedicar el tiempo que no tienen a quien no desea vivir, en lugar de al que sí lo desea”, concluye.

Lola acaba descubriendo también su preocupación por cómo afecta a su entorno ese cataclismo afectivo, moral y emocional que supone el acto de quitarse la vida. Como define su compañero de viajes en esta novela, el doctor Adrián, si existiera un Record Guinness absoluto del dolor y la confusión, ése sería el que desencadena el suicidio de un niño. “Nos hemos inventado la idea romántica de que los niños son felices. No podemos ni queremos aceptar que puedan sufrir de forma inimaginable, a pesar de que la realidad nos demuestra lo contrario. La felicidad infantil es un mito, y muy reciente además. Apenas tiene un siglo de vida. Y se basa en una gran falacia asumida por la sociedad contemporánea: que la felicidad se encuentra fuera de uno mismo, y se incrementa con el aumento del bienestar”.

El suicidio infantil no es, sin embargo,  un fenómeno nuevo, que sólo se produce cuando existen trastornos psiquiátricos previos o graves factores desencadenantes en el entorno. A lo largo de la historia, en todo tipo de circunstancia y contexto, no necesariamente patológica o extrema, ha habido niños suicidas. Niños que han buscado en la muerte la manera de escapar a una desdicha o desesperanza insoportables. La lista de motivos es extensa: maltrato físico, humillación, muerte de un ser querido o conflictos familiares mantenidos, hasta el aburrimiento, suspender los exámenes o no recibir suficiente atención, los celos, los amores contrariados o un embarazo oculto… Antes de realizar un acto de suicidio, lo que sienten es desamparo, fracaso, odio, amargura, soledad, rabia, aburrimiento, desesperanza, pesimismo, culpa y desinterés. No existe un único cóctel que desencadene la conducta suicida. Tampoco una única causa, motivo o factor común a todos ellos, salvo uno. Y para un niño que ya reconoce la permanencia de la muerte, el suicidio puede suponer una salida cercana e inmediata, incluso acogedora, para un presente desesperanzado e infeliz.

En el libro, describe la autora, Lola se siente invadida por el desengaño altivo de Blanche, la desolación cínica de Gustav y la incrédula decepción de Néstor; por la gigantesca soledad de Akira, la dulzura crédula de Daniel y la desesperada determinación de Peter; y por la tremenda, conmovedora ternura de Chiara… Este “tapiz de niños-historias”  finaliza con la historia de Julián, de 12 años, y el hermano que no conoció la psicóloga. Verbalizarlo, para ella, supone aceptarlo y afrontar esta experiencia tan dolorosa.

Julián lo tenía todo. El cuidado de una familia, una situación económica razonablemente buena, inteligencia, salud, buena planta, un futuro brillante si seguía sus estudios, y a Manuel, su hermano menor, que era su sombra y su alegría, la mitad de su alma. El problema de Julián eran las voces que escuchaba en su cabeza y que le daban órdenes. Nadie supo escucharlas con él. Quizás si Manuel se hubiera decidido a hablar abiertamente con sus padres o con algún profesor acerca de lo que le estaba pasando a Julián, le hubieran llevado a un médico, quizá les habrían recomendado visitar a un psiquiatra de confianza, y puede que éste, le hubiera diagnosticado que sufría esquizofrenia. Las cosas sucedieron de otra manera. Y Julián organizó su partida. El jueves 14 de junio, antes de que amaneciera, cogió su bicicleta, ató la pequeña bolsa al manillar y se fue solo al río. Se colgó la bolsa del cuello, se llenó de piedras los bolsillos del pantalón, y el interior de su camisa de sarga azul, y se sumergió. Aunque la cabeza le estallaba, abrió mucho los ojos y, en medio de la negrura de aquel fondo en el que nadaban las percas, vio al fin muchas lucecitas que le tranquilizaron. Por fin, sí, habían llegado.

Y hoy día de la prevención, toca visibilizar este mito. “Visibilizar y abolir prejuicios es el primer paso para poder abordar medidas preventivas. En el caso de España, un dato clave pone en valor la importancia de la prevención del suicidio: el número anual de suicidios consumados en nuestro país es superior al de víctimas mortales de tráfico en carretera. Mientras que las políticas de prevención en el caso de tráfico tienen resultados significativos, en el del suicidio el silencio y la invisibilidad del fenómeno no hace sino incrementar las cifras oficiales”, destaca la autora. No es lo mismo querer morir que no querer vivir. No es fácil que alguien se quiera matar si sabe que alguien se interesa por él. Y la desprotección de los niños es producto de la debilidad adulta para ponerles límites.