La nueva ‘libertad’ de Noelia de Mingo

Noelia de Mingo, en 2003, conducida a la Audiencia Provincial de Madrid. / Efe

– ¿Por qué acuchilló usted a los enfermos?

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Me estorbaron, eran obstáculos en mi camino, confesó, con frialdad.

Lo hizo días después ante el juez. No quiso hacerlo ante la Policía cuando la detuvo el 3 de abril de 2003. Noelia de Mingo era residente en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. Curaba pacientes, pero no percibió que estaba enferma. Padecía “esquizofrenia paranoide con delirios de persecución y alucinaciones”. Su enfermedad disfrazaba el mundo real de maldad. Aquel día empuñó un gran cuchillo y la emprendió a puñaladas con todo el que se le ponía por delante. Mató a tres personas e hirió a otras siete. Tenía 31 años. La sentencia la condenó en 2006 a 25 años de internamiento en un centro psiquiátrico, como medida de seguridad, y la eximió de la cárcel por tres delitos de asesinato y otros siete en grado de tentativa. El tribunal consideró que su esquizofrenia estaba dentro de los tipos recogidos en la eximiente de enajenación mental del Código Penal y precisó que, si mejoraba, podía ser puesta en libertad antes del periodo máximo de condena.

Ahora es un equipo técnico – formado por un psicólogo, un psiquiatra y un trabajador social–, quien la valora en el hospital psiquiátrico penitenciario de Foncalent, en Alicante. A su juicio, y por el momento,  es necesario que Noelia se integre poco a poco a una vida “normal y rutinaria” para recuperarse del todo. Por eso, la paciente ha disfrutado ya de varias salidas. Primero fue una tarde por los alrededores del centro, después una salida a Alicante y, al final, estancias de casi un mes en casa. La primera, el 15 de diciembre de 2011, por Navidad, que pasó con su familia en El Molar y, la segunda, en marzo. La de ahora sería la tercera. Todas estas salidas están supervisadas por el juzgado de vigilancia penitenciaria número 2 de la Comunidad Valenciana. “Es una forma de que poco a poco se pueda integrar en la sociedad y comprobar si el tratamiento está siendo efectivo“, explican desde el TSJV e insisten en que, en todas estas salidas al exterior, no ha habido incidentes.

No todos se muestran conformes con esta medida. La asociación El Defensor del Paciente, que se personó en la causa como acusación particular en el juicio y fue muy crítica con la permisividad del hospital, afirma que la médico “aún es un peligro para la sociedad y para otras personas”. De hecho, a las tres últimas salidas las llaman vacaciones. No comparten tampoco que no tenga ningún tipo de medida de seguridad ni control policial y que sea ella misma la que efectúe sola los desplazamientos. “Noelia De Mingo padece una  enfermedad para la que hoy no existe una cura definitiva, sino medidas de control. Dado que el juez considera que sigue siendo necesaria la medida de internamiento, es un completo despropósito que se la permita desplazarse a su libre albedrío en tren, autobús y metro, o que se pasee sin ningún tipo de control policial o medida de seguridad por la localidad donde vive su familia, El Molar, en Madrid”.

Lo cierto es que Noelia debe seguir un tratamiento vigilado. Lo que ocurrió aquel día fue fruto de una negligencia encadenada que permitió que sus demonios acabaran dominándola. El 3 de abril de 2003 las radios de las patrullas escupían un mensaje de alarma. Una mujer, médico decían algunos, “está acuchillando a pacientes y compañeros“. Eran las dos de la tarde. Noelia estaba en el cuarto de enfermeras de la unidad 43, en la tercera planta de la clínica. El brote psicótico se apoderó de ella. Las depresiones y alucinaciones que sufría desde hace meses explotaron en su cerebro. Empuñó un cuchillo de 15 centímetros  y sin pronunciar ninguna palabra apuñaló una y otra vez por la espalda a Leila El Ouamaari, de 27 años, una compañera que en esos momentos estaba sobre un mostrador entre vendajes, medicamentos y papeles. Llegó al quirófano en parada cardiorrespiratoria y no pudieron salvarla. Después se giró y apuñaló cuatro veces en el tórax a una paciente, Jacinta Gómez de la Llave, de 77 años. Hablaba con su hijo por teléfono en la habitación 4308 y lo dejó para ayudar a Leila. Noelia se la echó encima.

Luego fueron un auxiliar, dos enfermeras, dos médicos y el familiar de otro enfermo. A diestro y siniestro. Sin discriminar pacientes ni personal. Un rastro sangriento recorría la unidad 43. Había sangre en el suelo, en las paredes, en las puertas… Lo contó así Juan, un testigo. “Vi a otra enfermera o médica huyendo de la habitación con un corte enorme en el cuello. Otros enfermeros y enfermeras entraban en la salita. Entonces la vi a ella, desencajada, con el cuchillo en la mano, ensangrentada“. Juan se escondió y llamó a la policía con su móvil. En la habitación contigua, Águeda esperaba a su marido. No pudo verlo. Félix Vallés, de 77 años, acababa de terminar de comer y se dirigía a la clínica. Cuando traspasó la puerta de la unidad se topó con la homicida. Le asestó una puñalada en el estómago  que le alcanzó el páncreas y la arteria aorta. El  paseo mortal de la médico seguía por la planta hasta que unos empleados la cercaron y un celador la acorraló contra la pared con una barra de hierro. Dejó caer el cuchillo, empapado de sangre, y se entregó. Se rindió. Tenía la ropa y las manos manchadas de sangre. No declaró ante la Policía. La ingresaron en la unidad psiquiátrica del hospital.

Noelia era una chica introvertida y tímida, que no tenía muchos amigos, hija de los antiguos dueños de uno de los restaurantes más afamados de El Molar, ya desaparecido. Su vida transcurría rodeada de una aparente normalidad. No era tal. Su enfermedad no estalló aquel trágico día. Había señales, pero las ocultaron. Los testimonios que empezaron a llenar el  sumario así lo acreditaron. No era una residente normal. De hecho, no hacía guardias. “Desde que tuvo el problema en Urgencias (año 2001) dejó de hacer guardias”, describió la doctora María Alcalde. Ella misma, según consta en el informe pericial psicológico, destacó que “atender urgencias le causaba un elevado estrés, por lo que se vio pronto liberada de esta tarea al solicitarlo al tutor”. Su testimonio fue entonces trágico, por revelador. “Unos días después, en una sesión clínica, oía voces –como de una megafonía-, que hablaban conmigo, con lo que pensaba me decían que tenía esquizofrenia, que era una retrasada mental, que era bisexual“. A sus compañeros les creía colaboradores. “Poco a poco me di cuenta que los pacientes no eran pacientes de verdad, sino actores, que los mandaban los de la grabación que eran psiquiatras”. Creía que la espiaban.

Los psiquiatras constataron sus alucinaciones auditivas, el distanciamiento afectivo y los trastornos del comportamiento que mantenía de terceras personas. El cuadro se enmarcaba dentro del tipo paranoide con ideas de persecución que se iniciaron dos años antes, cuando en el transcurso de una sesión clínica en su puesto de trabajo, apareció un trastorno alucinatorio en el que se sintió perseguida, perjudicada y amenazada. Estos episodios eran cada vez más frecuentes. “En las historias clínicas de la médico se vio un cambio radical y así se lo comunicaron al Jefe del Servicio”, denunció la doctora Alcalde. “No se relacionaba con la gente, no hacía una vida de residente normal, daba miedo mirarla”, declaró la doctora Belén Alonso. Algunos colegas contaron que la veían escribir en un ordenador apagado del hospital. Sus quejas cayeron en saco roto. Los jefes de Servicio decidieron que De Mingo siguiera tratando a pacientes hasta el día que su psicosis se apoderó de ella.

Ella reconoció más tarde que planeó su venganza contra aquellas voces y los enemigos que veía en su mente. También confesó cómo había comprado el arma la tarde antes cerca de Plaza Castilla. Entonces ya llevaba cuatro meses sin tomar la medicación que un psiquiatra le prescribió para combatir los cuadros de “manía persecutoria” que esporádicamente brotaban en su mente.

– ¿Por qué compró usted un cuchillo y no lo cogió de casa?, le preguntaron los investigadores días después.

Pensaba llevar el cuchillo conmigo durante varios días. Si hubiera cogido el de casa se habrían dado cuenta…, contestó.

Lo escondió en la parte inferior del bolsillo. Vió a sus compañeros “murmurar” sobre ella, dijo. No le hizo falta nada más: desenfundó el cuchillo y se abalanzó sobre ellas. La lucidez con que declaró y el lujo de detalles que aportó sobre su periplo avivaron dudas entre los investigadores sobre su grado de esquizofrenia. Noelia admitió ante la comisión judicial que sabía a quién agredía, pero que su intención no era matar a nadie, sino defenderse de sus espías. “No he dado a nadie en el corazón, ¿no?“, preguntó a uno de los investigadores. “Sí, sí que ha dado usted en el corazón“, le dijeron.