Se veía venir… Hay que aprender a morir en casa

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Carteles sobre las consecuencias de los recortes, en la manifestación celebrada en Madrid el pasado 22 de diciembre. / V. Lerena (Efe)

Durante los años gozosos de aquellas dos décadas de milagros, en las que todo era posible, los políticos españoles prometieron hospitales al lado de casa: uno en cada pueblo importante, a poder ser; fármacos a discreción, en abundancia y cuando se quisieran, hiciesen falta o no; tratamiento bucodental gratuito desde la infancia; traslado inmediato de enfermos, a ser posible en helicóptero; habitación individual en cada hospital, por supuesto con toda clase de comodidades como el televisor de plasma (nunca mejor dicho) y otros aderezos que poco o nada tenían que ver con la salud. Prometieron también no sé cuantos tipos de menú al día para los enfermos y café con picatostes para los acompañantes... Incluso hubo un político que en su desvarío, y en plena efervescencia en una de aquellas campañas electorales, prometió vivienda gratis para cada joven mayor de 18 años como si esto respondiese a un Plan de Salud y, además, garantizase la felicidad. Es decir, el sufrido pueblo español —ese que vota y calla— creyó que España era Jauja y fue acostumbrándose de tal forma a esos ríos de miel que le prometieron (y en algunos casos degustaron) que terminó por ir a pasar el día a los centros de salud y hospitales como el que va a la taberna, al club social o al barbero.

Lo cierto es que todavía puede observarse una inercia en ese sentido... Frecuentemente se ve cómo algunas personas se citan en la consulta del médico de familia, aprovechando que han de pasar por allí a que les hagan unas recetas. O cómo en las salas de espera de los hospitales, casi siempre abigarradas de gente, se organizan tertulias de familiares y amigos, aprovechando que le ha dado un pasmo a la abuela y ha habido que llevarla a Urgencias. Y no lo hacen por mala fe, no. Es que llevan años oyendo que tienen derecho a eso y mucho más. Y ahora no entienden como pueden quitárselo todo de golpe cuando se trata de algo tan importante como es la salud.

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Pero esta sólo es una de esas dos caras que (al menos) tiene la realidad, y que ahora habrá que aprender a gestionar de otra manera ya que los recortes (económicos, materiales y humanos) no garantizan que todo vaya salir bien. Y ahora ese grito de guerra, ¡Ale, todo el mundo a Urgencias!, tiene sus riesgos: puedes morirte allí, esperando mientras te atienden.

La otra cara es el personal sanitario. Ese personal que trabaja en los hospitales públicos, vencido por la presión y la falta de tiempo, sintiendo a diario en sus carnes el desmoronamiento del castillo de naipes en que se está convirtiendo la Sanidad Pública. Estos profesionales ni siquiera hablan ya de la merma en sus sueldos, ni de que les van a privatizar su lugar de trabajo para dárselo a unos iluminados que piensan engordar sus negocios a costa del sufrimiento ajeno. No. Ahora tienen bastante con multiplicarse para atender en Urgencias a esa riada de personas que les llegan; algunas muy enfermas y otras no tanto, pero que aprendieron que la puerta de Urgencias era el camino más recto para que les hicieran caso o, como se ha dicho antes, tienen el hábito adquirido en los años gozosos del “Usted tiene derecho, usted tiene derecho, usted tiene derecho... Y le vamos a dar lo que pida; lo que pida, lo que pida...”, que tanto les gustaba, y gusta aún, repetir a los políticos.

Pero esto se acabó. Ahora la sala de Urgencias puede terminar siendo un potro de tortura; peor que la enfermedad, incluso. Médicos, enfermeras, auxiliares, celadores y todo el personal que atiende este servicio quisieran tener cuatro manos, seis, diez... O varias lenguas para hablar y poder atender a la vez, consolar y dar explicaciones a tanta gente como les pide ayuda: una aclaración, una palabra de aliento, una información... En estas Urgencias, en las que ya no caben más personas sufriendo, empiezan a hacinarse los enfermos a la espera de que ocurra un milagro y quede una cama libre. ¡Ay, los recortes!

Y no hablo de oídas. Yo he vivido recientemente esta experiencia y sé que lo que se cuenta estos días en la prensa del Hospital Universitario de A Coruña es verdad. Es sólo un ejemplo que puede repetirse en cualquier momento en otros hospitales de España. Esperar en Urgencias 24 horas, enfermo —se supone que uno ha ido hasta allí por eso; nadie va a un sitio así a bailar una jota— sin que te atiendan, es duro. Más que eso: denigrante. Y puede que sea causa de muerte por desesperación, si antes no te mata la enfermedad. Pero sobre todo es injusto. Injusto porque ocurre en un país, España, en el que se ha despilfarrado tanto en eventos y actuaciones absurdas, que nada aportaron a la comunidad —salvo loas y gloria para los políticos, claro—, mientras la Sanidad, una de las joyas más preciadas de nuestro sistema democrático, se degrada hasta tal punto que parece haber retrocedido a hace 50 años.

“Situación de extrema gravedad y caos total”; “colapso”; “almacén de pacientes”, en alusión a las Urgencias; “enfermos que esperan 24 horas en una camilla o sentados en una banqueta en el pasillo a que haya una cama libre”... se ha podido oír y leer estos días en referencia al hospital de A Coruña. Son frases, palabras que inquietan. Asustan. Y asustan más cuando llegan noticias como la que acaba de aparecer en la prensa internacional referente al hospital de Stafford (Reino Unido). En un informe de más de tres mil páginas, referente al período 2005-2009, remitido al Parlamento, se habla de que podría haber habido hasta 1.200 fallecimientos a causa del abandono y dejación de responsabilidades en el citado hospital. El trato vejatorio a los enfermos fue tal que el primer ministro David Cameron se ha visto obligado a pedir públicamente perdón al país. Y todo porque los recortes eran tales que primaba “el interés corporativo y control de costos por encima de los pacientes y su seguridad”, indica el autor del informe, Robert Francis.

Y, como si fuera una premonición, Francis, el abogado especialista en negligencias médicas y autor del informe, escribe que la dejadez en el hospital fue tal, que a veces la bandeja con el almuerzo o la cena era depositada fuera del alcance del paciente que yacía en la cama. Pues bien, esa misma experiencia la he vivido yo hace menos de un mes en un hospital español. ¡El enfermo se quedó sin comer!

Así que, estamos avisados. No nos va a quedar más remedio que aprender a morir en casa; siempre será una muerte más “dulce” que si te matan (de hambre o de cualquier otra forma) en un hospital. ¡Ay, ay, los recortes! Los recortes...