Los huesos, contra Bretón

José Bretón durante una de las jornadas del juicio celebrado en la Audiencia de Córdoba. / Efe

¿De copas? Sí, los huesos se fueron de copas. ¿Cómo? Apenas restaban unas jornadas para finalizar tres semanas de uno de los juicios más duros, mediáticos y lleno de sorpresas y la perito 161, Josefina Lamas, la que rubricó con su firma el 11 de noviembre de 2011 que los restos de la hoguera de Las Quemadillas eran de “naturaleza animal” y “de distintos tamaños” y, por tanto, que “no se había producido la incineración de ningún cuerpo o resto humano”, daba cuenta al detalle de un rumor policial y, en voz alta y con esa forma de hablar certera y exacta que tienen los científicos. Ni un guión de una película podría desear aquel giro. Investigación y rumor quedaban al mismo nivel. El juez no podía disimular su asombro. ¿Soberbia? ¿Nervios? ¿Connivencia?

Sin duda, el abogado de la defensa de José Bretón, José María Sánchez de Puerta, había elegido la pregunta. Conocía aquel rumor  que se oía en las bambalinas de la investigación y lo supo aprovechar. La estrategia de la defensa ha tenido durante todo el proceso como objetivo generar dudas en la cadena de custodia de los huesos hallados en la finca de Las Quemadillas para desvirtuar el arma más poderosa que existe contra el padre y presunto autor de la muerte de los dos pequeños, Ruth y José. El abogado lanzó la pregunta. Ella recogió el guante. ¿Con qué fin? La forense no tenía que mentir negando conocerlo, pero sí debería haber evitado dotarlo de la misma fuerza que al resto de pruebas e indicios que allí se debatían. ¿Era ésta su intencionalidad en un juicio que se libra dentro y fuera de la sala? No lo consiguió. El propio doctor Etxeberría, el experto forense que había conseguido el procesamiento de Bretón tras determinar que aquellos huesos eran humanos y correspondían a dos menores de las edades de sus hijos, minutos después negaba categóricamente la veracidad de lo que sugería aquel rumor. Lamas se olvidaba, sin embargo, de esbozar una disculpa en la sala de la Audiencia Provincial de Córdoba por aquel error (como esperaba la madre de Ruth y José) y se centró en hablar  de su cansancio y de la falta de medios, de cómo el comisario no la había dejado trabajar con pausa y sosiego, cómo era el protocolo de actuación o cómo se desarrolló la investigación sembrando dudas y sombras.

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Por su error, Lamas ha sido removida de su puesto con un cambio de destino dentro del complejo policial de Canillas; de la sección de Antropología en la que participó, con éxito, en la resolución de la detención de los Tigres de Arkan a los servicios médicos. La Dirección General de la Policía le abrió un expediente disciplinario por falta grave que se redujo a una falta de diligencia que se «archivó» porque ya estaba prescrita. Pero ese error podía haber sido subsanado durante la instrucción por el juez instructor si hubiera ordenado, como dictamina el protocolo, que el examen pericial estuviera firmado por dos peritos, en lugar de sólo uno (el de ella). Si hubiera seguido la Ley, quizás ahora no estaríamos hablando de las copas de los huesos y podríamos cerrar un caso sin tantas sombras sobre el sumario.

El testimonio de Lamas tiene en su contra al resto de los compañeros de Policía científica e investigadores. Ellos constataron lo que habían dicho en la pericial: que los restos se recogieron en cajas separadas y rotuladas según el cuadrante en el que se habían recuperado, tras aislarlos con pinceles y brochas. Unos 130 restos óseos y múltiples fragmentos, más dos piezas dentales completas y fragmentos de otras, guardadas en trece cajas y tres sobres. “La cadena de custodia está perfecta y cualquier cambio de ubicación en Canillas ha sido acordado por auto judicial”, dijeron en la instrucción y repitieron en el juicio. Ella, sin embargo, dijo haber visto la caja encima de un armario del grupo de Homicidios y mostró su extrañeza por la desaparición de la muestra número ocho. El comisario Serafín Castro, ex comisario de la UDEV y encargado de la investigación durante los primeros meses, ratificó que su custodia estuvo garantizada porque los restos óseos se  guardaron en el despacho de la brigada judicial a la que no tenía acceso ni el personal de limpieza.

¿Qué pasa con el resto número 8? A preguntas de Sánchez de Puerta, la perito dijo que dicho hueso no pudo deteriorarse hasta el punto de desaparecer sin dejar rastro. El comisario Castro, un águila en la investigación de secuestros y desapariciones, lo afirmó con rotundidad: «se había deshecho, esto es, desintegrado» y fue el «polvo de hueso» el que quedó recogido en la pericial. Según la jurisprudencia del Tribunal Supremo,  la prueba no queda invalidada si, como es el caso, se ha garantizado que es la misma desde la que se recogen los vestigios relacionados con el delito hasta que llegan a concretarse como pruebas en el momento del juicio, aunque se haya roto la cadena de custodia. No fue lo único que dijo Lamas. Licenciada en Medicina y Cirugía, especialista en Policía Científica y experta en Antropología forense arrojó más dudas señalando que la citada hoguera fue manipulada. Pero… ¿y por qué no lo destacó en su pericial?  ¿O en su declaración ante el juez instructor?

No creo que a estas alturas nadie sepa por qué ha estado sentado Bretón en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial de Córdoba. El fiscal y la acusación particular piden para él 40 años de cárcel, acusado de quemar a los niños en una hoguera en la finca familiar de Las Quemadillas. Bretón lo niega. Su teoría es que la Policía o “alguien” ha colocado en aquella hoguera huesos de dos niños para condenarle. En esta trama participaría el forense Etxeberría y Bermúdez de Castro.La forense ha sido presionada para cambiar el informe”, les dijo en octubre pasado al doctor Jaquotot, coordinador de Psiquiatría del Hospital Reina Sofía de Córdoba y al doctor Sáez, forense del Instituto de Medicina Legal. Lo habían examinado diez meses antes: «Ya no se muestra tan atento ni tan amable, ni colabora en la misma medida en la entrevista. Por el contrario, se muestra suspicaz, desconfiado y duda abiertamente de la imparcialidad de estos peritos«.

Los huesos son determinantes para constatar que allí murieron dos niños de la misma edad que Ruth y José. “Estoy seguro que murieron en la hoguera”, dijo Castro. “Viendo tres vértebras ya quedaba claro que no eran de roedores, pues tienen morfología humana. Me atreví incluso a decir que no son vértebras de un adulto”, corroboró Etxeberria. Él es la clave contra Bretón y su declaración ha sido, además de brillante, rigurosa y reveladora. El forense explicó que la primera vez que abordó el asunto fue el 12 de julio de 2012 en una conversación con Luis Avial, experto en georradares. Avial había rastreado sin éxito Las Quemadillas en busca de los niños. Etxeberria se puso en contacto con Reposo Carrero, la abogada de la madre, que le envió fotos de los restos. Sus exámenes posteriores determinaron que lo que se quemó en esa hoguera fueron cuerpos blandos, no huesos secos que pudieron arder previamente y ser trasladados hasta la finca. Ésto se determina en la fragmentación de los huesos al quemarse: “si sólo hay huesos se rompen longitudinalmente, si hay partes blandas lo hacen trasversalmente, como en este caso”, dijo.

Sin embargo, no sabemos cómo los mató. Tampoco se logró hallar ADN. Etxeberría confirmó que la muerte fue “violenta” y de tipo “homicida”. Los investigadores creen que los durmió con somníferos. De hecho, hallaron en  un armario de la habitación de Bretón, en casa de sus padres, una receta de Orfidal y Motivan. Una pediatra explicó en la vista oral que el consumo de varios depresores podría ser letal en niños. Sánchez de Puerta preguntó en la sala: “¿Puede probar usted de alguna forma que Bretón les dio las pastillas?”. Castro reconoció que no lo sabía.

Bretón insistió en que había perdido a sus hijos en el parque Cruz Conde. Primero en una cuesta en la que se había sentado a descansar en una barra de ejercicios, luego en otra zona. Habló de que había un tumulto de gente, que se despistó… No hemos podido escuchar a ningún testigo que lo viera en el parque con sus hijos. Tampoco los expertos han logrado corroborarlo. Esa tarde había salido de casa de los abuelos de los niños hacia la una y media, sin comer y sin comida en el coche. Les dijo que tenía una cita con unos amigos, habló de un partido de tenis, de una comida… Después, en los interrogatorios, cambió su versión y dijo que había pasado la tarde en la finca de Las Quemadillas. ¿Por qué? ¿No quería que la Policía llegara a la finca con la hoguera aún caliente y sospechara? Pero fueron y vieron que en la hoguera había huesos, fragmentos muy pequeños, unos doscientos. Bretón explicó que eran de bichos, algunos usados por su esposa, licenciada en Veterinaria. También dijo que tiró en la hoguera ropa y hasta fotos de su mujer. Los agentes creyeron desde el principio que aquellos restos eran de los menores. Pero la forense, llegada desde Madrid, certificó que no eran los niños. Nadie puede dudar de la existencia de aquella hoguera. Los técnicos del Plan Infoca de la Junta de Andalucía constataron en la sala que cinco torres de vigilancia vieron la gran columna de humo negro de unos 400 metros de altura que salía de la finca. Etxeberría explicó que la mesa metálica colocada estratégicamente justo encima de la candela, rectangular, hizo un efecto horno similar al empleado en las funerarias para incinerar los cadáveres. Era una pira funeraria.

Muchas otras cosas han pasado en aquella sala. Los expertos no pudieron determinar dónde estuvo Bretón las cuatro horas que estuvo sin señal su móvil ni cuáles fueron sus pasos. Tampoco si estuvo en casa de Catalina, como sostiene él. Las llamadas que se escucharon en la Audiencia, como la que realizó a su ex novia minutos después de hablar con Ruth sobre el paradero de los niños, mostraron a un sujeto frio. También la que hizo al 112 para denunciar la desaparición. Estas llamadas provocan, sin duda, sentimientos negativos hacia el acusado, pero no tienen valor pericial.  Son indicios que detallan una imagen terrible del padre de los menores. Una imagen que quedó retratada al verle inalterable cuando Etxeberría describió la posición de los cuerpos en la hoguera. No se inmutó. Los ojos fijos; oscuros, como un pozo sin fondo. Impasible. La madre tuvo que  permanecer en una sala adjunta, retirada, para distanciarse de aquella imagen.

Bretón no está loco, dicen los expertos. Tampoco sufre retraso mental ni trastorno de la personalidad. Lo que sí ha quedado acreditado es que su comportamiento no es normal, que es obsesivo, narcisista, manipulador, celoso, controlador  y rígido y que nunca aceptó que su mujer lo abandonara.

El lunes, las partes hicieron sus alegatos finales. José Bretón  tomó la palabra por última vez antes de que el tribunal emita su veredicto. La resolución del jurado popular será el próximo capítulo de un caso que seguirá dando que hablar.