En la mente del asaltante de viviendas

Material incautado por la policía a una banda de asalatentes de pisos. / Efe

¿Cómo razonan los asaltantes de viviendas, qué tipo de acciones realizan antes, durante y después de la comisión del delito, qué clase de riesgos, costes y beneficios perciben, cómo seleccionan sus objetivos o cómo influye la presencia de otros asaltantes en la toma de decisiones? Dos investigadores, José R. Agustina, criminólogo de la Universitat internacional de Catalunya, y Francesc Reales, mosso d’ Esquadra, dan respuesta a estas preguntas en un estudio criminológico, el primero en España, tras entrevistar a quince presos que cumplen condena por asaltar viviendas sin violencia en el centro penitenciario de Ponent, en Lleida, bajo el título “En la mente de un asaltante de viviendas“.

Dicen los autores que a su estudio podría objetársele que la muestra es limitada ya que sólo se han basado en quince entrevistados. Sin embargo, aseguran, su validez radica en la capacidad explicativa del comportamiento del grupo analizado a partir del punto de vista propio de los sujetos que forman dicho grupo. Son los ladrones los que explican, por primera vez, por qué y cómo actúan. Por eso, el estudio supone un punto de partida para conocer el perfil de este tipo de ladrones ante la inexistencia en España de estudios criminológicos específicos basados en entrevistas a asaltantes de viviendas o de investigaciones con estos delincuentes salvo si tenemos en cuenta las realizadas por Bernaldo de Quirós sobre el bandolerismo. No ocurre lo mismo en otros países como en EEUU, en el que hay numerosas y sofisticadas investigaciones como las realizadas por Cromwell, Wright y Decker.

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¿Y qué concluyen? Que la mayoría no conoce a las víctimas. Así descubrimos que la mayoría de los robos apenas se preparan y consisten en una breve vigilancia del entorno. Les basta con observar las actividades rutinarias de los habitantes de los domicilios y esperar a que salgan de casa en dirección al trabajo o al colegio. El patrón cambia cuando reciben un santo –un soplo-, sobre un buen botín en casa de algún empresario, principalmente de la construcción o en los casos en que, por necesidad de dinero para la compra urgente de droga, han robado cerca de su lugar de residencia, concretamente en casas de vecinos.

Los autores eligieron el centro penitenciario de Ponent porque afirman que allí encontraron variedad de situaciones y perfiles criminológicos; reclusos de ambos sexos (54 mujeres de un total de 905 reclusos), en régimen preventivo y penado, con un elevado índice de población reclusa de origen extranjero (406), y distribuidos en primer, segundo y tercer grado. Una vez concedida la autorización del Departament de Justicia de la Generalitat de Catalunya, solicitaron un listado de reclusos cuyo delito principal fuera el delito de robo en casa habitada. En aquel momento, existían 42 de los que 19 eran de origen extranjero y 3 eran mujeres. No todos los internos estuvieron dispuestos a colaborar en la investigación. También se descartó a los que sólo habían cometido un robo. Los elegidos tenían en común sus antecedentes por haber cometido delitos contra el orden socioeconómico y, aunque cumplían condenas por diversos hechos, al menos una fue por robo en casa habitada, sin perjuicio de que en las entrevistas confesaron haber cometido más robos por los que no habían sido detenidos ni condenados.

Lo primero era saber qué les motivó a cometer sus golpes. La mayoría aseguró que lo hacía por motivos económicos. De los quince, dos tercios eran toxicómanos y necesitaban el dinero para abastecerse. Los únicos que no actuaban por necesidad lo hacían para mejorar sus ingresos o para poder llevar el mismo nivel de vida que su grupo de amigos. Sólo uno aseguró que era una forma de conseguir ‘dinero fácil’. Ninguno lo hizo por gamberrismo, pero sólo un tercio descarga de adrenalina en el momento de acceder al domicilio. De hecho, más de la mitad lo describió como un acto en el que sentía una subida de adrenalina: “a veces me siento como en una montaña rusa”, decía uno. “Suelo tener un poco de miedo o pasarlo mal”, confesó otro.

¿Solos o acompañados? Confiesan casi con unanimidad que prefieren actuar solos para “no repartir el botín o trabajar a su manera” y, lo más importante, para evitar ser delatados en caso de que la Policía los pille. Sin embargo, si el botín es de cierta entidad, se suele contar con la presencia de cómplices, sobre todo para las labores de transporte. A los ladrones no les gusta actuar en su entorno. La mayoría se desplaza a otro barrio o localidad para no ser reconocidos. Esa búsqueda de lejanía en la elección de sus objetivos solo decae en las ocasiones en que las que hay imperiosa necesidad de conseguir dinero condicionada por el síndrome de abstinencia o cuando se les presenta una muy buena oportunidad en el propio barrio porque les han proporcionado un santo.  

¿Por qué una casa y no otra? Dicen que pesa más la facilidad de acceso desde la calle que el hecho de que se encuentre en una zona aislada. No les importó la posibilidad de ser vistos, bajo el argumento de que “si actúan con naturalidad, no levantan sospechas”. Donde sí hubo prácticamente unanimidad fue en la búsqueda de señales de ausencia de moradores, puesto que la inmensa mayoría sólo piensan en entrar si no hay nadie en su interior. De hecho, con frecuencia llaman a la puerta para comprobar que no hay nadie. Únicamente dos entrevistados manifestaron preferir entrar en la casa por la noche con los residentes en su interior, alegando que en ese momento es cuando se encuentra todo lo de valor como el reloj, la cartera, el móvil o el portátil. La mayoría escoge la forma más fácil de acceder al domicilio. Así lo suelen hacer por la puerta, por una ventana accesible o por una puerta corredera del jardín. Lo mismo a la hora de salir: por la puerta principal, más fácil y rápido,  y, en ocasiones, incluso con las llaves que han encontrado colgando de la pared.

Más tiempo supone más riesgo. La duración del robo viene marcada por el sonido de la alarma. Si no se ha activado, puede prolongarse hasta unos 10-15 minutos. Solo unos pocos (3/15) manifestaron que sin alarma podían permanecer entre 20 y 30 minutos registrando minuciosamente la casa. Y cuando encuentran lo que quieren abandonan el domicilio. Si logran un buen botín, no pierden el tiempo buscando otros objetos.

¿Cuál es su objeto de deseo? Prefieren dinero o joyas aunque, una vez en el interior del domicilio, sustraerán teléfonos móviles, ordenadores portátiles, Play Station, videoconsolas, tarjetas de crédito, cámaras de video o fotográficas, aparatos GPS… La mayoría prefiere objetos pequeños que se puedan transportar fácilmente y vender a un precio aceptable. Así las cosas, la regla general es no llevarse objetos voluminosos ya que, aseguran, “la policía te puede detectar fácilmente” o porque “si tienes que salir por la ventana, se puede romper o golpearla y no te sirve de nada”. Algún entrevistado manifestó que al encontrar droga también se la había llevado.

Encuentran el dinero y las joyas en el dormitorio principal, en el joyero, en la mesa de noche o en cajones de la cómoda. Si hay tiempo, buscan en todos los lugares posibles de la casa. Nunca se sabe dónde puede ocultarse unos euros de más. Por ejemplo, en cajas de cereales, en el congelador, el horno  o la nevera. “Te  sorprenderías dónde esconde la gente el dinero, sobretodo dinero negro”, dicen. A la pregunta de si, en caso de encontrar la vivienda habitada, hubiesen desistido de cometer el robo, solo cuatro de los entrevistados habrían continuado.

¿Importa el aspecto de la casa? No mucho. Según su experiencia, en casas de aspecto poco lujoso hay más dinero o menos escondido. Sin embargo, uno manifestó su preferencia por este tipo de casas porque “es más fácil encontrar dinero negro”. Tampoco supone un problema la presencia de alarma ni la de un perro aunque coinciden en que en zonas con seguridad privada prefieren no actuar para evitar enfrentamientos. Sí es cierto que en la elección del objetivo y del momento parecen tener cierto peso el factor oportunidad.

Ya saben, de repente, y ocurre así de sencillo: “una madrugada, cerca del amanecer, volvía a casa y vi a una señora salir de un portal dejando la puerta abierta. Pensé que tal vez también estaría la puerta del piso abierta. Entré, miré los rellanos y la encontré entrecerrada; le robé el dinero y las joyas”.